La trilogía completa

domingo, 11 de octubre de 2015

Un día de pesca en el Joven Miguel (II)



Cuando mi tío mandó “xorrar”, toda la marinería se movilizó. Serían las once de la mañana más o menos. Desde proa asistíamos emocionados al proceso de recoger las redes.
El sonoro y monótono repiqueteo del motor se diluye y cambia de tono. Ahora es más pausado y menos penetrante. La barca está perdiendo velocidad, casi está parada. Mi padre ha desembragado el motor y la barca no avanza, es más, por el peso del bou retrocede un poco.
Desde proa se ve al sinyo Jaume Batallón y al sinyo Gabrialet apostados cada uno a una esquina de la popa. El sinyo Antonio y mi tío están a la “maquinilla”. Mi padre está asomado a la escotilla del motor.
Los dos cables que están aguantando las redes se van enrollando en la “maquinilla”. Llega un momento en que el bou ya está cerca de la barca. Una alargada mancha azul celeste se vislumbra entre las aguas. Enseguida aparecen las dos “puertas”. Los marineros de popa las recogen y las echan a cubierta. A todo esto la “maquinilla” ya ha dejado de enrollar cable y ahora lo que enrolla son “les malletes” (dos gruesas cuerdas que están atadas a las redes). Según la “maquinilla” va recogiendo “les malletes” se les da una vuelta en el “tambutxo” de la maquinilla y las van dejando caer sobre cubierta formando dos círculos. Estas cuerdas han subido del fondo del mar y están todas sucias de fango y rezuman agua. Parecen dos serpientes marinas.
Cuando llegan las redes, los marineros las van subiendo a bordo a fuerza de brazos hasta que llega la corona, que es donde van a parar todos los peces que han caído presos del bou. La corona no se puede subir a mano porque pesa mucho, por eso la desplazan a estribor. A unos pocos metros de profundidad (dos o tres) se puede apreciar el copo lleno de peces que exhala una especie de polvo húmedo, que es el barro que se diluye por entre las redes. Esta bolsa llena de peces es el producto de media jornada de trabajo. A bordo, pues, hay una cierta expectación por ver la cantidad y la cualidad de lo pescado. Nosotros cada vez estábamos más ansiosos por ver estos peces sobre cubierta.
Para subir la corona se utiliza la “maquinilla”. El palo mayor hace las veces de polea, y mediante un “esvirlo” (una cuerda en forma de elipse) que se abraza a la red y luego se engancha a un garfio que está atado a la polea, la corona, poco a poco va salvando la borda de la embarcación. Cuando ha subido la corona, esta queda depositada sobre cubierta. Aún no se ha abierto la corona. Pero podría decirse que el proceso de “xorrar” ha finalizado.
Sin pérdida de tiempo, los marineros cogen otro bou y lo echan al mar. Otra vez vamos “calats”. Otra vez el mismo paso lento y aburrido y el mismo sonido del motor rítmico y monótono. Durante las próximas horas las redes irán arrastrando por el suelo marino tragándose todo lo que encuentran a su paso.
Nosotros nos quedamos mirando la corona que ha quedado sola sobre cubierta. La corona parece un enorme y misterioso animal marino que palpita con un ritmo desordenado e inquieto. Son los peces moribundos que luchan desesperadamente por escaparse de la mortífera trampa en la que han caído. Desde su interior nos llega un crujido sordo y vano. Sin tiempo a más elucubraciones aparecen los marineros. La corona se descose por una banda y se desparrama todo lo que lleva en su interior sobre cubierta. Ahora hay un informe montón de animales marinos de todas clases en la parte de estribor de la embarcación. La misión de la marinería es ahora “triar” el pescado, es decir, distribuir cada pescado en su respectiva caja y echar al mar todo aquello que no sea aprovechable.

El sinyo Antonio, que es el cocinero de a bordo, se aproxima tranquilamente al montón de peces. Sostiene en una mano una caldera metálica ennegrecida por fuera, pero limpia por dentro, y con estudiada parsimonia va colocando en ella algunos peces para el rancho. Hay peces que aún están vivos y tiene que tener cuidado de que no se salgan fuera de un salto. Cuando considera que ya tiene suficiente, da media vuelta y se dirige hacia un rincón de la barca donde procede a limpiarlos.
El resto de los marineros se reúnen alrededor del pilote de peces y comienzan a “triar”. Se trata de una tarea laboriosa. Nosotros observábamos con atención la ligereza que usan los pescadores en distribuir cada producto de la pesca en su respectivo lugar. Los marineros están en cuclillas frente al montón de peces, y disponen de una madera rectangular que utilizan como paleta para ir recogiendo pequeños puñados de peces. De ese montoncito irán distribuyendo en las paneras que se han puesto sobre cubierta para tal fin los ejemplares que se han pescado. Y, por otra parte, tirarán al mar todo lo que no sea apto para la venta. Es increíble la cantidad de organismos marinos que se pescan y que luego se lanzan por la borda porque no tienen salida comercial: caballitos de mar, especies raras de crustáceos, pececitos pequeños, pequeñas estrellas de mar, conchas de mil clases, animales que no tienen apariencia de animales, erizos, medusas, algas, piedras, fango… casi la mitad de lo que ha engullido la corona se devuelve al mar. Hay que apuntar que a veces se recogen auténticos hallazgos. Como por ejemplo ánforas romanas (cànters moros en el argot del Grao) o infinidad de artilugios que han ido a parar la fondo del mar de una u otra manera. La verdad es que nunca habría llegado a pensar que para llenar una caja de salmonete se hubiera de sacrificar inútilmente tanta vida marina.

