La trilogía completa

sábado, 8 de noviembre de 2008

La guerra que vio un niño de 11 años (1a entrega)

Preocupantes noticias en altamar

Hacía poco que habían cerrado las escuelas. Mi primo Caragol y yo, ahora libres de obligaciones académicas, nos embarcamos al llangostí , a ayudar en la faena de casa.
En aquel tiempo, mi tío Pepet y mi padre cuando llegaba el mes de mayo, como sea que empezaba la veda, dejaban de un lado el bou y se dedicaban por unos meses a la pesca del langostino.
Era esta una actividad pesquera primitiva, que tenía lugar muy cerca de la costa, a escasas dos o tres brazas de profundidad. Tan primitiva era, que se llevaba a cabo a vela. Ahí es donde yo aprendí, con mis once años, el manejo de la vela latina.
Un día del mes de julio del año 1.936, camino del Grao, llevados por el buen viento, mi primo Caragol y yo, observamos que, a bordo, mi tío Pepet y mi padre sostenían una seria conversación. La gravedad de sus rostros hizo que aguzáramos el oído y nos acercáramos a ellos por tratar de ver cuál era el motivo de aquella preocupación que se adivinaba en sus semblantes.
Sí, realmente había desazón y abatimiento en sus miradas.
Hablaban de un señor llamado Calvo Sotelo, que lo habían asesinado; que mi padre lo había leído en un periódico. Que allí en el periódico se hablaba de una posible revolución que “sería como la Revolución Francesa” según apostillaba mi padre. Que se preparaba una conflagración nacional. Que el ejército estaba en pie de guerra...
Cuando oímos aquella palabra, nuestra mirada se dirigió inquisitiva hacia los dos interlocutores. Fue del todo inútil pedir aclaraciones de lo que estaban hablando, porque nosotros éramos tan sólo unos niños, incapaces de entender la magnitud del conflicto que parecía inminente. Y la verdad es que no insistimos más. Nuestra mente pronto se relajó, y volvimos a la realidad infantil, más preocupada por ver si llegábamos pronto a tierra para ir a bañarnos a la playa, que por los extraños líos que parecían envolver a las personas adultas.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La inmigración en el Grao de Castellón (3a entrega)







Inmigrantes de Peñíscola

Inmediatamente después de terminada la Guerra Civil, el Grao de Castellón asistió a otra oleada inmigratoria que, aunque menor en número que las anteriores, no fue por ello menos importante.
Sabida por aquel tiempo la riqueza de las aguas de Castellón, y la solidez de su puerto, que superaba con mucho al de Peñíscola, muchos peñiscolanos optaron por imitar a los torreblanquinos y, con sus familias y enseres, pusieron rumbo a Castellón.
Ejemplos de este movimiento migratorio hacia aguas castelloneras son: Los hermanos Garí, Els Panxes, Els Ferletes, Els Xiverques, El sinyo Robertet, El sinyo Granero, El sinyo Favorito y, Manuel Albiol, más conocido por Manuel el de Dinero por pertenecer a la familia dels Dinero. Fue Manuel Albiol persona principal y destacada de la vida pública “grauera” durante más de cincuenta años, desempeñando repetidas veces el cargo de Presidente del Pósito de Pescadores y también Patrón Mayor, cargo éste que ostentó hasta que ya, con casi ochenta años, le sorprenió la muerte.



Inmigrantes de Altea

Casi a la par que los peñiscolanos llegaban al Grao de Castellón, otra inmigración, esta vez desde el Sur, tenía lugar en el Grao, la de los alteanos.
Eran éstos menor en número, pero no en conocimientos marineros, ya que desde un principio se mostraron como perfectos conocedores y dominadores de la pesca del fanal.
Recordemos como muestra de excelentes patrones a Cul d’aladroc, que mandaba la barca de Emilio Falomir y, Oli que fue patrón de una de las barcas de Emilio Fabregat.


Inmigrantes andaluces

Allá por los años cincuenta se fraguó la penúltima de las grandes oleadas inmigratorias del Grao: la de los andaluces. Entre ésta y la siguiente década, el muelle de Castellón se inundó de gente de gracioso y saleroso hablar. El habla andaluza pronto se hizo familiar. Tanto, que hoy, los andaluces son considerados tan “graueros” como el que más.
En un principio, los andaluces que llegaron al Grao eran mayoritariamente almerienses de Adra y gaditanos de Barbate.
Los andaluces en un principio se dedicaban todos a la pesca del fanal. Y hoy, aunque ya no se dedican la totalidad de marineros andaluces al fanal, siguen mostrando una verdadera vocación por este arte pesquero.


