La trilogía completa

domingo, 26 de enero de 2014

Comidas marineras

Lo que viene a continuación hace referencia a las costumbres culinarias de pasadas décadas en la vida cotidiana de los pescadores del Grao de Castellón. Los años en que yo fui marinero. Seguramente, en otro litoral hubiera otras prácticas, otros hábitos distintos, pero yo me ceñiré a aquellas vivencias que tuvieron como testigo las aguas litorales de Castellón.


Hay que tener en cuenta que desde mediados los años treinta en que inicié mi carrera como marinero, hasta el año 1985 en que me jubilé, hubo cambios. Así, pasé de las teas y el carbón, al gas butano; del ventall para avivar el fuego, a la clavija de la cocina de gas. Pero lo esencial no cambiaba. No fue sino hasta bien entrada la década de los ochenta cuando decididamente, una de las facetas que más entrañablemente guardamos en la memoria los pescadores de mi época, el rito de las comidas, al frente de las cuales estaba el cocinero, empezó a caer en desuso hasta terminar por desaparecer.
Cuando yo empecé a ejercer el oficio de marinero, recién terminada la Guerra Civil, nada era igual a como es hoy.
Hoy en día, los marineros, amparados en los potentes motores y las magníficas embarcaciones de que disponen, plantean la jornada laboral de manera muy distinta a como se hacía tiempo atrás.
Los tripulantes de las barcas acuden a sus puestos de trabajo provistos de sus correspondientes vituallas. Traen la comida ya cocinada de casa. No faltan las funcionales e inevitables latas, símbolo de la modernidad; ni los “tetrabriks,” que guardan zumos de mil clases o leche, o agua, o vino. En cualquier caso, a bordo se dispone de una moderna cocina por si alguien quiere  calentar su comida.
Como si de cualquier trabajador “de en tierra” se tratara, llegado el momento, el marinero se sienta en un rincón, y echa mano de su bien surtida bolsa o mochila, que cada uno trae consigo a bordo. Hoy  se ha hecho innecesaria la figura del cocinero...
  
El cocinero

Echando la vista atrás, puedo ver aquellas barquichuelas repletas de marineros; pescadores de pies descalzos y rostros ennegrecidos por la carbonilla del renqueante motor; y  en un rincón, muy aplicado en sus menesteres, un marinero, que cuchillo en ristre, da sus últimos retoques al guiso que pronto degustarán todos los allí presentes. Es el cocinero. Un principal personaje de a bordo, tan necesario como discutido.
Aunque es fundamental la figura del cocinero, el cargo no suponía ninguna compensación económica. Eso sí, se le dispensaba de ciertas labores; dispensa que era saldada sobradamente por las fecundas horas dedicadas a preparar el alimento a los marineros.  Pero hay que decir que  ésta es una ocupación de mucha responsabilidad, porque el cocinero es blanco de todas las exigencias de los marineros, que dicho sea de paso, se muestran implacablemente críticos con los guisos del cocinero. De ahí que, para un buen cocinero, ver a la marinería comiendo con avidez y fruición la comida que él ha preparado, supone quizá la mayor compensación a su buen hacer.
Para acceder a la condición de cocinero de una barca, no era preciso tener conocimiento de nada especial. ¡Qué marinero no es capaz de preparar un arrossejat o un suquet de morralla...? Absolutamente todos eran capaces. Era algo que conllevaba la profesión de pescador.
Por eso, cuando algún cocinero se “quedaba en tierra”, el patrón, así, sin más, se dirigía a cualquier marinero y le decía: “...ara seràs tu el cuiner...agarra les estrasses i...vinga...ja pots començar”
Les estrasses eran una especie de manoplas que protegían al cocinero de posibles quemaduras. Con ellas salvaguardaba sus manos, y podía sacar del fuego los cacharros con total seguridad y garantía. Les estrasses habían salido de algún trapo viejo, o un vela inservible y perdida que alguien encontró en un almacén. Así se confeccionaban dos manoplas de tela, de recia y resistente textura, que unidas mediante un mugriento cordel, se las colgaba el cocinero al cuello con el fin de tenerlas siempre a mano. Les estrasses eran el símbolo del cocinero.
Con cierta frecuencia pasaba que el nuevo cocinero no acertaba el gusto a los comensales. La crítica, como decía antes, inexorable, no aprobaba la calidad de los condimentos del nuevo responsable de la cocina. La insolencia de los marineros era contestada con un gesto brusco del cocinero, que quitándose con arrogancia les estrasses del cuello las arrojaba con furia sobre cubierta. Acababa de presentar su dimisión como cocinero. Que sea otro. Estaba visto que no era capaz de tener contenta a la exigente marinería. Si la dimisión era aceptada por el patrón, efectivamente, otro marinero, debería ponerse les estrasses.
Yo, fui uno de esos marineros que en alguna ocasión tuve que ponerme les estrasses.
Cuando el cocinero de nuestra barca se quedaba “en tierra”, era yo quien asumía esta responsabilidad en tanto se buscara otro. Por eso,  tal vez por nostalgia, quizá por vanidad, quiero recordar aquellos platos marineros, genuinamente marineros, que se elaboraban en alta mar y, que hoy, se elaboran en los restaurantes...
  