Las gaviotas, eternas compañeras del marinero, no desaprovechan la ocasión y revolotean la barca dando buena cuenta de todo lo que se va echando por la borda. Las gaviotas forman un verdadero enjambre de pájaros blancos que alegran al pescador con sus estridentes gritos y sus vistosos aleteos. La verdad es que mientras íbamos “calats” no hemos visto ninguna gaviota, y ha sido empezar las maniobras de “xorrar” y aparecer estas aves marinas.
A todo esto, el sinyo Antonio ha ido a la suya, y mientras la marinería ya está terminando con las labores de “triar”, un aroma cálido y suculento invade la barca. Es la comida que comienza a tomar consistencia. Desde el interior del pequeño habitáculo que constituye la cocina sale un intenso humo blanco que el viento marino se lleva sin un destino concreto. Ya es mediodía.
Los marineros han acabado de colocar cada espécimen en su caja correspondiente y sobre cubierta ya no queda más que fango y restos de algas. Ahora hay que limpiar la cubierta de la barca. Hay dos marineros que han cogido un balde de color negro de goma plastificada que tiene una cuerda atada al asa. Lo echan al mar y con un gesto preciso y definitivo lo suben lleno de agua. La esparcen por cubierta. Esta operación se repite numerosas veces, hasta que ya no queda ningún residuo del bol.
Mientras los marineros han acabado con las faenas se ha hecho la hora de comer. Sin embargo el rancho aún no está listo. Son otra vez momentos para el tedio y el aburrimiento. Algunos marineros de recuestan sobre la borda mirando el mar. Sin poner la mirada en ningún punto en concreto. El hastío del momento y la monotonía del paisaje solo se rompen de tanto en cuanto por la súbita bocanada del aire suculento que sale a borbotones de la cocina. El marinero se abandona despreocupadamente al suave y contumaz balanceo de la barca y deja pasar los minutos. La llamada al rancho no tardará.
El sinyo Antonio, con la parsimonia y el juicio que dan los años, entraba y salía de la cocina con fruición. Era consciente de que toda la tripulación estaba pendiente de sus manejos, y esto hacía que su ego se viera gratuitamente ensalzado. Había algo de altivez en la mirada del sinyo Antonio cada vez que salía de la cocina.
A una de tantas, el sinyo Antonio, con media sonrisa de satisfacción en su curtido rostro, lanzó al aire la voz que todos estábamos esperando: “…xiquets…al ranxo…!”
Todos a cubierta se movilizan. Ahora no se trata de juntarse para trabajar, sino para comer. Este momento tiene una significación especial. No solo es hora de reponer fuerzas, sino que es tiempo de reunirse toda la tripulación sin distinción de cargos en torno a la caldera. Se charlará de cosas intrascendentes, o se comentará algún tema concerniente al trabajo. O se pondrá sobre la mesa alguna cuestión delicada. La importancia del momento, pues, merece un yantar que esté a la altura de la ocasión, y para ello se ha esmerado el cocinero, que mira de soslayo, sin que nadie se dé cuenta, la reacción de los comensales al probar bocado.
Nosotros ya sabíamos que la comida era un  arrossejat, como casi siempre, y es que este plato es el santo y seña de las comidas marineras del Grao. Nada más sencillo y más a propósito que pescado y arroz. Aunque parezca mentira, nadie protesta de la insistencia casi diaria de este menú.
Se come sobre cubierta. Los marineros se sientan en círculo justo en la puerta de la nevera, que está situada en el breve espacio que hay entre el puente de proa y la “maquinilla”. A un lado hay una pequeña caja de madera con unos cuantos compartimentos donde están las botellas. Un par de botellas de vino y otras tantas de gaseosa. Al lado hay un botijo con agua fresca. Un botijo bien protegido con una malla de red por aquello de los golpes del balanceo de la barca; aun así, el botijo aparece mutilado. La frágil asa se ha roto debido a un golpe de mar, y un marinero ha atado hábilmente un fuerte cordel que hace las veces de asa. No hay vasos. Quien quiera beber deberá hacerlo “al gallet”, es decir, de la misma botella pero sin tocarla, alcanzando el chorro de agua o de vino al aire. Para ello a la botella de vino se le ha aplicado un pitorro que facilita esta acción. Hay que decir que esta actividad, que los marineros dominan con destreza y acierto admirable, resulta duro y complicado para un novel en estos menesteres, porque a la falta natural de gracia en colocar la botella o el botijo con precisión oportuna hay que añadir la dificultad que ofrecen las olas al zarandear la barca a su aleatorio antojo. El resultado: sonoras carcajadas al comprobar que apenas hemos bebido y que en cambio nuestra ropa aparece copiosamente salpicada de vino o de agua.
Encima de la mesa el cocinero ha puesto una barra de pan. Un marinero, solícito, ha cortado varias rebanas y las ha dejado sobre la tapa de la nevera que hace las veces de mesa. Sin ningún preámbulo cada marinero coge una rebanada y se la coloca delante de él. Esto hará las veces de plato, puesto que platos no hay. Los cubiertos son simples y concisos. Un cuchillo de uso común y una cuchara para cada marinero que es de su propiedad y de uso exclusivo. No hay más. Nosotros tuvimos que traernos de casa una cuchara. Como no hay tenedores, se come con los dedos sin ningún problema.
Enseguida aparece el sinyo Antonio con la humeante caldera que deposita suavemente sobre la tapa de la nevera. La marinería la observa. Todos vamos a comer directamente del caldero. Cada marinero cogerá el pescado que ha quedado delante de él con la ayuda de la cuchara y se lo pondrá encima del pedazo de pan. Con los dedos, y con total diligencia, apartará las espinas y dará buena cuenta de él. Después de este primer plato el cocinero saca el segundo, el arroz. Es un arroz seco, consistente, aceitoso, con un fuerte olor a pescado. Delicioso. Los marineros, armados cada uno con su cuchara, comerán directamente de la cazuela. Otra vez hay que respetar la regla no escrita de comer solamente de la parte que ha quedado delante de cada marinero. En un pispás se acaba el arroz y con ello se da por terminada la comida. La marinería se levanta y desaparece. El cocinero recoge la mesa y limpia el caldero y la cazuela.
Pronto se hará la hora de “xorrar” el segundo bol. Van a dar las tres de la tarde. Algunos marineros se han acostado sobre una sombra de cubierta y se han echado una siestecilla. Otros se dejan atrapar por el sopor del sol reflejado sobre el mar dorado.
Nosotros hemos vuelto a ocupar nuestro sitio a proa. Nos damos cuenta de que la barca ha emprendido camino hacia el puerto. Mi tío nos lo explica. Este lance lo hemos hecho al contrario que el primero. Esta mañana habíamos “calat” poco después de salir del puerto, en aguas poco profundas, aguas por cierto, prohibidas, y poco a poco, a lo largo de la jornada, nos hemos ido adentrando en mares más profundos. Pero después de “xorrar”, hemos vuelto a dirigir nuestros pasos hacia mares más secos (mares con menor profundidad) y ahora, efectivamente, vamos con el bou a cuestas en dirección al puerto de Castellón. Mi tío Antonio mientras nos contaba esto, no había dejado de mirar la mar en todas direcciones, porque otra vez, igual que al principio del día, volvíamos a estar en “terramilles”. Un puñado de barcas que se dibujaban en la lejanía sobre el mar estaban realizando la misma maniobra que el Joven Miguel. Y esto parecía tranquilizar al patrón de la barca. Casi era seguro que a estas horas la “barquilla” no aparecería por el horizonte.

Ya se veía clara y diáfana la costa a lo lejos. Recuerdo perfectamente que nos encontrábamos faenando a la altura de la playa de “Els Terrers” en Benicàssim. Entonces se oyó la voz alarmada de mi padre “¡Les bacoretes, ja estan ací les bacoretes!”. Las “bacoretes” son un espécimen muy parecido al atún (hay quien se piensa equivocadamente que son atunes pequeños), pero de mucho menor tamaño. Las más grandes alcanzan poco más de medio metro. Estos peces azules suelen visitar, según nos contaba mi padre, al pescador grauero en otoño, pero no todos los años, sino un año sí y otro no. Estarán en aguas del Grao hasta casi Navidad. Son peces muy gregarios que van en pequeños bancos a ras de superficie marina. Si una barca avista uno de estos viajeros cardúmenes de bacoretas, no resistirá la tentación de pescar un buen puñado. No es que sean un producto demasiado caro en el mercado, pero sirven para llevarse algunos dinerillos los marineros como “garfa” (dinero ganado al margen de la pesca al uso). Para pescar bacoretas se usa caña y anzuelo. No una sofisticada caña de pescar  ni mucho menos. Sirve un tosco palo o caña a cuyo extremo se le ata un pedazo de hilo con un azuelo. Como carnada se suele poner un salmonete pequeño (mollicà).
Nosotros miramos a la mar donde nos señalaba mi padre y vimos unos chapoteos sobre el agua que indicaban que aquellos peces estaban allí. La marinería, sin pérdida de tiempo cogió unas cañas que a tal efecto había preparando para cuando llegara este momento y mi tío sacó rápidamente media caja de mollicá de la nevera para que sirviera de carnada. A nosotros nos dieron una caña a cada uno y echamos al mar la carnada. No hizo más que llegar la carnada de mi caña al agua cuando una voraz bacoreta mordió el anzuelo. Tiré de la caña y sentí el peso de un pez enganchado en el anzuelo. ¡Había atrapado una bacoreta! ¡La primera de la temporada! Luego vinieron otras. Llenamos dos cajas de bacoretas. Era excitante para unos pescadores de caña como éramos nosotros en aquel tiempo observar tan a mano aquel grupo de peces en las azulísimas aguas marinas. Y echábamos una y otra vez el anzuelo, hasta que en un momento determinado se alejaron de la barca y guardamos las cañas.
Allá a las cuatro de la tarde mi tío mandó “xorrar”. Todos a cubierta. Otra vez lo mismo. Las barcas que nos acompañaban parecía que también estaban haciendo lo propio.
Esta vez, cuando echaron el bou a cubierta, no tiraron otras redes al mar como antes, así que, una vez libre de arrastrar las redes, la barca emprendió vertiginosa velocidad expulsando espuma por la proa. Parecía aquel perrito que está todo el día atado y que de pronto se ve libre de ataduras y arranca a correr…
Mientras la marinería estaba ocupada en la labor de “triar” el pescado, mi tío estaba al timón, dirigiendo nuestra saltarina y veloz embarcación hacia el puerto.
Cada vez las costas estaban más cerca. El puerto se adivinaba en la lejanía.
La mar se iba llenando de puntos blancos que enseguida adquirían forma de barcas. Las barcas venían de todas partes. Algunas barcas, las más grandes y potentes, nos alcanzaban y nos dejaban por la popa camino del faro.
Las barcas convergían todas hacia el puerto. Estábamos asistiendo al mismo espectáculo que habíamos visto al salir del puerto, pero ahora era al revés.
Nosotros no perdíamos detalle de las embarcaciones que nos íbamos encontrando. La verdad era que las conocíamos todas. Y no resistíamos la tentación de sentirnos inmersos en una gran carrera por ver quien ganaba antes la bocana del puerto. Mirábamos la playa y la encontrábamos cercana. Y mirábamos la mar y estaba pintada de un azul intenso. Parecía que era un mar irreal. Tan cerca de la playa y esa mar tan azul. Pero, de pronto, la mar cambió de color. Ahora era verde. Esta era la mar que nosotros conocíamos. Mi padre nos explicó que ello era debido a la poca profundidad que había en las cercanías del puerto.
Serían poco más de las cinco. El nuevo faro, alto y espigado, hacía poco más de un año que había entrado en funcionamiento y se elevaba portentoso junto al antiguo faro bajito y robusto. Hacía poco que este faro había dejado de iluminar la noche de los mares graueros y, ahora, permanecía serio y respetuoso sin ninguna función junto al flamante faro. Hoy en día  el viejo faro ya no está ahí; el centenario faro, después de más de tres décadas de compartir sitio con el nuevo faro ha sido trasladado al muelle de costa como pieza de museo.
Mientras íbamos entrando a puerto, una sensación de calma infinita se iba apoderando de nosotros. El paisaje parecía recibirnos con alegría. Como aquel que vuelve al sitio de partida. La sensación de volver a puerto, de volver a pisar tierra firme, es comparable a muy pocas cosas. Es una íntima sensación de volver a ser.
Cuando llegamos al muelle, vimos que nos estaban esperando mis abuelos, Francisco y Francisca. Con cierta arrogancia, no en vano habíamos compartido una jornada de pesca con auténticos marineros, les saludamos desde la barca mientras realizaban las labores de amarre.
Saltamos al empedrado muelle y observamos la barca. La marinería continuaba atareada acabando de arreglar las cajas para la subasta. Ya nada parecía igual. Todo era como antes. El mundo seguía igual, pero nosotros nos íbamos a casa con el espíritu henchido de felicidad porque algo en nosotros había cambiado desde aquel día.
  