Inmigrantes “del Norte”


Recién estrenada la década de los setenta tuvo lugar la que puede considerarse última inmigración masiva. Fue ésta la de gente norteña. Venían de Santander, y del País Vasco.
Eran barcas grandes, de alta proa y serio semblante, desafiantes.
La gente del Grao, poco acostumbrada a las temibles tempestades de aquellos norteños lares, no construía así sus barcas. Los buques pesqueros mediterráneos de aquella época eran ciertamente pequeños, barquichuelas que poco o nada podían hacer ante un asomo de mala mar: embarcaciones serenas; firmes y alegres; acostumbradas a la bonanza de nuestras aguas.
Los “graueros” veían con admiración aquellos andares poderosos de las barcas del Norte. Barcas recias que estaban fuertemente preparadas para combatir con furiosos mares del Atlántico Norte. Eran unas barcas que estaban pintadas con parcos y sufridos colores. Nunca de blanco. Rojo, azul. En cambio aquí, las barcas presentaban casi todas un pálido semblante, pálido pero vivaz. Un cuerpo blanco que se adornaba con un ribete de otro color, que recorría todo el casco de la barca, y que le daba personalidad a la embarcación. Pocas estaban pintadas con otro color que no fuera el blanco.
Los “graueros”, siempre dispuestos a las posibles mejoras y abiertos a todo lo que suponga avances, a partir de entonces tomaron ejemplo de los buques norteños.
Hoy las barcas “graueras”, tienen un aire más mundano. Más sólido y consistente. Más competitivo. Grandes, potentes, retadoras...


Inmigrantes magrebíes

El año 2000 ha visto afianzarse en el Grao una masiva inmigración de gente del norte de Africa y, aun de otros lugares del continente africano (pero sobre todo magrebíes) que se dedican fundamentalmente a la pesca del cerco. Hasta tal punto está siendo numerosa esta inmigración, que hoy en día casi la mitad de los tripulantes de la pesca del “fanal” son de esta procedencia.


El Grao de Castellón sabiamente, ha asimilado todos y cada uno de los impulsos inmigrantes y de cada uno ha cogido algo. Lo que le ha convenido. Algo a lo mejor que le faltaba. Y le ha dado, eso sí, su toque personal para hacerlo suyo...y para que el Grao de Castellón se convirtiera en lo que es hoy: una primera potencia nacional en tema de pesquera.

jueves, 9 de octubre de 2008

La inmigración en el Grao de Castellón (2ª entrega)



Inmigrantes de Valencia

Mi abuelo Pepet el Famós llegó al Grao en 1910. Había venido desde su Valencia natal, más concretamente del Cabañal, donde se ganaba la vida pescando al arrastre en aquellas aguas.
“La Caragola” era una “grauera”, dueña de un pareja de barcas de bou que, habiéndose quedado viuda, tuvo la necesidad de buscar a alguien que le mandara sus embarcaciones, es decir buscaba un patrón de bou. Quiso el azar que estas noticias llegaran hasta oídos de mi abuelo. Que requerían allá en Grao de Castellón un patrón para mandar una pareja de barcas de bou, por supuesto de vela, de vela latina se entiende. ¡Aquellas feraces aguas “castelloneras” envidia de los valencianos!
Mi abuelo hizo firme la decisión de ir al Grao de Castellón y, si la cosa cuajara, quedarse allí el resto de sus días.
Curiosamente, mi abuelo, al igual que “La Caragola”, también era viudo. Así que un día, él y su prole, formalizada la situación, emprendieron camino del Grao de Castellón. Ya nunca más regresarían al Cabañal.
El hecho de que tanto La Caragola como mi abuelo, Pepet El Famós, contaran con descendencia, no fue obstáculo para que formalizaran relaciones viudo y viuda...y terminaran casándose. Y, con el tiempo, también hubo uniones matrimoniales entre los hijos de una y los de otro, formando una especie de clan, donde todo giraba en torno a la pesca, pescando unos y vendiendo pescado otros. Y de esta manera afianzaron sus raíces una de las primeras sagas foráneas que prestaron y recalaron ya para siempre su linaje en el Grao.
En aquellos años comienza a afianzarse en el Grao la pesca del bou. Pronto en el Grao la aceptación de este arte de pesca se hizo común. Tanto, que en el Grao no había ni suficientes barcas, ni bastantes patrones para satisfacer las necesidades de aquellos emprendedores “graueros”. Además, otro problema añadido era la falta de rederos. El bou precisa del redero, no ya para la confección del arte sino para su posterior reparación.
A parte de mi abuelo, fueron llegando, a requerimientos de la demanda pesquera “grauera”, “Vicent de la Grilla”, El Ruc, Els Mananes, los hermanos Torra... y los rederos: el sinyo Ramon, apodado “El sastre” que estaba casado con la Pelegrina. El sinyo Ramon fue el maestro de la mayoría de los remendaors graueros de aquellos años, especialmente de los que se dedicaban al bou. Discípulos suyos y excelentes rederos todos ellos fueron Els Macarenos, Manuel y sus primos, els Rates: Tomàs El Rata y sus hijos y nietos, estos últimos todavía hoy en activo. También debemos recordar a Vicent, Pepe, Ximo, Lluïset, el Tatano...
Paralelamente a estas aportaciones humanas foráneas, los “graueros” ya habían asimilado plenamente el nuevo arte pesquero del bou y ya nos encontramos en estos albores de siglo con buenos y acreditados patrones nacidos en el Grao: Pepe y Jaume de Masses, Pepito y Miquel els Valentins, Pepet de Mateu, marido de Teresa La Pato que era dueña de una pareja de barcas veleras de bou...