El cocinero se dispone a preparar la comida


El cocinero era un marinero más. Por eso, en la pesca de arrastre, el bol que no tocaba rancho (rancho es la palabra con la que los marineros se referían a la comida) el cocinero trabaja al mismo ritmo que el resto de los marineros. Pero si después del bol había que preparan el rancho, las cosas cambiaban.
En estos casos, cuando se empezaba a xorrar, ya el cocinero, ajeno a todas las labores de xorrar, y centrado en su labor de ranchero, adoptaba otra compostura.
Reclinado junto a su pequeña garita que constituía la cocina, en una mano un afiladísimo cuchillo, y en la otra, una platera (palangana de metal), espera a que sus compañeros terminen con los trabajos de xorrar (sacar las redes del agua). La última fase del proceso de xorrar consiste en abrir la corona. La corona es el copo de la red. Un callejón sin salida para los peces, donde quedan atrapados y donde terminarán sus días. Cuando un marinero abre la corona, sobre cubierta se desparrama un amasijo de peces, crustáceos y demás habitantes de las aguas, la mayoría de los cuales aún están vivos y que forman sobre la mojada cubierta, un blando montículo que parece tener viva propia. Las quejas de los peces son obviadas con indulgencia por los pescadores que, totalmente ajenos, ahora abandonan aquellos seres marinos que se debaten con furia o resignación, con estertores de muerte al sol mediterráneo.
Es hora de calar. No hay que perder ni un solo minuto. Los pescadores echan las redes al mar. En pocos minutos la barca ya va calà, es decir, ya arrastra las redes sobre los suelos marinos. Es hora pues, de dirigirse hacia el montón de peces recién capturados, a triar (seleccionar) el producto del bol.
Mientras los marineros estaban calant, el cocinero se ha quedado solo y, dueño de la enorme pila de moradores de las aguas marinas que se agitan agónicamente en cubierta.
Con displicencia, se acerca hacia el conjunto de peces. Echa una rápida mirada buscando los escurridizos pulpos. Son los más vigorosos. Capaces de alcanzar la borda de la barca y salvarse de una muerte segura. Pero el cocinero, pronto descubre sus instintivos manejos. Y, hábilmente, atrapa a uno que ya buscaba la borda. Con parsimonioso gesto, pero con total eficacia, el cocinero se hace con unos cuantos de estos fugitivos cefalópodos y sin pensárselo dos veces, les aplica unos cuantos golpes contra la dura cubierta de la embarcación dejándoles  más apaciguados. Ya no tendrán fuerzas para salirse del caldero.
Seguidamente van a parar a la platera dos o tres julioles, algunas galeras, que conservan una vitalidad extraordinaria, y que, dada la imposibilidad de propinarles un porrazo como a los pulpos, se les echa a la hirviente agua, prácticamente vivas, de modo que tenía que poner cuidado el cocinero en que estos crustáceos no saltasen del caldero. También ha cogido un par de aranyes, una rascassa, unos cuantos bussos (cangrejos ermitaños), y un puñado de caragols punxosos.
Con la platera a rebosar, daba media vuelta, en tanto ya iban acercándose el resto de la marinería a triar, tras echar las redes al mar... y se dirigía a la cocina.

(Continuará)



miércoles, 31 de octubre de 2012

Memorias del Grao de Castellón III



Esta tercera y última parte de las “Memorias del Grao de Castellón” sale a la luz dos décadas después de haberse concebido. Mi padre, Miguel Senent Lluart, que es el autor de estas Memorias, hace más de veinte años inició esta recopilación. Eran historias y vivencias que él solía contarme de pequeño y que yo un día le animé a que las plasmara por escrito. Y así hizo. Poco a poco fue llenando varias libretas manuscritas de estas Memorias primigenias. Yo lo leía con satisfacción y simpatía, mientras mi padre me miraba complaciente pronto a la complicidad. A mí me gustaron desde un principio. Y casi desde un principio surgió en mí el ánimo de su publicación. Pero antes había que organizar las atropelladas vivencias escritas por mi padre, sanear las expresiones y corregir la ortografía. A eso me dediqué yo en cuerpo y alma. Y al cabo de unos diez años se puede decir que ya todas las memorias estaban listas para publicarse. Pero el material que salió de aquellas libretas de caracolillo era muy abundante. Demasiado para un solo libro. Allá por el año 1999 nos decidimos mi padre y yo a seleccionar lo que podría ser una primera parte de estas Memorias. Y nos fuimos al Servicio de Publicaciones de la Diputación de Castellón. Allí nos acogieron sin  demasiado entusiasmo. Nuestros escritos fueron a parar a una estantería oscura y abandonada. Al cabo de un par de años, sin noticias de nuestro libro, fuimos a preguntar. La respuesta fue lapidaria. No. Apenas había posibilidades de publicarlo porque había muchos libros por delante del nuestro. Que tuviéramos paciencia. Nos fuimos a casa decepcionados. En el otoño de 2003 volvimos. Y nos volvieron a dar la misma respuesta, que si queríamos, nos lo podíamos llevar, pues las posibilidades de publicarlo eran prácticamente nulas, que miráramos si en algún otro sitio nos lo publicaban. Y eso hicimos, nos llevamos a casa el voluminoso archivador que contenía las Memorias. Pero, sorprendentemente, al cabo de dos días nos llamaron desde el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Castellón y nos dijeron que trajéramos urgentemente los escritos que nos habíamos llevado. Que nos lo publicarían. ¿Qué pasó? Aún hoy no lo sé.  Pero así pasó. En diciembre de 2003 salió a la luz el primer tomo de estas Memorias del Grao de Castellón editado por la Diputación de Castellón.
Mi padre y yo fuimos felices por esta publicación; y enseguida pensamos en la posibilidad de que en un futuro saliera a la luz el resto del material. Y a eso nos dedicamos.  Tristemente, mi padre nos dejó para siempre un frío día de enero de 2005. Yo quedé solo ante el proyecto que habíamos iniciado mi padre y yo. Pero supe que mi padre hubiera querido que esto se publicase y me dediqué a ello con verdadero ahínco. Y entonces apareció mi hija (Marta Senent Ramos) con una nueva editorial que ella acababa de crear: ACEN. Ella me lo publicaría. Creímos conveniente (por su gran volumen) en dividir el material en dos libros. En diciembre de 2010 vio la luz el libro “Memorias del Grao de Castellón II” con notable éxito. Y ahora, aparece el que será la última parte de esta trilogía: “Memorias del Grao de Castellón III”.
La primera entrega trataba sobre la historia vivencial del mi padre de la sociedad grauera en la primera mitad del siglo XX, haciendo un eficaz repaso a los usos y costumbres de los graueros y graueras de la época, así como una feliz recreación de todos los primigenios barrios del Grao (incluyendo las islas Columbretes, que tiene un capítulo a parte), del pinar, del nacimiento e historia del puerto de Castellón, de la Guerra Civil que él (un niño de once años) había vivido en el Grao…
La segunda parte tenía cuatro bloques diferenciados: Las aves marinas en el Grao, los vientos que soplan en el Distrito Marítimo, la vela latina y “La Panderola”. Y ya por fin, en este tercer y definitivo capítulo en forma de libro de sus memorias, mi padre ha querido exponer al lector del siglo XXI aquellas anécdotas o vivencias que formaron parte de su vida. La intrahistoria del Grao que vivió un marinero del Grao de Castellón nacido en los albores del siglo XX.
En el presente libro se habla de muchas cosas. Y todas son cosas del Grao. Y más que del Grao, de la pesca en el Grao. Algunas se diría que mueven a la risa o la simpatía, es el caso de “Cómicos graueros”, otras casi podría decirse que impulsan a la compasión, como en el capítulo “La Dolores atrapa un delfín”. Otras historias diríase que son sorprendentes, como lo es “Tadeo y su amigo el delfín” o “Emerge un buzo de l’ullal de la Barrassota”. Se habla de la primitiva Sanidad en el Grao (“La Sanidad en el Grao”)  y de la orientación del pescador grauero en la mar en épocas anteriores a la aparición de los radares y sonares en los capítulos de “Las Señas” y “L’escandall”. Hay anécdotas con moraleja como “Cada cual a lo suyo”, o recreaciones históricas de la playa del Grao como es el caso de “El Rancho Grande”. También encontramos un capítulo donde el peligro es el máximo exponente: “Marinero nuevo a bordo”. Hay otro capítulo intrigante como es “Extrañas luces en el pinar”; o episodios emocionantes: “Dos misteriosos viajeros marinos”. En otro orden de cosas se habla de los modos y la arcaica logística de la comida a bordo en “El Costo”. O de los dispendios al margen de la “parte” que cobraban los marineros, en “La garfa”. Hay espacio para repasar el origen de algunas frases hechas que tienen su origen en la pesca grauera de antaño. Y hay, el que para mi padre siempre fue el capítulo preferido de todos: “La borrasca”. Él, emulando a su admirado Blasco Ibáñez solía decirme que el autor valenciano, pese a haber escrito muchas novelas, siempre sería recordado por ser el autor de “La Barraca”; y mi padre decía, que él por muchos capítulos que escribiera siempre sería el autor de “La Borrasca”.
Pero cada cual puede opinar sobre cada uno de los capítulos y decir cuál es el que más le ha gustado, cuál es el que más le ha emocionado… Sabiendo que cada párrafo, cada capítulo es un episodio de la vida de un hombre que amó las pequeñas cosas, que valoró el peso que el presente podría tener en un futuro. Y que quiso haceros partícipes a todos los que queráis compartir estas Memorias del amor por la vida, que pasa solo una vez, pero queda para siempre. 