domingo, 6 de septiembre de 2015

Un día de pesca en el Joven Miguel ( I )

Corría el año 1971. Era verano. El estío discurría cálido y despreocupado para nosotros. Repleto de párvulas vivencias. Un verano, ahora lo sé, hecho solamente para recordarlo. Mis primos Toni Trilles, Juan Almela, Antonio Montañés, Miguel Rovira y yo, constituíamos un sólido e inseparable grupo de amigos, que no desaprovechaba ni un ápice del verano. Se podría decir que lo vivíamos intensamente. Y esto era así, porque en nuestra vida de estudiantes, el verano suponía las vacaciones. La otra vida del estudiante. Yo creo que, libres de nuestras tareas estudiantiles, en verano parecíamos otras personas. Esto lo tengo por cierto. Y éramos felices. Esto también era verdad.

Óleo de Antonio Trilles

El mes de septiembre se acababa. Muy pronto tendríamos que volver al instituto. Antonio Montañés (Antoniet) iba a comenzar segundo de bachillerato. Toni Trilles y yo íbamos a comenzar tercero. Juan y Miguel, que andaban dos cursos por delante de nosotros, nos habían advertido de serios peligros en aquel curso: La Física y la Química, el Latín, y algunos temas nuevos que aparecían en las Matemáticas, como la trigonometría y las ecuaciones…, por no hablar de la Historia, que según sus informaciones, se complicaba sobremanera… todo un reto para nosotros que aún estábamos inmersos de lleno en la bonanza estival de aquel mes de septiembre.
Pero las vacaciones aún no habían concluido, y otro reto para nosotros flotaba en el ambiente: teníamos que ir con nuestros padres a pasarnos todo un día de pesca en alta mar a bordo de nuestra barca, la Joven Miguel.
Después de algunas deliberaciones, lo dejamos para el día 1 de octubre. Este día por aquel entonces era “el día del Caudillo” una de aquellas fiestas que tenían la condición de “fiestas oficiales”. Este tipo de fiestas solo tenían efecto en los centros oficiales. Por lo cual, las barcas saldrían a pescar como si tal cosa. El carácter semifestivo de aquella jornada, en cambio, sí que afectaba a los militares de la Marina que tripulaban la temida “barquilla”, que era una patrullera que se encargaba de velar por que los pescadores no pescaran en terrenos prohibidos.
La magia que envuelve a todo aquello que se hace por primera vez impregnaba nuestro decidido deseo de algo a medias entre lo aventurero y lo sublime.
Nuestro primo Miguel Rovira ya hacía un par de años que había ido a pescar con nuestra barca. No con la Joven Miguel, puesto que por aquel entonces aún teníamos la Dolores, barca sensiblemente más pequeña, que vendimos en el verano de 1970 para comprar el Joven Miguel.  El Joven Miguel lo habían comprado nuestros padres a “els Ferletes”, y la Dolores fue a parar a aguas de Almería. Ya nunca más la volvimos a ver. La nueva barca no era tan nueva, pues había salido de los astilleros de Vinaròs mediada la década de los cuarenta, pero a parte de ser más grande, disponía de un motor sensiblemente más potente. Así es que pasamos de los cuarenta y cinco caballos de la Dolores, a los ciento veinte del Joven Miguel. Miguel, pues, se mantuvo al margen. Tampoco estaba por la labor mi inseparable primo Antoniet que ya aquel mismo verano había salido a pescar con su padre (mi tío Antonio, “Patxano”) Por lo tanto nos apuntamos para aquella aventura iniciática para todo hijo de pescador de ir a la mar a pescar Toni, Juan y yo.
Por mucho que nos contaran Miguel y Antoniet, todo eran recreaciones por ver cómo sería aquello de hacerse a la mar y comprobar de primera mano el misterioso proceso de tirar las redes al mar y sacarlas llenas de peces. Mis primos Juan y Toni me acompañaban en estos pensamientos sentados en el carro del “Joven Miguel”, que estaba aparcado junto a la lonja.
Toni y yo teníamos entonces trece años, y Juan catorce.

