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domingo 4 de octubre de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años. "Un moro reza en els llavaors"


Un moro reza en “els llavaors”

Veníamos mi madre y yo de una alquería cerca del “pontet”. Habíamos ido a “baratar” pescado por verdura; y ya de regreso a casa, al pasar frente als llavaors, advertimos la presencia de dos moros. Uno permanecía de pie. Su chilaba, pletórica y arrogante, al viento. El fusil, firme sobre el hombro. Seria y grave su morena tez. El otro estaba arrodillado. La cabeza inclinada hasta casi alcanzar el suelo. Parecía efectuar unas rituales abluciones. Levantaba un tanto la cabeza y volvía a encogerla junto al suelo con parsimonioso ritmo. Sin duda alguna estaba rezando.
Nos paramos a escasos metros de ellos. Permanecimos unos instantes observando aquella extraña escena y, cuando ya empezaba a sentirme incómodo por la inquietante presencia de aquellos dos soldados magrebíes, mi madre, ante mi estupor, me dijo:

-Vaig a preguntar-li a vore que estan fent...

No me pareció aquello lo más prudente, pero mi madre estaba resuelta a entablar conversación con ellos. Yo, un tanto aturdido, le seguí.

-Paisa, paisa...- dijo dirigiéndose al que permanecía de pie.

El moro que estaba arrodillado, cuando nos vio, se nos quedó mirando. Los ojos rojos, su cara inundada en lágrimas. Y sin esperar a que le preguntáramos, nos dijo con voz entrecortada:

-Mi primo, morir aquí... – decía esto señalando el suelo sobre el que estaba orando.

Comprendimos que allí, en aquel lugar donde, efectivamente, aún estaba la tierra fresca, aquellos dos moros acababan de dar sepultura a un ser humano.
El magrebí prosiguió su lamento:

-Mi primo morir aquí – repitió – y ahora... nacer allí – dijo señalando un lugar indeterminado en el cielo.

Después de unos segundos de ensimismamiento mirando al infinito azul del cielo, el consternado moro volvió a sus abluciones, dando así por terminada la conversación.
Nosotros, un tanto contagiados por la aflicción de aquel hombre, seguimos nuestro camino.
Todavía hoy, los huesos de aquel infortunado soldado magrebí permanecen enterrados frente a los que un día fue els llavaors.

viernes 28 de agosto de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (13ª entrega)





Nuestra casa la encontramos “ocupada”

Cuando llegamos a nuestra casa, observamos que estaba ocupada por un grupo de oficiales, con sus asistentes y sus cocineros. En total pudiera haber allí, en nuestra casa, unos treinta militares.
Nos presentamos. Por fortuna aceptaron nuestra condición de dueños. Pero claro, estábamos en guerra...y lo fundamental en estos casos es la cosa militar, y aquella vivienda estaba ofreciendo un gran servicio militar. Pero, como he dicho antes, fueron benévolos con nosotros y, consintieron alojarnos en nuestra propia casa.
La habitación de mi tío Pepet y mi tía Carmen, que era la mejor orientada, acogía ahora las dependencias de un comandante. En el cuarto de mis padres se acomodó un oficial. Las otras habitaciones estaban asimismo destinadas al resto de los militares.
No nos impidieron instalarnos allí. Podíamos tranquilamente cohabitar con ellos.
Lo malo era que no quedaban habitaciones libres. Bueno, dormiríamos en el suelo. No pusimos pegas a ello.
En el corral nos hicieron un hueco para que pudiéramos cocinar. Para ello utilizábamos nuestros propios cacharros de cocina. Los mismos que nos llevamos a la alquería.
Y así, de esta peculiar manera, pasamos los meses inmediatos a la entrada de los “nacionales” en Castellón.
Mi padre, que siempre tuvo una especial facilidad para entablar comunicación con la gente, hizo que congeniáramos con algunos de los militares allí establecidos.
Especial trato y amistad tuvimos con el cocinero. Se trataba de un jovenzuelo ameno y vivaracho. Nos contaba aquel soldado gallego que, en su Galicia natal, se dedicaba a las labores del campo, y que aquí se había convertido en un cocinero. “Cuando llegue a mi tierra no me acordaré de plantar un nabo...” “...el día que me digan que se ha acabado la guerra no me lo creeré...” nos decía con un fuerte acento gallego.