Este libro se puede adquirir en las siguientes librerías: Librería Argot (Castellón), Librería Babel (Castellón), Librería Elcano (Grao Castellón) y a través de ACEN Editorial.

lunes, 24 de octubre de 2011

El pinar II

El pinar de Castellón hasta comienzos de los años sesenta, fue un frondoso bosque de pinos que brotaba desde las tierras del marjal “grauero” y se extendía espeso y consistente en alargada disposición , paralelamente a la costa hasta lo que hoy es el campo de aviación.



Se trataba de una formación vegetal donde los pinos vivían libremente asociados a las enormes matas. Era ésta una feliz asociación. Sin duda alguna. Hoy los pinos parecen tristes sin sus matas que siempre les han acompañado. Cada pino tenía a su pie, como si de un guardián se tratara, un gran matorral que a veces llegaba en altura casi hasta mitad del tronco del pino.


Los pinos, de tupidas copas, filtraban la entrada del sol, sumiendo el suelo del pinar en una misteriosa y acogedora penumbra. Y las matas lo cubrían todo. Andar por el pinar suponía apartar las ramas de estos matorrales que a cada paso se interponían en el camino.






Cuando se entraba en el pinar, a uno le envolvía una extraña sensación. No era tanto los susurros que no se sabía de donde venían ni quien los emitía; ni siquiera los estridentes alaridos de los millares de pájaros que poblaban las copas de los pinos, sino que lo más sorprendente era saber que unos metros más allá estaba el Grao. Casas, calles, civilización. Contraste atroz. En un minuto, de la selvática y primitiva sociedad que constituía el pinar, a la organizada y urbanizada población “grauera”.


La gente gustaba de ir al pinar.


Siempre había motivo para caminar entre las herbáceas montañas que pululaban bajo los pinos y abandonarse al rescoldo poderoso de la Naturaleza.


Cuando se entraba en el pinar por su extremo sur, nada más cruzar la vía del tren de la pedrera, aparecía ante el visitante un simpático pino, un pino que estaba inclinado, agachado, retorcido y de caprichosas formas, al que nosotros llamábamos el picatxo.


Una vez en el interior del pinar, a uno le envolvía la peregrina sensación de haber sido transportado a un lejano bosque, un bosque que quizá estaba situado en una elevada montaña. Nada hacía pensar que las olas del mar batían su espuma salada en las arenas contiguas al pinar.


Si no se conocían bien los pinos y los senderos, era fácil perderse en el pinar. Y salir por fin, frente a la playa, o en pleno quadro.


La gente del Grao conocía bien el pinar.


Nosotros sabíamos donde estaba cada pino. Cada mata. Cada recoveco. Y éramos capaces de desenvolvernos, con total eficacia, por el intrincado y laberíntico sendero que, entre ramas, hojas, y pinaza, llevaba a la “punta del pinar”, que era su extremo norte, junto al campo de aviación.


No era tarea sencilla atravesar el pinar. A su tortuosa longitud había que añadir la dificultad que suponía atravesar dos goletes (acequias): L’estany y la gola En Trilles, que desde Castellón, después de pasar por toda la marjaleria, cruzaban el pinar, para dejar sus repletas y confusas aguas en los limpios aledaños marinos del Mediterráneo.