Aquel verano todas las tardes nos acercábamos al muelle pesquero. Íbamos a ayudar a “pesar”. El término “pesar” englobaba todo el proceso de la venta del pescado, que abarcaba desde que llegaba la barca a puerto hasta que se retornaban las cajas vacías a bordo, pasando por el transporte de las cajas de pescado y la subasta.
En aquel tiempo, pues, convivíamos “en tierra” con los marineros del Joven Miguel, siempre bajo la atenta mirada de nuestros abuelos Francisco y Francisca. Y ahora había llegado el momento de convivir con estos marineros allí donde uno cobra esencia de marineros. En alta mar. Eso último resonaba en nuestras mentes con el eco de palabras mayores. Compartiríamos las mismas olas, la misma barca, los mismos trabajos. Casi seríamos como ellos…
La tripulación del Joven Miguel estaba formada por tres marineros: el sinyo Antonio,  el sinyo Gabrialet cuyas edades andaban rondando los sesenta, y el sinyo Jaume “Batallón” que venía a ser de la misma edad de nuestros padres (cuarenta y pico). Mi tío Antonio (el padre de Toni) era el patrón, en tanto que mi padre era el motorista.
A las cinco y media de la mañana mi madre me despertó. Nunca en mi vida me había visto obligado a despertarme tan temprano.
Cuando salimos de casa mi padre y yo, aún reinaba en todo su esplendor la negra noche sobre las calles del Grao. Una bocanada de aire fresco golpeó mi cara. Mi madre tenía razón. Había que abrigarse. La húmeda serena nocturna se derramaba con fuerza sobre nosotros. El silencio era sepulcral. Nuestra voz, por bajito que habláramos, resonaba en toda la desolada calle. Cuando llegamos al “Carrer de davant” (la calle Buenavista) empezamos a ver solitarios marineros que, como nosotros, se dirigían al puerto. Eran hombres oscuros, taciturnos, disciplinados, serios. Todos llevaban en una mano el saquet de la berena (un saquito de tela que guardaba el almuerzo y alguna fruta para postre de la comida), algunos, en vez de saquito llevaban un pequeño cubo de plástico. Este recipiente, después, cuando se acabe la jornada, servirá para poner en él la morralla. Se  les veía caminar decididos, firmes, con una clara muestra de resignación en su rostro.
Cuando llegamos al puerto, me sorprendió el gran bullicio silencioso y nocturno que allí había. El muelle estaba repleto de marineros que iban arriba y abajo. Unos ya venían de “fer gel” (recoger el hielo de la fábrica) con el carro repleto de cajas rebosantes de hielo. Era un hielo fresco, vivo,  blanquísimo, que humeaba sobre las cajas de madera. Otros marineros se aplicaban en recoger unas redes. Por todos los rincones aparecían marineros. Y todos confluían, como atraídos por una invisible fuerza magnética, en el muelle donde estaban amarradas las barcas.
Toni y Juan habían llegado antes que nosotros a la barca. Nada más llegar subí con ellos. Desde la barca, sentados en un listón transversal que había a proa, veíamos todo aquel tráfico de hombres que parecía presagiar la inminencia de algún acontecimiento.
De pronto, se rompió el silencio; un fuerte repiqueteo metálico se dibujó en el cielo ceniciento del puerto. Una barca había puesto el motor en marcha. Y como si esto fuera una señal, una detrás de otra, las barcas empezaron a encender los motores. El muelle se llenó de sonidos violentos con veloz intermitencia como ráfagas de ametralladoras. Por un momento nos pareció que estábamos inmersos en el fragor de una batalla.
La barca, cuando el motor está en marcha, trepida toda. Los cables que van a la “maquinilla” tremolan. Los cabos que penden del palo mayor se estremecen con cierta violencia. Incluso hay un hormigueo en el ambiente que hace pensar que la embarcación tiene vida propia.
Nosotros, bien apostados a proa, lo mirábamos todo con interés y respeto.
Una barca, después otra, ya estaban en el medio del puerto esperando a que se encendiera la luz roja que había en el techo de la lonja avisando que ya podían hacerse a la mar las barcas.
Con gesto ágil y diligente los marineros iban desatando los cabos que estaban amarrados al noray y después saltaban a bordo. Ahora ya nada nos ataba a tierra. Cuando fuimos a darnos cuenta, nuestra barca ya estaba en medio del puerto junto a un montón de barcas que estaban tomando posiciones para salir del puerto. En un momento dado vimos que algunas barcas, con rutinaria decisión, ya estaban enfilando el faro, rumbo a la bocana del puerto.



El Joven Miguel hacía lo propio, y junto a un montón de barcas iba aproximándose con paso cansino hacia la salida del puerto. Si mirábamos hacia delante veíamos barcas, si echábamos la vista atrás, también. Parecía un desfile de barcas.
Las rocas de la escollera de levante y las del “frontis” aparecían desnudas. Totalmente vacías de gente. Aún era noche cerrada, y eso confería a las escolleras que tan bien conocíamos de día, un aspecto sepulcral y misterioso. Eran tan distintas a estas horas…
Al alcanzar el faro vimos que, sentado en una de las rocas, había un pescador de caña. ¡Tan temprano! El hombre nos miró de soslayo al pasar junto a él sin dejar de atender a su caña. Nosotros, que por aquella época éramos unos impenitentes pescadores de caña, nos lo quedamos mirando con respeto y admiración: “Estarà pescant al llobarro…”
Aún no habíamos salido del puerto, pero a la altura del faro las bravías aguas de fuera entraban con descaro y alegría por la bocana del puerto. La barca pareció asustarse ante esta avalancha de agua fresca y salvaje y empezó a cabecear con soltura como solo saben hacer las barcas.
La negrura del día naciente, que aún no daba señales de disiparse, hacía que las luces reinaran todavía en el ambiente manchando las oscuras aguas. Eran unas luces huidizas y poco consistentes. Unas, las de las farolas del puerto y el intermitente faro las íbamos dejando por la popa, y las otras, las que teníamos a proa, babor y estribor, que eran las luces de las barcas que estaban saliendo de puerto como nosotros, iban cambiando de forma según la dirección que tomaba la embarcación.
Las barcas se desparramaban en mil direcciones en forma de abanico a la salida del puerto. Las más grandes emprendían camino hacia “mares de fuera” (mares más alejadas y profundas), otras se iban hacia Garbí (rumbo a Almassora y Burriana) y otras, entre las que se encontraba el Joven Miguel, habían tomado la dirección de Llevant (buscando las costas de Benicàssim y Torreblanca). Íbamos, según supimos luego, en dirección a mares de poco calado (y prohibidos), al “fang” y a “la barbà de l’alguer”
A bordo los marineros permanecían todos en cubierta. Mi tío, como patrón de la barca iba al mando del timón mirando a diestra y siniestra con avidez mal disimulada. Lo que estaba haciendo era marcar a las otras barcas. Observar sus intenciones. Ver si la decisión de ir a echar las redes en mares prohibidos era compartida por otras barcas, o si, en cambio, leyera distintos planes en las maniobras de las embarcaciones que navegaban junto a nosotros, y, en este caso la decisión de pescar en “terramilles” (mares de menor calado al permitido) quedaría aplazada para mejor ocasión.
Nosotros, Toni, Juan y yo, sentados a la proa de la barca, no nos atrevíamos a levantarnos porque el vaivén aleatorio e irregular de la barca ponía en serio peligro nuestra estabilidad. Por eso, allí sentados mirábamos las evoluciones de mi tío, y la negra mar, que se había llenado de luces. Estas luces eran las barcas, las embravecidas barcas que con el motor a toda marcha se dirigían hacia el lugar de pesca. Si hubiera sido de día, habríamos observado que la barca, por la proa, al cortar el mar, provocaba un estallido de blanca espuma, y que tras de sí dejaba sobre la mar un camino lechoso burbujeante que las olas enseguida se encargaban de deshacer.
Cada vez las barcas se alejaban más unas de otras.
En un momento dado, mi tío se dirigió a la tripulación y les advirtió que había visto  una barca que ya estaba echando las redes. No íbamos a estar solos pues, si hacíamos lo propio. Parece ser que lo que estaba esperando era precisamente esto, no ser el primero. Y de inmediato mandó “calar”. El Joven Miguel iba a echar las redes al mar.
Con la diligencia que da la profesionalidad, cada uno de los marineros ocuparon posiciones. Desde proa observábamos cómo iban lanzando el bou por la popa. Después de unos minutos, ya con las redes en el mar, la barca aquietó sensiblemente su ritmo de marcha. Ya estaba “calà” (arrastrando las redes). La barca cuando va calà adquiere un caminar cansino y premioso. Las próximas horas la barca estará arrastrando las redes por el suelo marino.
Inmediatamente después de terminar la operación de “calar”, los marineros desaparecieron de cubierta. Mi padre se acercó a nosotros y nos aclaró que se habían ido a dormir. Él también se iba a dormir normalmente a estas horas y se quedaba de guardia mi tío, pero hoy, mi padre, como estábamos nosotros, no se iría a dormir, se quedaría a hacernos compañía.
La noche poco a poco perdía fuerza. Por el horizonte se adivinaba un apagado resplandor. Pronto el sol se adueñaría de la mar. Las luces de las barcas iban apagándose. Una incipiente luminosidad empezaba a cobrar intensidad sobre las aguas marinas.
Nosotros veíamos amanecer desde proa. Una explosión de sol anaranjado y rojo iba tomando forma. Como surgido de la nada, en un momento vimos cómo se desgajaba del mar una redondez ardiente que, a ojos vista, se elevaba fulgurante sobre la línea del horizonte. El sol parecía una pelota roja que irradiaba luz y daba vida al mar. Al apartar la vista vimos que  ya era de día. El sol reinaba en todo su esplendor.
Echamos la vista a nuestro alrededor y vimos unas cuantas barcas que, como la nuestra, iban cabeceando pesadamente con el bou a cuestas.
En estos momentos en que la barca acaba de “calar” no hay faena a bordo. Sobre cubierta hay una tendencia clara al tedio. El tiempo se hace espeso. Las horas pasan lánguidas. Nosotros, en cambio, animados por mi padre y mi tío, no dejábamos de charlar y de mirar todo. Incluso nos atrevimos a levantarnos y dar un pequeño paseo por cubierta, tratando de guardar el equilibrio lo más dignamente posible.
La mar, ahora que ya había amanecido, se veía de un azul oscuro intenso. De una pureza infinita. Tan azul era la mar, que parecía sólida.