miércoles 15 de julio de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (12ª entrega)


De vuelta al Grao

Todavía quisimos permanecer un día más en la alquería, aún teníamos cierto reparo en volver al Grao. Creímos prudente esperar a que se estabilizase la nueva situación.
Pero aquello estaba claro. Debíamos ir al Grao. Ya todo había pasado. Y eso hicimos.
Según íbamos acercándonos al centro urbano nos percatábamos de que estábamos viviendo un profundo cambio.
Los caminos no sólo aparecían llenos de soldados con distinto uniforme al que estábamos ya acostumbrados, sino que pululaban unos extrañísimos personajes - que después supe que eran moros -, vestidos de chilaba, que para nosotros eran algo tan novedoso como exótico.
Pasábamos junto a ellos, nos miraban, y no decían nada. Ellos iban a lo suyo.
Y nosotros a lo nuestro, de regreso a nuestra casa. A nuestro Grao.
Cuando llegamos, me dio un vuelco el corazón. Pero...¿Qué había pasado allí? Parecía como si un huracán hubiera asolado las calles del Grao.
Las casas, una por una, fueron saqueadas.
Las cerraduras, forzadas; las puertas, abiertas; su interior, vacío. Todo cuanto en ellas había, se amontonaba ahora junto a la puerta: mesas, sillas, camas, sábanas, ropas, papeles, documentos, fotografías... todo descansaba allí en perfecto desorden. Tan fuera de su sitio. En plena calle. A merced de quien pudiera pasar.
Delante de la escuela que había en la calle Sebastián Elcano, que ya a estas horas quedó convertida en un hospital, vi multitud de libros, libretas, paquetes de tiza...
No pude resistir la tentación de acercarme a ver. Encontré un libro de problemas que llamó mi atención. Y lo cogí. Y aún lo conservo como una reliquia.
Frente a una ferretería, había desparramadas por el suelo gran cantidad de herramientas. Yo me hice con un hacha y dos barrenas.
Recuerdo que en aquella época era costumbre colgar sobre el lecho marital una gran fotografía de los novios. El retrato, en blanco y negro, estaba enmarcado con un marco serio y sobrio, sin ningún alarde. El, de traje; exquisitamente ataviado, quizás como jamás volvió a vestirse; ella, tocada de blanco; su largo y fino velo cayendo a un lado. Blanquísimo el vestido. Sonrisas de estudio de fotógrafo. Irreales. Sempiterna juventud que presidía el devenir de aquel matrimonio todos los días de su vida.
También estos retratos aparecían tirados por cualquier lado.
Hubo gente que, reconociendo en la fotografía a algún familiar suyo o alguien conocido, quiso guardarla. Si algún día volviera al Grao, se la daría.
Nosotros recogimos una. Era de una mujer, vecina nuestra, que era viuda. Cuando regresó al Grao, terminada la Guerra, se la devolvimos a su dueña. Entre grandes lagrimones besaba una y otra vez aquella fotografía, en la que aparecía ella y, su difunto marido. Tal vez aquello fuera lo único que pudo recuperar de su casa.

Después, según nos dijeron los soldados, supimos que aquellos desaguisados eran obra de los moros, que buscaban oro y joyas.
Entre los despojos de las viviendas “graueras” había un tremendo trasiego de máquinas de guerra: camiones, caballerías, soldados llenos de armas, moros con su chilaba y su fusil... Y es que el frente, en un principio, quedó situado cerca de Castellón, en las inmediaciones de la vecina ciudad de Burriana. Por lo tanto, el Grao vino a constituirse en algo así como una base de retaguardia.
El pinar, nuestro pinar, quedó tomado por soldados, que lo utilizaban como campamento. También los magrebíes se instalaron allí, pero aparte.


martes 5 de mayo de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (11ª entrega)

Dibujo de Antonio Trilles

Las tropas de Franco toman Castellón

Era la noche del trece al catorce de junio de 1938.
Algo parecía que se movía en el ambiente. Idas y venidas apresuradas por el estrecho pasillo del refugio. Noticias contradictorias. Nadie se atrevía a dormir. Algo estaba ocurriendo. De pronto, se oyó una lapidaria voz que inundó todo el refugio:

-Ja estan ací! Ja estan ací els “nacionals”!