Estas acequias daban pie a una amena y variada fauna. Ranas, gambas, samarucs, anguilas, culebras que, las había de respetables dimensiones, y, que eran muy dadas a abandonar la acequia y aventurarse, ufanas, gráciles, variopintas e inofensivas, por entre las hierbas de las matas, y una infinidad de animalillos que pululaban al socaire de las dulces aguas que alimentaban y entretenían la vida del pinar.


Cuando se llegaba a la goleta, el murmullo acuoso y deslizante de las suculentas aguas se dejaba notar. Podría ser que también en el aire se respirara otro sonido; incluso el olfato, antes, ya había anunciado que la frescura vivaz y verde del pinar, estaba trocándose en gris y purulenta.


De pronto, al salvar una mata, aparecía el riachuelo.


La goleta era un arroyo feliz y libre. Sus aguas eran generosas, y en ellas admitían todo. Si uno se quedaba mirando el paso de la acequia, advertía a cada momento, la huella de la plana: naranjas, membrillos, frutas que flotaban con admirable donaire en las aguas viajeras, ora hundiéndose, ora asomando su lomo, como si siguieran un baile... Los días que el viento azotaba la plana, las goletas venían llenas de hojas, ramas... y si era tiempo de naranjas, la goleta recogía las naranjas que el viento arrancaba de los naranjales, para conducirlas con primor y observancia hasta la playa. Allí, donde desembocaba la acequia, se acumulaban ingentes cantidades de naranjas.


De vez en cuando llegaba flotando un cuerpo inerte. Un conejo. O una gallina. Se les veía pasar serios y malcarados. Sin gracia alguna. Quién sabe de qué forma fueron a parar a la acequia...


Para vadear la goleta, había que pasar por una estrecha pasarela que no era sino un grueso tronco que alguien colocó con acierto al través de la acequia.


La vida discurría feraz y desidiosa en el pinar. Así debió ser durante siglos y siglos. Tal vez milenios. Ajenos a los envites del género humano. A sus miserias, sus guerras... Dicen que allí, en el pinar, tomó descanso el ejército del general cartaginés Aníbal, tras conquistar Sagunto y emprender rumbo hacia Roma. Y uno, se siente tentado de creerlo. Y considera que hubiera sido oportuno. Aquellas matas llenas de soldados. Temibles y vencedores guerreros que iban a la conquista de Roma. Sus caballos paciendo por las abundantes hierbas del pinar. Las espadas, aún calientes, reposando sobre la pinaza...


La gente de la plana, en verano, solía venir a pasar unos días al pinar. A quedarse por unos días. Se buscaba un calvero y se montaba un pequeño campamento entre las matas y los pinos. Solían aprovechar las festivas fechas de Sant Roc. Y allí, por unos días, se organizaban bailes y divertimentos al amparo de la maleza del pinar.






El pinar no sólo era frecuentado por la gente de Castellón sino que, llegado el verano, decenas de carros venidos de los más diversos lugares, se instalaban a la fresca sombra del pinar. Los había que simplemente llegaban al pinar de paso, pero otros, no dudaban en permanecer varios días.






Cuando se termina la década de los cincuenta, algo parece cambiar. Hay noticias de que van a construir unos depósitos de petróleo. Y que van a colocarlos en la entrada del pinar. Allí acabó sus días el entrañable picatxo.


Efectivamente, los depósitos de la CAMPSA fueron a colocarlos allí donde antes había abundante vegetación. Unos fríos y feos artilugios de hierro señorearon la entrada del pinar hasta finales de los años noventa.


Después fue el golf. Casi la mitad del pinar se despejó de matas y maleza. Una cantidad indeterminada de pinos fueron talados. Se dispuso un suelo fino, verde, cuidado, libre de descuidada pinaza.


En el año 1965, en el puerto, se montó una fábrica de abonos: la Fertiberia. Los humos de esta fábrica dañaron los pinos hasta que dejó de funcionar a finales de la década de los ochenta.


A mediados de los años sesenta, aprovechando el auge del naciente turismo, se montó un cámpig. Un cámpig que ocupaba desde las paredes de la CAMPSA, hasta las inmediaciones del golf. Como sea que dicho recinto permanecía vallado, así como el golf, los castelloneros quedaron privados casi en su totalidad del pinar.


En el año 1970 se dispusieron unas enormes planchas de cemento que cubrieron por completo el paso de las goletas por el pinar.


Tras estas décadas de desarrollismo, el pinar quedó maltrecho.






Hoy, donde estuviera la CAMPSA, hay unas modernas viviendas. Los aledaños de la CAMPSA han sido reconvertidos en terreno edificable. Nada queda del pequeño pinar (el pinaret) que coexistió junto a los depósitos de la CAMPSA, hasta principios de los ochenta en que se empezó a recomponer el paisaje a fuerza de talar pinos y aplanar el terreno.


El cámpig se abandonó a finales de los setenta. De él se conservó durante varios años la piscina y el bar.


Ahora, el pinar, aunque no con los mismos argumentos de antes, ha cobrado otra vez importancia en el paisaje de Castellón. Es un lugar acogedor y feliz. Cercano y accesible. Tremendamente humanizado, y sin embargo, salvaje en la justa medida que pueda aceptar un ser humano del año dos mil.