Han pasado casi cuatro horas desde que hemos salido del puerto. Todavía no es hora de recoger las redes, pero la marinería empieza a dar señales de vida. Por las escotillas van saliendo pausadamente los marineros. No dicen nada. Cada uno se acomoda en un lugar de la barca y en silencio, se les ve sacar un poco de comida de un saquito, y tranquilamente, con la mirada fija en la mar, van comiéndose este frugal almuerzo. Luego, como quien no hace la cosa, se dejan bañar despreocupadamente por los rayos del sol, mientras su mente parece volar en la lejanía del mar. Nosotros no les decimos nada, los observamos desde proa y pensamos que están esperando a que mi tío dé la voz de “xorrar” (recoger las redes).

domingo, 26 de enero de 2014

Comidas marineras

Lo que viene a continuación hace referencia a las costumbres culinarias de pasadas décadas en la vida cotidiana de los pescadores del Grao de Castellón. Los años en que yo fui marinero. Seguramente, en otro litoral hubiera otras prácticas, otros hábitos distintos, pero yo me ceñiré a aquellas vivencias que tuvieron como testigo las aguas litorales de Castellón.


Hay que tener en cuenta que desde mediados los años treinta en que inicié mi carrera como marinero, hasta el año 1985 en que me jubilé, hubo cambios. Así, pasé de las teas y el carbón, al gas butano; del ventall para avivar el fuego, a la clavija de la cocina de gas. Pero lo esencial no cambiaba. No fue sino hasta bien entrada la década de los ochenta cuando decididamente, una de las facetas que más entrañablemente guardamos en la memoria los pescadores de mi época, el rito de las comidas, al frente de las cuales estaba el cocinero, empezó a caer en desuso hasta terminar por desaparecer.
Cuando yo empecé a ejercer el oficio de marinero, recién terminada la Guerra Civil, nada era igual a como es hoy.
Hoy en día, los marineros, amparados en los potentes motores y las magníficas embarcaciones de que disponen, plantean la jornada laboral de manera muy distinta a como se hacía tiempo atrás.
Los tripulantes de las barcas acuden a sus puestos de trabajo provistos de sus correspondientes vituallas. Traen la comida ya cocinada de casa. No faltan las funcionales e inevitables latas, símbolo de la modernidad; ni los “tetrabriks,” que guardan zumos de mil clases o leche, o agua, o vino. En cualquier caso, a bordo se dispone de una moderna cocina por si alguien quiere  calentar su comida.
Como si de cualquier trabajador “de en tierra” se tratara, llegado el momento, el marinero se sienta en un rincón, y echa mano de su bien surtida bolsa o mochila, que cada uno trae consigo a bordo. Hoy  se ha hecho innecesaria la figura del cocinero...
  
El cocinero

Echando la vista atrás, puedo ver aquellas barquichuelas repletas de marineros; pescadores de pies descalzos y rostros ennegrecidos por la carbonilla del renqueante motor; y  en un rincón, muy aplicado en sus menesteres, un marinero, que cuchillo en ristre, da sus últimos retoques al guiso que pronto degustarán todos los allí presentes. Es el cocinero. Un principal personaje de a bordo, tan necesario como discutido.
Aunque es fundamental la figura del cocinero, el cargo no suponía ninguna compensación económica. Eso sí, se le dispensaba de ciertas labores; dispensa que era saldada sobradamente por las fecundas horas dedicadas a preparar el alimento a los marineros.  Pero hay que decir que  ésta es una ocupación de mucha responsabilidad, porque el cocinero es blanco de todas las exigencias de los marineros, que dicho sea de paso, se muestran implacablemente críticos con los guisos del cocinero. De ahí que, para un buen cocinero, ver a la marinería comiendo con avidez y fruición la comida que él ha preparado, supone quizá la mayor compensación a su buen hacer.
Para acceder a la condición de cocinero de una barca, no era preciso tener conocimiento de nada especial. ¡Qué marinero no es capaz de preparar un arrossejat o un suquet de morralla...? Absolutamente todos eran capaces. Era algo que conllevaba la profesión de pescador.
Por eso, cuando algún cocinero se “quedaba en tierra”, el patrón, así, sin más, se dirigía a cualquier marinero y le decía: “...ara seràs tu el cuiner...agarra les estrasses i...vinga...ja pots començar”
Les estrasses eran una especie de manoplas que protegían al cocinero de posibles quemaduras. Con ellas salvaguardaba sus manos, y podía sacar del fuego los cacharros con total seguridad y garantía. Les estrasses habían salido de algún trapo viejo, o un vela inservible y perdida que alguien encontró en un almacén. Así se confeccionaban dos manoplas de tela, de recia y resistente textura, que unidas mediante un mugriento cordel, se las colgaba el cocinero al cuello con el fin de tenerlas siempre a mano. Les estrasses eran el símbolo del cocinero.
Con cierta frecuencia pasaba que el nuevo cocinero no acertaba el gusto a los comensales. La crítica, como decía antes, inexorable, no aprobaba la calidad de los condimentos del nuevo responsable de la cocina. La insolencia de los marineros era contestada con un gesto brusco del cocinero, que quitándose con arrogancia les estrasses del cuello las arrojaba con furia sobre cubierta. Acababa de presentar su dimisión como cocinero. Que sea otro. Estaba visto que no era capaz de tener contenta a la exigente marinería. Si la dimisión era aceptada por el patrón, efectivamente, otro marinero, debería ponerse les estrasses.
Yo, fui uno de esos marineros que en alguna ocasión tuve que ponerme les estrasses.
Cuando el cocinero de nuestra barca se quedaba “en tierra”, era yo quien asumía esta responsabilidad en tanto se buscara otro. Por eso,  tal vez por nostalgia, quizá por vanidad, quiero recordar aquellos platos marineros, genuinamente marineros, que se elaboraban en alta mar y, que hoy, se elaboran en los restaurantes...
  

El cocinero se dispone a preparar la comida


El cocinero era un marinero más. Por eso, en la pesca de arrastre, el bol que no tocaba rancho (rancho es la palabra con la que los marineros se referían a la comida) el cocinero trabaja al mismo ritmo que el resto de los marineros. Pero si después del bol había que preparan el rancho, las cosas cambiaban.
En estos casos, cuando se empezaba a xorrar, ya el cocinero, ajeno a todas las labores de xorrar, y centrado en su labor de ranchero, adoptaba otra compostura.
Reclinado junto a su pequeña garita que constituía la cocina, en una mano un afiladísimo cuchillo, y en la otra, una platera (palangana de metal), espera a que sus compañeros terminen con los trabajos de xorrar (sacar las redes del agua). La última fase del proceso de xorrar consiste en abrir la corona. La corona es el copo de la red. Un callejón sin salida para los peces, donde quedan atrapados y donde terminarán sus días. Cuando un marinero abre la corona, sobre cubierta se desparrama un amasijo de peces, crustáceos y demás habitantes de las aguas, la mayoría de los cuales aún están vivos y que forman sobre la mojada cubierta, un blando montículo que parece tener viva propia. Las quejas de los peces son obviadas con indulgencia por los pescadores que, totalmente ajenos, ahora abandonan aquellos seres marinos que se debaten con furia o resignación, con estertores de muerte al sol mediterráneo.
Es hora de calar. No hay que perder ni un solo minuto. Los pescadores echan las redes al mar. En pocos minutos la barca ya va calà, es decir, ya arrastra las redes sobre los suelos marinos. Es hora pues, de dirigirse hacia el montón de peces recién capturados, a triar (seleccionar) el producto del bol.
Mientras los marineros estaban calant, el cocinero se ha quedado solo y, dueño de la enorme pila de moradores de las aguas marinas que se agitan agónicamente en cubierta.
Con displicencia, se acerca hacia el conjunto de peces. Echa una rápida mirada buscando los escurridizos pulpos. Son los más vigorosos. Capaces de alcanzar la borda de la barca y salvarse de una muerte segura. Pero el cocinero, pronto descubre sus instintivos manejos. Y, hábilmente, atrapa a uno que ya buscaba la borda. Con parsimonioso gesto, pero con total eficacia, el cocinero se hace con unos cuantos de estos fugitivos cefalópodos y sin pensárselo dos veces, les aplica unos cuantos golpes contra la dura cubierta de la embarcación dejándoles  más apaciguados. Ya no tendrán fuerzas para salirse del caldero.
Seguidamente van a parar a la platera dos o tres julioles, algunas galeras, que conservan una vitalidad extraordinaria, y que, dada la imposibilidad de propinarles un porrazo como a los pulpos, se les echa a la hirviente agua, prácticamente vivas, de modo que tenía que poner cuidado el cocinero en que estos crustáceos no saltasen del caldero. También ha cogido un par de aranyes, una rascassa, unos cuantos bussos (cangrejos ermitaños), y un puñado de caragols punxosos.
Con la platera a rebosar, daba media vuelta, en tanto ya iban acercándose el resto de la marinería a triar, tras echar las redes al mar... y se dirigía a la cocina.