Sería difícil, o imposible, saber si aquello fue dicho con alegría o con tristeza. Fueron palabras inocuas, asépticas, muertas, sin vida. Y así fueron recibidas por todo el personal que llenábamos el refugio.
Minutos después aparecieron por la boca del refugio unos soldados. Eran soldados de Franco.
Nos tranquilizaron. Dijeron que nada temiéramos. Que recogiéramos nuestras pertenencias y que regresáramos a nuestras casas.
A ello nos disponíamos, cuando un soldado rezagado de aquella avanzadilla, al llegar a nuestra altura, se acercó a nosotros y, ante el asombro y estupor de todos, sacó una bomba de mano de su cartuchera y, blandiéndola, se disponía a tirarla allí, justo a la entrada del refugio. Aquello habría supuesto una masacre tan estúpida como segura.
Fue otra vez La Pitarga quien tomó la voz cantante; quien hizo desistir de tan absurdo empeño a aquel anónimo soldado:

-¡No, por favor, no tire esa bomba! ¡Ahí abajo sólo hay “viejesitos” y criaturas!

El soldado aquel vaciló. Miró a un sitio, miró a otro, y en un rápido gesto volvió a enfundarse el mortífero artefacto en su cartuchera al tiempo que con la mirada buscaba a sus compañeros que andaban un tanto más adelantados que él, ya casi al final de la calle Gobernador ,y sin más, reprendió la marcha con paso acelerado.



A la alquería...al reencuentro de los nuestros

Repuestos del terrible susto, emprendimos camino hacia la alquería; Al encuentro de mi padre, mi tío Pepet y El Roig que se habían quedado allí. ¿Qué habría sido de ellos?
Todas las familias del Grao que había en el refugio nos dispusimos a regresar al Grao, así nos lo habían ordenado aquellos contundentes soldados.
Formamos un grupo de unas veinticinco o treinta personas.
El Camí Fondo nos conduciría al Grao.
Nosotros, antes de ir al Grao, pasaríamos por la alquería. Allí pensábamos encontrarnos con el resto de nuestra familia.
Estando a mitad de camino, vimos volar un solitario avión a baja altura. Nos quedamos todos mirándolo. Se trataba de un avión que hasta hacía unas pocas horas era “de los nuestros” ¿Qué hacía aquel artilugio volante por allí? ¡Pero no les habían vencido! ¿Por qué no se había ido con todos los demás?
Alguien dijo que aquel avión era ahora nuestro enemigo. ¡Y estaba en lo cierto!. Y que por lo tanto, desconfiáramos de él.
Efectivamente, dicho esto, efectuó unas extrañas y sospechosas maniobras que no dieron ya motivo para la duda. ¡Aquel avión iba a por nosotros, sus enemigos! Quiso la ventura que delante de nosotros, a escasamente cincuenta metros de donde nos hallábamos, alguien avistara un refugio “particular”, era una defensa que en una alquería, se había construido su propietario con el fin de guardar a su familia, que a aquellas horas, Dios sabe donde estaría. Lo vimos libre y, en escasos segundos, todos fuimos a meternos allí dentro. ¡Otra vez a un refugio! ¿Pero cuando tenía que acabarse aquello?
La prudencia hizo que esperásemos hasta un cuarto de hora allí dentro. Nadie oyó nada. A fe que aquel era un buen refugio.
Ya no podía estar el avión tras quince minutos de espera, deambulando por aquellos aires. Seguro que ya habría emprendido otro rumbo. Era ya momento de salir. Y cautelosamente, fuimos emergiendo a la luz de la huerta castellonense, libres del agobio de aquel despistado aviador, cada uno de los precipitadamente refugiados en aquel breve, pero eficaz refugio casero.
Instintivamente lanzamos nuestras miradas arriba, a la búsqueda del avión, y nuestro ánimo se fortaleció al ver el cielo limpio de intrusos mortales.
Pero, algo raro había en el ambiente. Un olor letal que nos era terriblemente familiar invadía la limpia atmósfera del marjal.
Un estremecimiento brusco se apoderó de cuantos allí estábamos cuando advertimos, a escasos cien metros, una mortífera y espesa columna de humo.
Aquel avión, en efecto, ya no estaba, pero no se había ido de vacío ¡nos había bombardeado! ¡Sólo el providencial refugio nos libró, una vez más, de una muerte segura!
Sí, aquel misil, porque fue un único misil el que lanzó, fue tan mortalmente preciso, que vino a caer justo donde estábamos nosotros.
Cuando salimos, vimos unos naranjos arrancados de cuajo; y un cráter de unos diez metros de diámetro formado por tierra roja, fértil, sana, viva, que bordeaba un agujero que se sumía oscuro e incierto unos metros más abajo. De su fondo aún brotaba humo. Y aún podían sentirse nítidamente las punzantes emanaciones de la nefasta pólvora.
Cogimos nuestros enseres, y emprendimos camino hasta la alquería.
Por fin llegamos. Mi padre, mi tío y mi primo, estaban allí, esperándonos, y corrían a abrazarnos. Sería del todo imposible expresar con palabras la alegría que sentimos al vernos todos juntos otra vez.