De esta manera, los graueros dejaron varados en la playa ya para siempre, sus botes para pescar al volantí y al palangre de menuda, para empezar a dedicarse de lleno y, definitivamente a la pesca del arrastre.



Inmigrantes de Torreblanca

Después de la llegada de los valencianos y, atraídos por la seguridad y amparo que ofrecía el puerto, fueron viniendo al Grao de Castellón la que puede considerarse segunda gran oleada de inmigrantes: la de los torreblanquinos.
Eran éstos unos avezados y diligentes marineros, dominadores del arte del bou, el trasmallo y, diestros en el manejo de la navegación a vela.
Las mujeres también contribuían a la industria pesquera. Las mujeres torreblanquinas se dedicaban en su mayoría, a la dedicación de remendaores, tarea ésta que conocían y desempeñaban con singular maestría.
Este movimiento de gentes de Torrenostra fue un hecho que constituyó un éxodo masivo de pescadores de la playa de Torreblanca hacia el Grao de Castellón, donde echaron firmes sus raíces, y donde fueron recibidos desde un principio con los brazos abiertos; integrándose de tal modo, que fueron numerosísimas las uniones conyugales de gente de Torrenostra con gente del Grao. Yo, sin ir más lejos, estoy casado con una torreblanquina, nieta de uno de esos primeros inmigrantes que en los años treinta decidieron cambiar la precariedad e indefensión frente al mar de la playa torreblanquina, por el abrigo y seguridad que proporcionaba el flamante puerto de Castellón.
Andreu el de Manetes, que era el abuelo de mi mujer, fue uno de aquellos torreblanquinos. Junto a él también vinieron su mujer, María, y con ellos todos sus hijos: Juan Antonio, Josefina, Vicent, Facundo, Manuel y Andreu, (el padre de mi mujer, Joaquina), que era viudo, pues su esposa, Vicenta Rosa, murió en un trágico accidente de autobús camino de su Torreblanca natal cuando aún estaban ultimando las cosas para su traslado definitivo al Grao de Castellón; Vicenta Rosa murió de un golpe en la cabeza, porque no pudo protegerse del impacto, pues llevaba en brazos a su hija Joaquina, que entonces era un bebé, y que no sufrió ni un rasguño porque su madre, al sentir el choque, instintivamente se aferró a ella con su cuerpo resguardándola totalmente, y el golpe mortal se lo llevó su madre. También llegaron al Grao los hijos de éstos, todos aún niños de corta edad: Gabriel y Pepito (hijos de Josefina) y Vicentica y Joaquina (hijas de Andreu). A esta detallada descripción de la familia de mi mujer, que vinieron para nunca más volver, y cuyos hijos y nietos a duras penas tienen constancia de un pasado torreblanquino, habría que añadir muchas más. Sirva como ejemplo un “castellonero” que lo era hasta la médula y, sin embargo, fue también uno de los muchos torreblanquinos que en su momento llegaron al Grao: estoy hablando de Emilio Fabregat, personaje que ha inscrito su nombre con letras de oro en la Historia de nuestro C.D Castellón.