(Continuará)



miércoles, 31 de octubre de 2012

Memorias del Grao de Castellón III



Esta tercera y última parte de las “Memorias del Grao de Castellón” sale a la luz dos décadas después de haberse concebido. Mi padre, Miguel Senent Lluart, que es el autor de estas Memorias, hace más de veinte años inició esta recopilación. Eran historias y vivencias que él solía contarme de pequeño y que yo un día le animé a que las plasmara por escrito. Y así hizo. Poco a poco fue llenando varias libretas manuscritas de estas Memorias primigenias. Yo lo leía con satisfacción y simpatía, mientras mi padre me miraba complaciente pronto a la complicidad. A mí me gustaron desde un principio. Y casi desde un principio surgió en mí el ánimo de su publicación. Pero antes había que organizar las atropelladas vivencias escritas por mi padre, sanear las expresiones y corregir la ortografía. A eso me dediqué yo en cuerpo y alma. Y al cabo de unos diez años se puede decir que ya todas las memorias estaban listas para publicarse. Pero el material que salió de aquellas libretas de caracolillo era muy abundante. Demasiado para un solo libro. Allá por el año 1999 nos decidimos mi padre y yo a seleccionar lo que podría ser una primera parte de estas Memorias. Y nos fuimos al Servicio de Publicaciones de la Diputación de Castellón. Allí nos acogieron sin  demasiado entusiasmo. Nuestros escritos fueron a parar a una estantería oscura y abandonada. Al cabo de un par de años, sin noticias de nuestro libro, fuimos a preguntar. La respuesta fue lapidaria. No. Apenas había posibilidades de publicarlo porque había muchos libros por delante del nuestro. Que tuviéramos paciencia. Nos fuimos a casa decepcionados. En el otoño de 2003 volvimos. Y nos volvieron a dar la misma respuesta, que si queríamos, nos lo podíamos llevar, pues las posibilidades de publicarlo eran prácticamente nulas, que miráramos si en algún otro sitio nos lo publicaban. Y eso hicimos, nos llevamos a casa el voluminoso archivador que contenía las Memorias. Pero, sorprendentemente, al cabo de dos días nos llamaron desde el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Castellón y nos dijeron que trajéramos urgentemente los escritos que nos habíamos llevado. Que nos lo publicarían. ¿Qué pasó? Aún hoy no lo sé.  Pero así pasó. En diciembre de 2003 salió a la luz el primer tomo de estas Memorias del Grao de Castellón editado por la Diputación de Castellón.
Mi padre y yo fuimos felices por esta publicación; y enseguida pensamos en la posibilidad de que en un futuro saliera a la luz el resto del material. Y a eso nos dedicamos.  Tristemente, mi padre nos dejó para siempre un frío día de enero de 2005. Yo quedé solo ante el proyecto que habíamos iniciado mi padre y yo. Pero supe que mi padre hubiera querido que esto se publicase y me dediqué a ello con verdadero ahínco. Y entonces apareció mi hija (Marta Senent Ramos) con una nueva editorial que ella acababa de crear: ACEN. Ella me lo publicaría. Creímos conveniente (por su gran volumen) en dividir el material en dos libros. En diciembre de 2010 vio la luz el libro “Memorias del Grao de Castellón II” con notable éxito. Y ahora, aparece el que será la última parte de esta trilogía: “Memorias del Grao de Castellón III”.
La primera entrega trataba sobre la historia vivencial del mi padre de la sociedad grauera en la primera mitad del siglo XX, haciendo un eficaz repaso a los usos y costumbres de los graueros y graueras de la época, así como una feliz recreación de todos los primigenios barrios del Grao (incluyendo las islas Columbretes, que tiene un capítulo a parte), del pinar, del nacimiento e historia del puerto de Castellón, de la Guerra Civil que él (un niño de once años) había vivido en el Grao…
La segunda parte tenía cuatro bloques diferenciados: Las aves marinas en el Grao, los vientos que soplan en el Distrito Marítimo, la vela latina y “La Panderola”. Y ya por fin, en este tercer y definitivo capítulo en forma de libro de sus memorias, mi padre ha querido exponer al lector del siglo XXI aquellas anécdotas o vivencias que formaron parte de su vida. La intrahistoria del Grao que vivió un marinero del Grao de Castellón nacido en los albores del siglo XX.
En el presente libro se habla de muchas cosas. Y todas son cosas del Grao. Y más que del Grao, de la pesca en el Grao. Algunas se diría que mueven a la risa o la simpatía, es el caso de “Cómicos graueros”, otras casi podría decirse que impulsan a la compasión, como en el capítulo “La Dolores atrapa un delfín”. Otras historias diríase que son sorprendentes, como lo es “Tadeo y su amigo el delfín” o “Emerge un buzo de l’ullal de la Barrassota”. Se habla de la primitiva Sanidad en el Grao (“La Sanidad en el Grao”)  y de la orientación del pescador grauero en la mar en épocas anteriores a la aparición de los radares y sonares en los capítulos de “Las Señas” y “L’escandall”. Hay anécdotas con moraleja como “Cada cual a lo suyo”, o recreaciones históricas de la playa del Grao como es el caso de “El Rancho Grande”. También encontramos un capítulo donde el peligro es el máximo exponente: “Marinero nuevo a bordo”. Hay otro capítulo intrigante como es “Extrañas luces en el pinar”; o episodios emocionantes: “Dos misteriosos viajeros marinos”. En otro orden de cosas se habla de los modos y la arcaica logística de la comida a bordo en “El Costo”. O de los dispendios al margen de la “parte” que cobraban los marineros, en “La garfa”. Hay espacio para repasar el origen de algunas frases hechas que tienen su origen en la pesca grauera de antaño. Y hay, el que para mi padre siempre fue el capítulo preferido de todos: “La borrasca”. Él, emulando a su admirado Blasco Ibáñez solía decirme que el autor valenciano, pese a haber escrito muchas novelas, siempre sería recordado por ser el autor de “La Barraca”; y mi padre decía, que él por muchos capítulos que escribiera siempre sería el autor de “La Borrasca”.
Pero cada cual puede opinar sobre cada uno de los capítulos y decir cuál es el que más le ha gustado, cuál es el que más le ha emocionado… Sabiendo que cada párrafo, cada capítulo es un episodio de la vida de un hombre que amó las pequeñas cosas, que valoró el peso que el presente podría tener en un futuro. Y que quiso haceros partícipes a todos los que queráis compartir estas Memorias del amor por la vida, que pasa solo una vez, pero queda para siempre. 

Este libro se puede adquirir en las siguientes librerías: Librería Argot (Castellón), Librería Babel (Castellón), Librería Elcano (Grao Castellón) y a través de ACEN Editorial.

lunes, 24 de octubre de 2011

El pinar II

El pinar de Castellón hasta comienzos de los años sesenta, fue un frondoso bosque de pinos que brotaba desde las tierras del marjal “grauero” y se extendía espeso y consistente en alargada disposición , paralelamente a la costa hasta lo que hoy es el campo de aviación.



Se trataba de una formación vegetal donde los pinos vivían libremente asociados a las enormes matas. Era ésta una feliz asociación. Sin duda alguna. Hoy los pinos parecen tristes sin sus matas que siempre les han acompañado. Cada pino tenía a su pie, como si de un guardián se tratara, un gran matorral que a veces llegaba en altura casi hasta mitad del tronco del pino.