miércoles 25 de marzo de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (10ª entrega)

Un almacén en la escollera de levante en le puerto del Grao de Castellón totalmente destrozado por los bombardeos. La foto es del año 1938.

“Consejo de familia”

Sin duda alguna, el momento más traumático, al menos para mí, de toda la guerra, fue la toma de Castellón por las tropas de Franco.
A punto de cumplir los trece años, con casi dos años de guerra a cuestas, empezaba a sentir la responsabilidad, o el miedo, de haber pertenecido a uno de los dos bandos. Justamente al de los perdedores. Eramos “rojos”. Los mortales enemigos de los fascistas; y éstos, los fascistas, estaban aproximándose triunfantes, sin apenas oposición, desde Vinaròs, a lo largo de toda la costa hacia el Sur, aplastando con gran facilidad la resistencia republicana. Era cuestión, ahora sí, de días, o de horas, su presencia en Castellón. ¡Habíamos perdido la guerra!
¿Qué sería de nosotros? ¿Nos matarían? ¿Nos harían prisioneros de guerra? Nos hallábamos a merced de la voluntad de los vencedores.
Y en verdad que aquello no había quien lo parara. El ejército republicano iba a la deriva. Grupos de soldados republicanos, maltrechos, con la derrota marcada en su rostro, discurrían en franca retirada hacia el sur. Sin orden alguno, como huyendo. ¿Teníamos también nosotros que huir de nuestros enemigos?. Esta era la terrible pregunta que se formulaban los civiles que asistían a aquellos acontecimientos.
Cada una de las familias se reunió. Había que plantear la situación. El padre de la familia con grave solemnidad tomó la palabra y expuso los hechos; que cada uno siguiera el dictado de su conciencia. Con total libertad.
Los “nacionales” iban a tomar Castellón en pocas horas.
Aquello a mí me sonó a un “sálvese quien pueda”.
Fueron momentos tensos. De miradas suplicantes; de emoción; de ternura infinita...de separación.
Mi padre, mi tío Pepet y el Roig se quedaban en la alquería. Así lo habían decidido.
Mi madre, mi tía Carmen, mi hermana Paquita, mi prima Conchita, Caragol y yo, pensamos que era mejor ir a Castellón, a un refugio.
La familia de La Perola al completo, se venía con nosotros al refugio, a Castellón. La otra familia, en pleno, se marchaba; huían hacia el Sur. Junto con los derrotados soldados republicanos. Ya nunca más supimos de ella.
Nos despedimos las tres familias. Entre lágrimas de impotencia y desconsuelo, nos deseamos suerte.
Era por la mañana. Las primeras luces del día remarcaron la infinita tristeza que había en los semblantes de mi familia. Nos separábamos. Cada cual había elegido mejor o peor, con más o menos acierto, cómo prefería pasar aquel terrible trance. Y nuestra familia, como he dicho antes, quedó dividida en dos.
Sólo el aliento de querer creer que volveríamos a reunirnos en cuanto entraran “los nacionales”, nos dio fuerzas para emprender el camino hacia Castellón.