Ahora se le cuida y se le limpia. Como si de un parque se tratara. Porque quizá, hoy, el pinar, no sea más que esto, un parque.









jueves, 16 de diciembre de 2010

Memorias del Grao de Castellón (II)

Acaba de salir al mercado la segunda parte de las “Memorias del Grao de Castellón”. Este segundo libro sigue la tónica del primero, es decir, mi padre cuenta sus vivencias y yo las redacto. Mi padre si viviera tendría ochenta y seis años. Murió hace seis. Pero me dejó un montón de hojas manuscritas con mucho material de recuerdos de cuando él era joven. Me puse manos a la obra y después de estos seis años he conseguido ordenar estos manuscritos y me ha salido material para otros dos tomos. Uno se publica ahora, y el otro, es decir, la tercera parte, veremos si puedo publicarla dentro de un tiempo.
Mi padre era marinero. Pescador. Pasó toda su vida en el Grao de Castellón, donde nació, por lo tanto, podríase decir que este libro habla de la visión que un pescador del Grao de Castellón tenía de su vida. La vida de una persona que vivió casi todo el siglo XX, pero centrándose más que nada en sus años de pescador en activo, que van desde recién finalizada la guerra civil, hasta el año 1985 en que se jubiló.
El presente libro comienza hablando de las aves que acompañan al marinero grauero. Pues él, como sus colegas, conocía este tipo de aves marineras que, como los peces, eran compañeras de viaje. Sigue hablando de los vientos. Es un capítulo bastante largo donde habla de la esencia de cada uno de los vientos de la rosa de los vientos, su esencia y su origen (aquí he puesto yo un poco de mi cosecha) y después analiza el tipo de viento que se da en cada mes del año. Después habla de la vela latina. Mi padre era un perfecto conocedor de esta entrañable vela que era la que se usaba por estos mares mediterráneos antes de la llegada de los motores. Y él nos da debida cuenta de todos los pormenores de su funcionamiento así como anécdotas que vale la pena leer. Luego hay un capítulo donde cuenta la revolución que supuso la irrupción de los motores marinos allá por los años veinte del pasado siglo. Y ya por fin, aunque este no sea un tema eminentemente marinero, pero sí grauero, como, por supuesto, castellonero, hablamos de “La panderola”. Un capítulo entero.

Si estáis interesados en adquirir el libro, en el margen están las señas donde os podéis dirigir. Y si tenéis dificultades en conseguirlo hacédmelo saber y os lo conseguiré.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El pinar (I)




El pinar a finales del siglo XIX

En el año 1873 Bernardo Mundina publicaba su obra “Historia, Geografía y Estadística de la provincia de Castellón” y allí hace referencia al pinar en estos términos:

“En las vísperas de San Pedro y San Jaime, al mismo tiempo que algunos acuden al designado punto del Serrallo, es más bonito y cómodo el campamento que se forma en el espeso bosque del pinar inmediato al mar, que ocupa la izquierda del caserío del Grao, a medio kilómetro de éste.
Si penetramos en una de estas noches en el interior de este bosque, encontraremos a cada paso una sorpresa: en cada árbol una familia, y de trecho en trecho un baile de labradoras que al compás de las guitarras repican con singular gracia sus finas castañuelas”.

A principios del siglo XX, en 1910, Carlos Sarthou Carreres, en su libro “Impresiones de mi tierra”, habla del pinar:

“Es un bosque de pinos de medio kilómetro de anchura, por cuatro de longitud, que se extiende, a orilla mar, desde la parte Este del puerto hacia Benicasim.
Algún día, durante los grandes temporales, las encrespadas olas marinas invadían la pinada salpicando con sus saladas espumas los troncos de los árboles. Hoy se retira el mar, separándose del bosque con una ancha arenisca playa.
Lo más bello del pinar está en el extremo opuesto al poblado del Grao, en donde, por estar menos transitado, crecen más espesos los jóvenes pinos y espesos matorrales, dándole así un carácter de naturaleza salvaje.”
“El pinar es el paseo veraniego de los marineros y veraneantes y el orgullo de los castellonenses, que como nota típica lo muestran satisfechos a los forasteros.”

El pinar en el año 1996

Ha pasado el tiempo. Casi un siglo media entre estas palabras y la actualidad. Y el paso de los días, ha hecho que estas consideraciones con las que iniciaba el capítulo, quedaran desfasadas y fuera de lugar. Hoy, el pinar de Castellón no es como antes, ni en su fondo ni en su forma.
Por una parte, hábitos más modernos han venido a sustituir a los de otrora y, además, el soporte físico del pinar no es lo que era.
Hoy se muestra menguado y esquilmado por el atroz paso de décadas hambrientas de desarrollo que rompieron el natural y virginal encanto del pinar.
Yo llegué a conocer el pinar de antes. El salvaje. El exuberante. El pinar boscoso y montaraz. El pinar, tal como la Naturaleza lo dispuso. El pinar, sin las artificiosas actuaciones humanas. El pinar, tal como fue hasta finales de los años cincuenta. Momento en que el pinar inicia su transformación, su pérdida de identidad. Fueron años en los que el pinar pasó de ser un lugar virgen, de abigarrada y caprichosa naturaleza, de fértil y atrevida fauna, y de misteriosos e intrincados caminos, a ser lo que es hoy, un parque limpio, claro, controlado, abundantemente visitado. Repleto de pinos cautivos...


El pinar. Ayer y hoy

El pinar de Castellón hasta comienzos de los años sesenta, fue un frondoso bosque de pinos que brotaba desde las tierras del marjal “grauero” y se extendía espeso y consistente en alargada disposición , paralelamente a la costa hasta lo que hoy es el campo de aviación.
Vista aérea del pinar. Año 2001

Se trataba de una formación vegetal donde los pinos vivían libremente asociados a las enormes matas. Era ésta una feliz asociación. Sin duda alguna. Hoy los pinos parecen tristes sin sus matas que siempre les han acompañado. Cada pino tenía a su pie, como si de un guardián se tratara, un gran matorral que a veces llegaba en altura casi hasta mitad del tronco del pino.
Los pinos, de tupidas copas, filtraban la entrada del sol, sumiendo el suelo del pinar en una misteriosa y acogedora penumbra. Y las matas lo cubrían todo. Andar por el pinar suponía apartar las ramas de estos matorrales que a cada paso se interponían en el camino.