Los pinos, de tupidas copas, filtraban la entrada del sol, sumiendo el suelo del pinar en una misteriosa y acogedora penumbra. Y las matas lo cubrían todo. Andar por el pinar suponía apartar las ramas de estos matorrales que a cada paso se interponían en el camino.






Cuando se entraba en el pinar, a uno le envolvía una extraña sensación. No era tanto los susurros que no se sabía de donde venían ni quien los emitía; ni siquiera los estridentes alaridos de los millares de pájaros que poblaban las copas de los pinos, sino que lo más sorprendente era saber que unos metros más allá estaba el Grao. Casas, calles, civilización. Contraste atroz. En un minuto, de la selvática y primitiva sociedad que constituía el pinar, a la organizada y urbanizada población “grauera”.


La gente gustaba de ir al pinar.


Siempre había motivo para caminar entre las herbáceas montañas que pululaban bajo los pinos y abandonarse al rescoldo poderoso de la Naturaleza.


Cuando se entraba en el pinar por su extremo sur, nada más cruzar la vía del tren de la pedrera, aparecía ante el visitante un simpático pino, un pino que estaba inclinado, agachado, retorcido y de caprichosas formas, al que nosotros llamábamos el picatxo.


Una vez en el interior del pinar, a uno le envolvía la peregrina sensación de haber sido transportado a un lejano bosque, un bosque que quizá estaba situado en una elevada montaña. Nada hacía pensar que las olas del mar batían su espuma salada en las arenas contiguas al pinar.


Si no se conocían bien los pinos y los senderos, era fácil perderse en el pinar. Y salir por fin, frente a la playa, o en pleno quadro.


La gente del Grao conocía bien el pinar.


Nosotros sabíamos donde estaba cada pino. Cada mata. Cada recoveco. Y éramos capaces de desenvolvernos, con total eficacia, por el intrincado y laberíntico sendero que, entre ramas, hojas, y pinaza, llevaba a la “punta del pinar”, que era su extremo norte, junto al campo de aviación.


No era tarea sencilla atravesar el pinar. A su tortuosa longitud había que añadir la dificultad que suponía atravesar dos goletes (acequias): L’estany y la gola En Trilles, que desde Castellón, después de pasar por toda la marjaleria, cruzaban el pinar, para dejar sus repletas y confusas aguas en los limpios aledaños marinos del Mediterráneo.


Estas acequias daban pie a una amena y variada fauna. Ranas, gambas, samarucs, anguilas, culebras que, las había de respetables dimensiones, y, que eran muy dadas a abandonar la acequia y aventurarse, ufanas, gráciles, variopintas e inofensivas, por entre las hierbas de las matas, y una infinidad de animalillos que pululaban al socaire de las dulces aguas que alimentaban y entretenían la vida del pinar.


Cuando se llegaba a la goleta, el murmullo acuoso y deslizante de las suculentas aguas se dejaba notar. Podría ser que también en el aire se respirara otro sonido; incluso el olfato, antes, ya había anunciado que la frescura vivaz y verde del pinar, estaba trocándose en gris y purulenta.


De pronto, al salvar una mata, aparecía el riachuelo.


La goleta era un arroyo feliz y libre. Sus aguas eran generosas, y en ellas admitían todo. Si uno se quedaba mirando el paso de la acequia, advertía a cada momento, la huella de la plana: naranjas, membrillos, frutas que flotaban con admirable donaire en las aguas viajeras, ora hundiéndose, ora asomando su lomo, como si siguieran un baile... Los días que el viento azotaba la plana, las goletas venían llenas de hojas, ramas... y si era tiempo de naranjas, la goleta recogía las naranjas que el viento arrancaba de los naranjales, para conducirlas con primor y observancia hasta la playa. Allí, donde desembocaba la acequia, se acumulaban ingentes cantidades de naranjas.


De vez en cuando llegaba flotando un cuerpo inerte. Un conejo. O una gallina. Se les veía pasar serios y malcarados. Sin gracia alguna. Quién sabe de qué forma fueron a parar a la acequia...


Para vadear la goleta, había que pasar por una estrecha pasarela que no era sino un grueso tronco que alguien colocó con acierto al través de la acequia.


La vida discurría feraz y desidiosa en el pinar. Así debió ser durante siglos y siglos. Tal vez milenios. Ajenos a los envites del género humano. A sus miserias, sus guerras... Dicen que allí, en el pinar, tomó descanso el ejército del general cartaginés Aníbal, tras conquistar Sagunto y emprender rumbo hacia Roma. Y uno, se siente tentado de creerlo. Y considera que hubiera sido oportuno. Aquellas matas llenas de soldados. Temibles y vencedores guerreros que iban a la conquista de Roma. Sus caballos paciendo por las abundantes hierbas del pinar. Las espadas, aún calientes, reposando sobre la pinaza...


La gente de la plana, en verano, solía venir a pasar unos días al pinar. A quedarse por unos días. Se buscaba un calvero y se montaba un pequeño campamento entre las matas y los pinos. Solían aprovechar las festivas fechas de Sant Roc. Y allí, por unos días, se organizaban bailes y divertimentos al amparo de la maleza del pinar.






El pinar no sólo era frecuentado por la gente de Castellón sino que, llegado el verano, decenas de carros venidos de los más diversos lugares, se instalaban a la fresca sombra del pinar. Los había que simplemente llegaban al pinar de paso, pero otros, no dudaban en permanecer varios días.






Cuando se termina la década de los cincuenta, algo parece cambiar. Hay noticias de que van a construir unos depósitos de petróleo. Y que van a colocarlos en la entrada del pinar. Allí acabó sus días el entrañable picatxo.


Efectivamente, los depósitos de la CAMPSA fueron a colocarlos allí donde antes había abundante vegetación. Unos fríos y feos artilugios de hierro señorearon la entrada del pinar hasta finales de los años noventa.


Después fue el golf. Casi la mitad del pinar se despejó de matas y maleza. Una cantidad indeterminada de pinos fueron talados. Se dispuso un suelo fino, verde, cuidado, libre de descuidada pinaza.


En el año 1965, en el puerto, se montó una fábrica de abonos: la Fertiberia. Los humos de esta fábrica dañaron los pinos hasta que dejó de funcionar a finales de la década de los ochenta.


A mediados de los años sesenta, aprovechando el auge del naciente turismo, se montó un cámpig. Un cámpig que ocupaba desde las paredes de la CAMPSA, hasta las inmediaciones del golf. Como sea que dicho recinto permanecía vallado, así como el golf, los castelloneros quedaron privados casi en su totalidad del pinar.


En el año 1970 se dispusieron unas enormes planchas de cemento que cubrieron por completo el paso de las goletas por el pinar.


Tras estas décadas de desarrollismo, el pinar quedó maltrecho.






Hoy, donde estuviera la CAMPSA, hay unas modernas viviendas. Los aledaños de la CAMPSA han sido reconvertidos en terreno edificable. Nada queda del pequeño pinar (el pinaret) que coexistió junto a los depósitos de la CAMPSA, hasta principios de los ochenta en que se empezó a recomponer el paisaje a fuerza de talar pinos y aplanar el terreno.


El cámpig se abandonó a finales de los setenta. De él se conservó durante varios años la piscina y el bar.


Ahora, el pinar, aunque no con los mismos argumentos de antes, ha cobrado otra vez importancia en el paisaje de Castellón. Es un lugar acogedor y feliz. Cercano y accesible. Tremendamente humanizado, y sin embargo, salvaje en la justa medida que pueda aceptar un ser humano del año dos mil.