El Refugio

Nos habían hablado de un refugio que estaba a la entrada de Castellón, justo donde hoy está la plaza Cardona Vives. Y allí nos dirigimos.
Por toda provisión, cargamos con un saco de cinco kilos de azúcar.
Y enfilamos el camí fondo en dirección a Castellón. Aquel camí fondo estaba lleno de gente huidiza, temerosa, fugaz. La prisa por llegar al refugio, el horror de verse desprotegidos ante cualquier ataque, convirtió el camino hacia Castellón, en un desfile vertiginoso y caótico de gente.
Durante el trayecto tuvimos que escondernos, cuerpo a tierra, varias veces de la artillería y bombas que caían sin orden ni sentido sobre la huerta castellonera.
Por fin, llegamos sanos y salvos a las puertas del referido refugio. Multitud de personas, entraban en el agujero excavado en la calle. Parecía un hormiguero.
Una vez dentro del refugio, todo lo que teníamos que hacer ya lo habíamos hecho. Ahora sólo cabía esperar. Y a eso nos dedicamos.
El refugio en su interior era una cueva. Un cavernoso lugar, mortecino, apagado, melancólico. Triste. Sin gracia ninguna.
Unas débiles luces que a duras penas alumbraban, eran el único vestigio de que no nos hallábamos perdidos en una ignota gruta. Era poca la luz que emitían aquellas bombillas, pero suficiente como para delatar los estragos que ocasionaba el paso de la Séquia Major justo por encima del refugio. Una tremenda humedad que se introducía entre las paredes de aquel recinto defensivo, formando grandes manchas acuosas y dibujando brillantes y gruesas gotas de agua que pendían del techo. Si uno no hubiera estado en tan delicada y menesterosa situación, se hubiera sentido tentado de pensar que aquellas gotas parecían perlas transparentes que brotaban de las entrañas de la tierra.
Una vez allí, tomamos posiciones. Un pequeño hueco sería nuestro habitáculo durante las próximas horas...o días.
Acurrucados, sentados sobre una vieja manta que habíamos traído con nosotros, tratando de no pensar en nada, dejábamos pasar el tiempo. Este era nuestro peor enemigo, el tiempo. Un tiempo que se mostraba pesado e implacable. Parecía que, a veces, no había tiempo, que se paraba, que no pasaban las horas. Yo no sabía si era de día o de noche; la noción más elemental del tiempo la había perdido. Sólo el presente me era familiar.
Mi madre, de vez en cuando, nos suministraba un pequeño puñado de azúcar. Este era el único alimento que ingeríamos. El agua la tomábamos de la acequia que discurría sobre nosotros.
La gente, en el refugio, se había dispuesto en dos filas, recostadas en la pared, una frente a otra. En el medio se formaba un estrecho pasillo.
Aquel pasillo, frecuentemente era transitado por gentes. Una mujer iba pidiendo algo de comer para su hijo, que no tenía nada que darle. Otras buscaban a alguien que supiera aliviar unas fiebres que había contraído un familiar suyo. Otras regresaban de fuera, de coger agua de la acequia. Otras iban y venían a ninguna parte.
Todos estábamos pendientes de una cosa: del final de aquella pesadilla. Y estro ocurriría en el momento en que entraran las tropas de Franco. Para bien o para mal, aquello, a buen seguro, sería el final de aquel horrible hacinamiento. Por eso, cuando notábamos el más leve murmullo, aguzábamos nuestra atención por ver si ya había llegado el momento.


Nace una niña en el refugio

A veces, se formaba un pequeño tumulto. Todo eran preguntas. Hasta que alguien lo aclaraba:

-No res, una dona que s’ha desmaiat...

Alguien venía con un cubo lleno de agua que había cogido de la acequia para reanimarla.
Pronto, la rutinaria normalidad caía sin piedad sobre los refugiados.
Un nuevo alboroto fue a romper la rutina. ¿Qué sería esta vez?. La gente se apelotonaba en un punto hacia el interior del refugio. Quedamos todos expectantes. De repente, se oyó un llanto. Un blanco y limpio llanto infantil.
La sinyo Pitarga que había hecho las veces de improvisada comadrona, pregonaba aún con síntomas de cansancio y emoción en su voz, tras la delicada labor que acababa de llevar a cabo:

-Una xiqueta! Ha sigut una xiqueta!

Mi buen amigo Batiste, que también se hallaba en el refugio con su familia, en cuanto me vio, se dirigió hacia mí y, con lágrimas en los ojos de pura alegría, me cogió de los brazos y me dijo:

-Ma mare ha tingut una xiqueta!