Cuando se entraba en el pinar, a uno le envolvía una extraña sensación. No era tanto los susurros que no se sabía de donde venían ni quien los emitía; ni siquiera los estridentes alaridos de los millares de pájaros que poblaban las copas de los pinos, sino que lo más sorprendente era saber que unos metros más allá estaba el Grao. Casas, calles, civilización. Contraste atroz. En un minuto, de la selvática y primitiva sociedad que constituía el pinar, a la organizada y urbanizada población “grauera”.
La gente gustaba de ir al pinar.
Siempre había motivo para caminar entre las herbáceas montañas que pululaban bajo los pinos y abandonarse al rescoldo poderoso de la Naturaleza.
Cuando se entraba en el pinar por su extremo sur, nada más cruzar la vía del tren de la pedrera, aparecía ante el visitante un simpático pino, un pino que estaba inclinado, agachado, retorcido y de caprichosas formas, al que nosotros llamábamos el picatxo.
Una vez en el interior del pinar, a uno le envolvía la peregrina sensación de haber sido transportado a un lejano bosque, un bosque que quizá estaba situado en una elevada montaña. Nada hacía pensar que las olas del mar batían su espuma salada en las arenas contiguas al pinar.
Si no se conocían bien los pinos y los senderos, era fácil perderse en el pinar. Y salir por fin, frente a la playa, o en pleno quadro.
La gente del Grao conocía bien el pinar.
Nosotros sabíamos donde estaba cada pino. Cada mata. Cada recoveco. Y éramos capaces de desenvolvernos, con total eficacia, por el intrincado y laberíntico sendero que, entre ramas, hojas, y pinaza, llevaba a la “punta del pinar”, que era su extremo norte, junto al campo de aviación.
No era tarea sencilla atravesar el pinar. A su tortuosa longitud había que añadir la dificultad que suponía atravesar dos goletes (acequias): L’estany y la gola En Trilles, que desde Castellón, después de pasar por toda la marjaleria, cruzaban el pinar, para dejar sus repletas y confusas aguas en los limpios aledaños marinos del Mediterráneo.
Estas acequias daban pie a una amena y variada fauna. Ranas, gambas, samarucs, anguilas, culebras que, las había de respetables dimensiones, y, que eran muy dadas a abandonar la acequia y aventurarse, ufanas, gráciles, variopintas e inofensivas, por entre las hierbas de las matas, y una infinidad de animalillos que pululaban al socaire de las dulces aguas que alimentaban y entretenían la vida del pinar.





Continuará...

sábado, 9 de octubre de 2010

Epílogo




Ya terminado el conflicto bélico, la normalidad, lenta y costosamente fue adueñándose de aquellos seres humanos, heridos ya para siempre en su memoria por los recuerdos indelebles que la Guerra les había producido. Ya nunca más olvidaríamos el apocalíptico desfile de imágenes bélicas que recorrió sin compasión y sin excepción cada uno de los rincones de la existencia de los que vivimos la Guerra.

En los momentos de lánguido sosiego en alta mar, los marineros narraban vivencias y avatares de la pasada guerra.
Parecía que había acabado una vida y empezaba otra.Había quien corroboraba sus relatos desnudando su torso y mostrando una fea cicatriz:

-...Això són senyals de metralla...en el frente de Somorriesa va ser...

Pepet el de Catambo, que tras finalizar la Guerra se embarcó con nosotros en el Cebollino, nos contaba que él había estado preso en un campo de concentración en tierras de Cádiz y, allí aprendió un fandanguillo. Y nos lo cantó. Yo entonces tenía catorce años y, pese a haberlo oído una sola vez y haber pasado sesenta años, aún lo recuerdo perfectamente. Aquella copla caló tan hondo en mí, porque de una forma simple y concisa reflejaba en muy pocas palabras lo que realmente fue la Guerra que acabábamos de pasar:

Tengo un hermano en los rojos
otro en los nacionales.
Nos tiramos tiro a tiro
y las que sufren son las madres
¡siendo los cariños tan iguales!

Mi primo El Moreno, que felizmente tras el término del conflicto bélico volvió a casa sano y salvo, fue contándonos todo lo que él vivió en el frente de batalla. Y nos lo refería una y otra vez. Y nosotros le escuchábamos con admiración. Unas veces hacía más hincapié en unos detalles determinados, otras centraba la atención de su relato en otros aspectos. Aquellas vivencias fueron vividas con tanta intensidad, que hoy, con ochenta años cumplidos, aún es capaz de contarlo con pelos y señales. Y no renuncia a ello si la ocasión lo tercia.

Tengo que decir que mi primo El Moreno siempre fue, según palabras de su propio padre, “algo quijote”. Y esto lo decía porque sus trastadas de pequeño llevaban siempre el signo del desdén y menosprecio al peligro. Así, contaba mi tío Pepet que un verano, estando en Camarena, un pueblecito de la provincia de Teruel, a donde habían ido a pasar una temporada por aquello de “canviar d’agües, vieron pasar unos jinetes que advertían del cercano paso por el centro del pueblo de un ganado de toros bravos. Entonces, los lugareños, muy hechos y habituados a ello, con normalidad y disciplina se recluían en sus viviendas. Bajaban las persianas de la puerta de casa y, en silencio, oían pasar el ganado. Pues bien, un toro, quedó algo distraído y se acercó a la persiana donde estaban escondidos la familia de mi tío y los propietarios de la casa. Parecía olisquear algo. Silencio absoluto entre el personal. No fueran a incordiar al animal. Mi primo que en aquellos días tenía un pequeño bastón de juguete que hacía poco le habían comprado, cuando entre las rejillas de la persiana vio aquella gigantesca cabezota armada de enormes y afilados cuernos, tuvo la ocurrencia de apartar un tanto la persiana y blandiendo su bastón, dijo: “¡Eh toro!”. El toro se giró y lanzó un resoplido que heló la sangre a más de uno. Menos mal que mi tío fue rápido en coger a su hijo y cerrar la persiana. Y todo quedó en un monumental susto.
El Moreno siempre fue una persona menuda y enjuta. De vivo mirar y gesto inteligente; de tez muy morena, de ahí su apodo. La gente, de pequeño, le decía. “pareix que hages caigut a la basseta del tiny i vas ple encara de degot”. Esto último, el degot, era la sustancia que daba ese oscuro color al tinte.