Ahora se le cuida y se le limpia. Como si de un parque se tratara. Porque quizá, hoy, el pinar, no sea más que esto, un parque.









jueves, 16 de diciembre de 2010

Memorias del Grao de Castellón (II)

Acaba de salir al mercado la segunda parte de las “Memorias del Grao de Castellón”. Este segundo libro sigue la tónica del primero, es decir, mi padre cuenta sus vivencias y yo las redacto. Mi padre si viviera tendría ochenta y seis años. Murió hace seis. Pero me dejó un montón de hojas manuscritas con mucho material de recuerdos de cuando él era joven. Me puse manos a la obra y después de estos seis años he conseguido ordenar estos manuscritos y me ha salido material para otros dos tomos. Uno se publica ahora, y el otro, es decir, la tercera parte, veremos si puedo publicarla dentro de un tiempo.
Mi padre era marinero. Pescador. Pasó toda su vida en el Grao de Castellón, donde nació, por lo tanto, podríase decir que este libro habla de la visión que un pescador del Grao de Castellón tenía de su vida. La vida de una persona que vivió casi todo el siglo XX, pero centrándose más que nada en sus años de pescador en activo, que van desde recién finalizada la guerra civil, hasta el año 1985 en que se jubiló.
El presente libro comienza hablando de las aves que acompañan al marinero grauero. Pues él, como sus colegas, conocía este tipo de aves marineras que, como los peces, eran compañeras de viaje. Sigue hablando de los vientos. Es un capítulo bastante largo donde habla de la esencia de cada uno de los vientos de la rosa de los vientos, su esencia y su origen (aquí he puesto yo un poco de mi cosecha) y después analiza el tipo de viento que se da en cada mes del año. Después habla de la vela latina. Mi padre era un perfecto conocedor de esta entrañable vela que era la que se usaba por estos mares mediterráneos antes de la llegada de los motores. Y él nos da debida cuenta de todos los pormenores de su funcionamiento así como anécdotas que vale la pena leer. Luego hay un capítulo donde cuenta la revolución que supuso la irrupción de los motores marinos allá por los años veinte del pasado siglo. Y ya por fin, aunque este no sea un tema eminentemente marinero, pero sí grauero, como, por supuesto, castellonero, hablamos de “La panderola”. Un capítulo entero.

Si estáis interesados en adquirir el libro, en el margen están las señas donde os podéis dirigir. Y si tenéis dificultades en conseguirlo hacédmelo saber y os lo conseguiré.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El pinar (I)




El pinar a finales del siglo XIX

En el año 1873 Bernardo Mundina publicaba su obra “Historia, Geografía y Estadística de la provincia de Castellón” y allí hace referencia al pinar en estos términos:

“En las vísperas de San Pedro y San Jaime, al mismo tiempo que algunos acuden al designado punto del Serrallo, es más bonito y cómodo el campamento que se forma en el espeso bosque del pinar inmediato al mar, que ocupa la izquierda del caserío del Grao, a medio kilómetro de éste.
Si penetramos en una de estas noches en el interior de este bosque, encontraremos a cada paso una sorpresa: en cada árbol una familia, y de trecho en trecho un baile de labradoras que al compás de las guitarras repican con singular gracia sus finas castañuelas”.

A principios del siglo XX, en 1910, Carlos Sarthou Carreres, en su libro “Impresiones de mi tierra”, habla del pinar:

“Es un bosque de pinos de medio kilómetro de anchura, por cuatro de longitud, que se extiende, a orilla mar, desde la parte Este del puerto hacia Benicasim.
Algún día, durante los grandes temporales, las encrespadas olas marinas invadían la pinada salpicando con sus saladas espumas los troncos de los árboles. Hoy se retira el mar, separándose del bosque con una ancha arenisca playa.
Lo más bello del pinar está en el extremo opuesto al poblado del Grao, en donde, por estar menos transitado, crecen más espesos los jóvenes pinos y espesos matorrales, dándole así un carácter de naturaleza salvaje.”
“El pinar es el paseo veraniego de los marineros y veraneantes y el orgullo de los castellonenses, que como nota típica lo muestran satisfechos a los forasteros.”

El pinar en el año 1996

Ha pasado el tiempo. Casi un siglo media entre estas palabras y la actualidad. Y el paso de los días, ha hecho que estas consideraciones con las que iniciaba el capítulo, quedaran desfasadas y fuera de lugar. Hoy, el pinar de Castellón no es como antes, ni en su fondo ni en su forma.
Por una parte, hábitos más modernos han venido a sustituir a los de otrora y, además, el soporte físico del pinar no es lo que era.
Hoy se muestra menguado y esquilmado por el atroz paso de décadas hambrientas de desarrollo que rompieron el natural y virginal encanto del pinar.
Yo llegué a conocer el pinar de antes. El salvaje. El exuberante. El pinar boscoso y montaraz. El pinar, tal como la Naturaleza lo dispuso. El pinar, sin las artificiosas actuaciones humanas. El pinar, tal como fue hasta finales de los años cincuenta. Momento en que el pinar inicia su transformación, su pérdida de identidad. Fueron años en los que el pinar pasó de ser un lugar virgen, de abigarrada y caprichosa naturaleza, de fértil y atrevida fauna, y de misteriosos e intrincados caminos, a ser lo que es hoy, un parque limpio, claro, controlado, abundantemente visitado. Repleto de pinos cautivos...


El pinar. Ayer y hoy

El pinar de Castellón hasta comienzos de los años sesenta, fue un frondoso bosque de pinos que brotaba desde las tierras del marjal “grauero” y se extendía espeso y consistente en alargada disposición , paralelamente a la costa hasta lo que hoy es el campo de aviación.
Vista aérea del pinar. Año 2001

Se trataba de una formación vegetal donde los pinos vivían libremente asociados a las enormes matas. Era ésta una feliz asociación. Sin duda alguna. Hoy los pinos parecen tristes sin sus matas que siempre les han acompañado. Cada pino tenía a su pie, como si de un guardián se tratara, un gran matorral que a veces llegaba en altura casi hasta mitad del tronco del pino.
Los pinos, de tupidas copas, filtraban la entrada del sol, sumiendo el suelo del pinar en una misteriosa y acogedora penumbra. Y las matas lo cubrían todo. Andar por el pinar suponía apartar las ramas de estos matorrales que a cada paso se interponían en el camino.

Cuando se entraba en el pinar, a uno le envolvía una extraña sensación. No era tanto los susurros que no se sabía de donde venían ni quien los emitía; ni siquiera los estridentes alaridos de los millares de pájaros que poblaban las copas de los pinos, sino que lo más sorprendente era saber que unos metros más allá estaba el Grao. Casas, calles, civilización. Contraste atroz. En un minuto, de la selvática y primitiva sociedad que constituía el pinar, a la organizada y urbanizada población “grauera”.
La gente gustaba de ir al pinar.
Siempre había motivo para caminar entre las herbáceas montañas que pululaban bajo los pinos y abandonarse al rescoldo poderoso de la Naturaleza.
Cuando se entraba en el pinar por su extremo sur, nada más cruzar la vía del tren de la pedrera, aparecía ante el visitante un simpático pino, un pino que estaba inclinado, agachado, retorcido y de caprichosas formas, al que nosotros llamábamos el picatxo.
Una vez en el interior del pinar, a uno le envolvía la peregrina sensación de haber sido transportado a un lejano bosque, un bosque que quizá estaba situado en una elevada montaña. Nada hacía pensar que las olas del mar batían su espuma salada en las arenas contiguas al pinar.
Si no se conocían bien los pinos y los senderos, era fácil perderse en el pinar. Y salir por fin, frente a la playa, o en pleno quadro.
La gente del Grao conocía bien el pinar.
Nosotros sabíamos donde estaba cada pino. Cada mata. Cada recoveco. Y éramos capaces de desenvolvernos, con total eficacia, por el intrincado y laberíntico sendero que, entre ramas, hojas, y pinaza, llevaba a la “punta del pinar”, que era su extremo norte, junto al campo de aviación.
No era tarea sencilla atravesar el pinar. A su tortuosa longitud había que añadir la dificultad que suponía atravesar dos goletes (acequias): L’estany y la gola En Trilles, que desde Castellón, después de pasar por toda la marjaleria, cruzaban el pinar, para dejar sus repletas y confusas aguas en los limpios aledaños marinos del Mediterráneo.
Estas acequias daban pie a una amena y variada fauna. Ranas, gambas, samarucs, anguilas, culebras que, las había de respetables dimensiones, y, que eran muy dadas a abandonar la acequia y aventurarse, ufanas, gráciles, variopintas e inofensivas, por entre las hierbas de las matas, y una infinidad de animalillos que pululaban al socaire de las dulces aguas que alimentaban y entretenían la vida del pinar.





Continuará...