Nos dijo que le pondrían de nombre Rosita.
Tras los plácemes de rigor y la exultante alegría que provocó aquel feliz acontecimiento en el refugio aunque sólo fuera por unos momentos, poco a poco, la realidad fue cobrando importancia y, prácticamente, al cabo de unas horas ya casi nadie se acordaba de tan peculiar suceso. De hecho, hoy, sólo sus más allegados y pocos más, saben que una “grauera” que cuenta en la actualidad sesenta y pico años, fue a nacer en tan sorprendente lugar.

domingo 15 de marzo de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (9a entrega)


Primavera del 38, la guerra se recrudece en el Grao

Ya había transcurrido poco más de un año y medio desde el inicio del conflicto. Ya el frío invernal empezaba a retirarse. La primavera, pese a todo, brotó aquel año con fuerza. Casi con tanta furia como se iban incrementando los bombardeos.
Parecía que el puerto de Castellón se había convertido definitivamente en un objetivo militar. Y a fe que así era. Tanto por mar como por aire se intensificó el acoso bélico. La vida en el Grao se tornaba imposible por momentos. Los cañones de los barcos y las bombas de los aviones enemigos hostigaban sin clemencia a los “graueros”. Allí no se podía vivir. Por descontado que a partir de aquellos días dejamos de salir a la mar.
Aquella mar la infestaron de máquinas de matar, unos y otros.
El alimento ahora empezó a resultar ciertamente problemático y, los azotes de la guerra evidenciaban que el caserío marítimo, nuestro Grao, era un sitio peligrosísimo. Se comentaba que la gente abandonaba el Grao, que se refugiaban en las alquerías. Allí estaban más seguros.
En la marjalería había multitud de alquerías deshabitadas. ¡Quién sabe donde estaban sus legítimos dueños!. Pudiera ser que estuvieran en el frente. O que habían huido a algún sitio más seguro. Tal vez habían sido víctimas de la guerra...
Lo cierto es que aprovechando esta coyuntura, pasábamos las noches en una de esas alquerías abandonadas. Al amparo de las acometidas fascistas. Al alborear el día regresábamos al Grao. Esto fue así durante un par de semanas, pero aquella situación se hizo insostenible. Ya no era posible la vida ciudadana ni de día ni de noche. Los combates eran continuos.
Se comentaba que las tropas de Franco, nuestros enemigos, estaban avanzando, que estaban cerca, algunos decían que estaban a punto de llegar a Vinaròs, que era cuestión de días la entrada en el Grao de “los nacionales” (así llamábamos a los del otro bando).
El miedo, el desasosiego, la terrible duda de no saber qué iba a pasar, y los bombardeos que no cesaban, nos impulsaron a tomar la decisión de permanecer en la alquería hasta que se aclarase un poco la situación.


Unos inciertos días en la alquería

Toda nuestra familia, menos el Moreno, que estaba en el frente, nos fuimos del Grao. Cogimos de nuestra casa lo más imprescindible y nos dirigimos hacia la alquería.
No éramos los únicos. Ni mucho menos. El Grao quedó deshabitado en pocos días. Unos emprendieron camino del Sur, otros se desperdigaron por las alquerías, otros se fueron a Castellón, al refugio, a pasar así los dos o tres días que presagiábamos podría durar aquel parto bélico. Los “nacionales”, estaba claro, iban a entrar en el Grao.
Lo que en un principio pensábamos sería breve espera de unos días se convirtió en larga demora de varios meses. Casi tres meses llegamos a pasar en la alquería.
Al Grao, ni nos acercábamos. El Grao estaba tomado por los soldados, que resistían a las embestidas de las tropas de Franco.
No había más remedio que montarse la vida de otra forma. Jamás llegué a vivir tan al antojo de la Naturaleza. Tan primitivamente.
Comíamos cuanto la tierra nos ofrecía. Coles, naranjas, patatas, boniatos y también, caracoles, gamba de séquia, samarucs, anguilas...
Beber, bebíamos el agua que brotaba de algún ullal. La ropa, o bien se aprovechaba el remanso limpio de una acequia, o también podía servir el agua del ullal. Pero desde luego, el jabón hacía semanas que había dejado de existir para nosotros.
En estas condiciones, empezaron a aparecer fiebres y tercianas. Los médicos estaban todos en el frente. La voluntad de supervivencia era lo único que nos tenía en pie.
En la marjalería había muchas alquerías abandonadas. Las había de sobra. Pero curiosamente, la gente buscaba compañía; sin duda era más acogedor el contacto con otras gentes, que la fría soledad, para combatir el miedo.
Nosotros fuimos a instalarnos tres familias, ciertamente numerosas, en la misma alquería. Así, nos encontrábamos más protegidos. El calor humano se demostró en aquellos días como la más firme defensa contra la turbación, la incertidumbre y el desamparo en que nos hallábamos sumidos en las jornadas previas a la llegada de “los nacionales”.
En la reducida y única estancia de la alquería, vivíamos con total desenvoltura y sin agobio alguno, la familia de La Perola, con seis hijos, todos menores de edad, la mayor, Dolores, contaba catorce años y, las dos familias restantes. En total se alcanzaba de largo la cifra de la veintena de personas.
Cuando se hacía la hora de dormir, cada familia disponía de un espacio o sector donde debía acomodarse todo lo mejor que pudieran.
El sector sur le correspondía a la familia de la Perola; nosotros ocupábamos la zona norte; y la otra familia se amontonaba en la parte oeste. Sólo quedaba libre la puerta.
Camas, no había. El suelo, o en el mejor de los casos una màrfega de pallerofa constituían todos nuestros acomodos.