Como ya quedó dicho, al poco de iniciarse la Guerra, El Moreno fue llamado a filas. Tras dos o tres días de instrucción militar en Torrevieja, fue destinado al frente de Teruel.
Ya en el frente, nos contaba El Moreno, en el curso de una batalla, agazapado en la trinchera, viendo y oyendo silbar las balas sobre su cabeza, se dio cuenta que se había quedado solo. Sus compañeros se estaban batiendo en retirada desafiando a las balas enemigas. Por un momento quiso imitarlos. Pero, según nos confesaba, le faltó valor. Su instinto de conservación hizo que se quedara allí, escondido. Como un rayo pasó por su mente su último pensamiento antes de darse preso. Se haría pasar por muerto.
Y así hizo. Los tiros y las bombas poco a poco se fueron alejando. Desde el suelo, quieto como un muerto, veía pasar las botas de los soldados del ejército de Franco que avanzaban implacablemente dejando tras de sí, un rastro de soldados muertos y agonizantes entre los humeantes hoyos de la artillería.
Sólo podía pensar en una cosa: en la muerte. Era cuestión de tiempo.
Los enfurecidos gritos de los soldados que pasaban junto al presunto cuerpo inerte del Moreno penetraban en sus oídos como balas empozoñadas. Y esto hacía que sus músculos entumecidos por el miedo, se paralizaran de puro pavor. Realmente parecía que estaba muerto. Muerto de terror.
Poco a poco los estruendos de las bombas fueron oyéndose más apagados. Los gritos venían de más lejos. Ya no veía las botas de los soldados enemigos pasar junto a él.
Un asomo de esperanza y tranquilidad empezó a recorrer su cuerpo. Y lentamente levantó la cabeza para tomar conciencia de la situación en la que se hallaba.
Parecía que todo había pasado. Ya se disponía a levantarse, cuando horrorizado advirtió la presencia de dos soldados rezagados que acababan de descubrir la treta del Moreno.
Uno de ellos, pensó en voz alta: “no querías estar muerto...pues ahí va eso...” mientras decía esto levantaba su arma con la intención de aplastar la cabeza de mi primo con la culata del fusil.
Pero, su compañero, sabe Dios quien era aquel muchacho, le salvó la vida.

-¡No lo mates! – le dijo, sujetando firmemente el fusil de aquel feroz soldado - ¿No ves que es sólo un niño?

Mi primo, cuando cuenta esto, difícilmente puede disimular unos lagrimones que rápidamente trata de apartar de su cara con la mano:

-¡Aquell soldat me va salvar la vida!... Allí vaig vore la presència de Déu que se va presentar en forma de soldat. – Atestigua con firme convicción en sus palabras El Moreno.

Le cogieron prisionero. Atado de manos, y custodiado por sus captores, fue llevado a empujones hacia un contingente de otros infortunados prisioneros de guerra que fueron introducidos a golpe de rebenque en los calabozos de una sórdida cárcel de aquella ciudad.
En la oscuridad de aquel confinamiento pasó mi primo varios días.
Fue allí donde El Moreno aprendió a jugar al ajedrez. El tablero era el suelo, y las fichas, las hacían los presos a base de migas de pan. Asimiló de tal manera mi primo aquel juego, que llegó a ser un verdadero conocedor de las estrategias del ajedrez. Cuando regresó a casa nos enseñó a jugar a todos. Y entre todos compramos un tablero con sus correspondientes fichas, esta vez de madera.
De vez en cuando, venía una pareja de guardias civiles a la prisión, y, látigo en mano, y desenfundadas sus pistolas, se llevaban a alguien a declarar.
Llegó el turno del interrogatorio del Moreno.
Con una rabia y desprecio infinitas en sus miradas, y prontos a utilizar el temible rebenque que blandían, le llevaron ante el oficial que estaba encargado de instruir el caso.

-¿De dónde es usted? – Gruñó aquel militar sin mirarle a la cara.

-Del Grao de Castellón. – Contestó sumisamente con un hilo de voz mi primo.

En aquel momento todo cambió en la habitación. El oficial levantó airadamente la mirada en busca del Moreno y, los otros guardias civiles que había allí, hicieron lo propio.
El no sabía a qué venía aquello. Ni sabía si había motivo para alegrarse o para inquietarse.
Entornando los ojos y relamiéndose los labios, ante su asombro, espetó aquel militar:

-¡Hombre...! ¡Aquí tenemos lo que buscamos...!

El desasosiego y el desconcierto invadió a mi primo. ¿Qué buscaban? ¿qué podía ofrecer a aquella gente él, que sólo era un marinero y, que si de algo sabía un poco era de pescar?
Continuó el oficial con voz firme y contundente:

-Cuéntenos todo lo que sepa acerca del “Mahón” y de los guardias civiles que estaban presos allí.

Nada podía aportar, porque nada sabía. Como cualquiera de los graueros, había visto como recluían en aquel barco a los guardias civiles al inicio de la Guerra. Pero nada más podía añadir. Ni nombres, ni ningún detalle de aquel suceso.
Y eso fue lo que declaró.
Se miraron entre sí. Tras unos momentos de duda, dieron orden de que se retirara.
A partir de entonces fue destinado junto con los otros reclusos de guerra a trabajos forzados.
Tenían que transportar pesadísimas cargas que mi primo no siempre podía levantar con holgura.
Todos los días, venía algún suboficial para pedir voluntarios al frente.
El Moreno, vistas las circunstancias, no lo pensó más. Se alistaría. Esta vez en el otro bando, claro. Pero no se conformó en alistarse al ejército así, sin más, quiso alistarse a la legión, ni más ni menos.
Eso fue suficiente para que le libraran de la prisión.
Le incluyeron en la “quinta bandera”. En un principio notó un cambió positivo. Buena comida, ropa limpia...pero a cambio, se había comprometido a ir a pegar tiros a primera línea del frente.
Tras un período de instrucción en Exauen, fue destinado al frente del Ebro.
Allí la batalla bullía en todo su apogeo. Quiso la fortuna que subiendo una colina, cayese el bueno del Moreno, con tan desacierto, que fue a romperse la clavícula. Esto le imposibilitaba para ir al frente.
Fue a parar a un hospital de Sevilla. Y allí vivió el término de la Guerra.

Con el ánimo repleto de vivencias, regresó al Grao. Infinita alegría cuando le vimos aparecer por nuestra casa, menudo y moreno y, aún vestido de legionario.

Que Dios perdone a unos y otros, y que de aquella Guerra sólo quede el recuerdo y el firme deseo de nuca más vivir algo semejante.







jueves, 1 de julio de 2010

La guerra que vio u niño de 11 años (18ª entrega)



Se termina la Guerra

Fueron pasando los días, todos bajo la impronta del enfrentamiento bélico que parecía perpetuarse.
Un día, sin previo aviso, observamos que los militares que compartían vivienda con nosotros, estaban recogiendo todo y, casi sin despedirse, se fueron yendo, hasta que cuando fuimos a darnos cuenta, nos hallábamos solos en aquella casa. Volvimos a ser otra vez los auténticos dueños de la casa.
Pudiera aquello significar que la Guerra estuviera viviendo sus últimos días. Así lo tomamos nosotros. Pero aún por las noches, el repiqueteo de las metralletas nos recordaba que la Guerra aún seguía ahí.
Pero un día de primavera, un 1 de abril de 1939, mi tío Pepet entró en casa con desmedida alegría, enarbolando un ejemplar del “Mediterráneo” y lanzando gritos de júbilo:

-¡La Guerra s’ha acabat! ¡La Guerra s’ha acabat! ¡Mireu ací al “Mediterràneo” ho posa!

Y todos, sentados junto a mi tío Pepet, oímos las noticias que nos leía en voz alta. Con sepulcral silencio y respetuosa esperanza, todos callábamos y escuchábamos.

-¡Escolteu “lo” que diu el peiròdic!:
“Detalle del último parte de Guerra”: - Leía mi tío Pepet impostando la voz y relamiéndose en sus propias palabras - “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La Guerra ha terminado.”

No cabía la menor duda. Por fin la paz.
Pero aún quedaba un largo camino para conseguir el total apaciguamiento de aquellas personas que habían vivido una Guerra fratricida.



El Grao de Castellón vive los primeros días tras la Guerra

La Guerra no había acabado para todos.
A partir del día en que se terminó la Guerra, empezaron a regresar al Grao vecinos “graueros” que habían huido cuando la entrada de “los nacionales”.
Algunos volvieron a pie, tal como se marcharon. Otros fueron traídos por algún camión que, repleto de soldados, seguía el mismo camino.
No era ésta una vuelta triunfal, sino todo lo contrario. Ellos habían sido los perdedores y, cuando llegaban a un control de la guardia civil, estaban expuestos a cualquier cosa. Desde que fueran confinados a un campo de concentración, hasta que fueran fusilados. Así, tal como suena.
Si existía en ellos algún indicio de apoyo a la causa republicana, todo el peso de la venganza de los vencedores caía sobre ellos.
Las cárceles no daban abasto. Los juicios sumarísimos eran moneda corriente.
Las penas capitales estaban a la orden del día.
Cuando menos te lo esperabas, alguien te decía:

-No ho saps...a “Fulanito” li ha eixit pena de mort...

Algunas de estas espeluznantes sentencias se cumplieron. Otras fueron conmutadas por cadena perpetua...
Hubo denuncias, en un principio anónimas, que llevaron a la muerte, o a la cárcel, o a recibir una desmesurada paliza, a decenas de “graueros”.
Tras las primeras semanas de desenfrenada depuración, y en vista de la ingente cantidad de denuncias, se creyó oportuno identificar al denunciante. El remedio llegó tarde. Algunas denuncias resultaron ser falsas. Muchos pagaron por algo que no habían cometido.
Los últimos coletazos de la Guerra aún se dejaban sentir en el Grao de Castellón.

Terrible coincidencia en el camión

Igual como ocurriera cuando las tropas de Franco tomaron Castellón, el final de la Guerra supuso un ir y venir de gentes. Unos, los soldados, poco a poco iban yéndose a sus lugares de origen. Un gran número de castellonenses se embarcaron en Denia y Alicante hacia el exilio. Otros, que habían huido con el ejército republicano por temor a posibles represalias, ahora regresaban. De estos últimos, como ha quedado dicho, no todos corrieron la misma suerte.

En las semanas inmediatas al término de la Guerra, los autobuses de línea regular aún no estaban normalizados. En cambio, era factible subirse en cualquier camión de soldados que hiciera la ruta que a uno le convenía.
Así, un día, Caragol y yo, tuvimos que ir a Castellón. Tomamos uno de esos camiones repletos de soldados y civiles que, como nosotros, subían hasta que se agotara el espacio del camión.
Una vez arriba, entre la abigarrada multitud de gente que se apretujaba en el camión, un individuo llamó poderosamente nuestra atención. No podíamos equivocarnos. Entre nosotros estaba aquel extraño personaje que un ya lejano día, al comienzo de la Guerra, nos inquietara, con su escopeta al hombro y su turbadora pregunta “que hi ha algun “faciste” per ací?”.
Aunque ya habían pasado casi tres años de aquello, su cara no nos ofrecía dudas. ¡Era él! ¡Seguro!
En estos términos y en voz baja, por supuesto, comentábamos esta circunstancia mi primo y yo.
Todo hubiera quedado en una ingenua anécdota si no hubiera sido porque alguien más, a parte de nosotros, estaba al corriente de esta circunstancia.
Un brusco frenazo del camión interrumpió nuestras conjeturas. Se trataba de un control. De uno de los muchos y frecuentes controles militares que se efectuaban en aquellos días.
Subió al camión un militar y lanzó al aire una pregunta. Sonoramente. Parecía que buscaban a alguien. Nosotros no llegamos a oír lo que decían.
De pronto, la gente se arremolinó en un extremo del camión. Una persona se había desmayado. Los que estaban a su alrededor le recogieron del suelo y le daban aire con unos cartones.
Entonces nos dimos cuenta. ¡Era él! el que se había desmayado era aquel hombre que iba a la caza de fascistas.
Dos guardias civiles subieron al camión y le bajaron. Porque era a él a quien buscaban.
Enseguida reprendimos la marcha.
Muy posiblemente las horas de aquel individuo estuvieran contadas...