viernes 27 de febrero de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (8a entrega)


Si vols sopar...no te’n vages

Iban transcurriendo los meses. Pesados, lentos, largos. Peligrosos.
Casi sin darnos cuenta nos vimos inmersos en un fatídico espacio asolado por la guerra.
Todo cabía en aquella guerra atroz.
Hasta tuvimos que conocer la abominable presencia de los criminales de guerra. Gente ruin, personas sin escrúpulos. Asesinos en toda la plenitud de la palabra, que tanto en un bando como en otro - porque los hubo en los dos bandos -, aprovecharon la coyuntura bélica para dejar aflorar sus más malévolos instintos.
Eran días en que parecía que la vida no valía nada. Una bomba, una metralla de un barco enemigo mientras pescábamos, alguna envidia...podía cercenar la existencia del más pacífico de los “graueros”.
Y sin embargo, la vida continuaba. Cada vez más maltrecha. Cada vez más penosamente. Los alimentos comenzaron a escasear. El hambre se empezó a sentir en el Grao de Castellón.
En el Grao no faltaba pescado. Prácticamente salíamos a pescar todos los días. Pero en cambio, faltaba aceite, pan, frutas, arroz, verduras...
Dado que el comercio estaba roto por la situación del país, tenían que ser los propios ciudadanos quienes negociaran y se hicieran con aquellos productos de primera necesidad. Se volvió a una industria miles de años olvidada. Una práctica totalmente primitiva: el trueque. Este trueque pasó a conocerse en el Grao de Castellón con el nombre de baratar. Baratar era sencillamente efectuar un trueque.
Mi tía Carmen y mi madre eran las encargadas de ir a baratar. Este era un ejercicio duro y aventurado. Cargadas con cestas llenas de pescado, emprendían aquellas animosas mujeres camino de Castellón. A pie; al desamparo de cualquier contingencia bélica. Cuando esto último sucedía, pasaban el bombardeo de mala manera y, otra vez en marcha. Gracias a la actitud de estas valerosas mujeres se aseguraba que en casa no faltase ni aceite, ni verduras, ni pan. Pero aun así, si bien las necesidades más elementales quedaban con más o menos decoro cubiertas, el hambre, como es de suponer, se dejó sentir en las calles del Grao. Valga como ejemplo, las tortillas de patata que cocinaba mi madre. Pelaba patatas para diez o doce personas, un poco de aceite y sal... y a la sartén...y cuando venía la hora de añadirle huevo, pues echaba uno, un solitario huevo que se diluía y se perdía en la repleta sartén de patatas; sólo en contadísimas ocasiones, se permitía el lujo de hacer tortillas de patatas con dos huevos. La cosa era saciar el hambre; y la patata cumplía esa misión con creces. Y así, medio en broma medio en serio, se cantaban estos irónicos versos:
Cántese poniendo la música de “El himno de Riego”:

Si vols sopar, no te’n vages
sardines pudentes tenim.
Una calavera seca
i un bagotet de raïm.