domingo, 28 de septiembre de 2008

La inmigración en el Grao de Castellón

En este primer capítulo de la inmigración en el Grao de Castellón se habla de la naturaleza del Grao y de los inicios del Grao como entidad urbanística. En posteriores posts se irán añadiendo las distintas oleadas inmigratorias que han configurado el actual Grao de Castellón




Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón"

LA INMIGRACIÓN EN EL GRAO DE CASTELLON


Si tuviéramos que buscar un origen o un principio a lo que es hoy el Distrito Marítimo de Castellón tendríamos que situarnos a principios del siglo XIX, recién terminada la Guerra de la Independencia. Allí, en aquellos tiempos decimonónicos es cuando algo comienza a moverse y tomar forma en las fértiles orillas mediterráneas de Castellón.
No quiera esto entenderse como un principio en el sentido literal de la palabra, pues hay constancias históricas de asentamientos humanos desde muy pretéritas épocas.
Desde la Edad Media son continuas las referencias a un conjunto de barracas hechas con troncos del vecino pinar y rematadas con techo de senill que servían como almacén de aperos, y eventualmente como cobijo a los marineros castellonenses.

Pero el comienzo del Grao como entidad urbanística –como apuntábamos al inicio del presente capítulo -, tiene las raíces en unos no demasiado lejanos tiempos. Tiempos que discurrieron entre el cambio atroz que la modernidad impuso en las gentes y lugares, y la vocación marinera de unos hombres y mujeres que decidieron quedarse aquí, haciendo del Grao su casa, y a quienes el Grao de Castellón les ha ofrecido todo: su trabajo y su hogar. Pensemos que en un principio la única razón por la que algunos hombres y mujeres de Castellón decidieron instalarse en el Grao fue la pesca. La pesca como modo de vivir. El comercio llegó más tarde.
De siempre, el castellonense ha sabido de su “escalón” arenoso que había que salvar para llegar al mar, escalón al que se llegaba después de atravesar unos terrenos más bajos que el nivel del mar -los cenagosos y fértiles majales -, escalón que en valenciano es “graó” (de ahí, con el tiempo, las denominaciones de Grao, en castellano y Grau en valenciano).

Pero el “castellonero” era reacio a quedarse en aquella amplia barra arenosa en forma de escalón o, “graó”, que salvaguardaba al marjal de las acometidas del mar. La constante amenaza de la piratería - el último ataque de los cuales data del año 1800 -, hacía que les resultara más seguro a los pescadores de Castellón, efectuar sus pescas, y luego llegarse al plano y consistente centro de Castellón, donde vendía sus capturas y donde tenía su vivienda. A este respecto hemos de recordar que hoy aún perduran resquicios de aquellas épocas. La calle “Pescadores” de Castellón era una calle donde vivían los “castelloneros” que se dedicaban a ir al “escalón”, al “graó” y, desde allí, hacerse a la mar con toscas embarcaciones y primitivos artes de pesca.

Un censo de 1769, según José Sánchez Adell, contabiliza en Castellón 69 pescadores, que viven casi todos en la calle “Pescadores”.
Llegado el siglo diecinueve – de una vez por todas resuelto el problema de la piratería -, hay “castelloneros” que piensan en la posibilidad de permanecer en el “grau”; y levantan allí sus viviendas. Los primeros “graueros” acaban de poner pie en el “Graó de Castellón”. Y a éstos les siguen en pocos años, la totalidad de habitantes de Castellón dedicados a estos marineros menesteres.
En escaso tiempo, aquel escalón o cordón arenoso propio de las tierras valencianas, se va humanizando, se llena de barcas en las playas, de barracas; más tarde de sólidas casas. Parece ya un caserío marítimo.
Un nuevo concepto de pescador había visto la luz: el pescador “grauero”. Aquel que se hace sedentario en el escalón arenoso, en el “graó”. Que hace allí su vida, y que sólo regresa al centro urbano de Castellón en casos de necesidad.

Como dato orientativo citaremos a Javier Tomàs: “...en 1842 el Grao, con su torre defensiva, pertenece al barrio de Santo Tomás de la capital. En esta fecha tiene 55 habitantes, y poco después son ya 120 las barracas y casas habitadas por pescadores...”
En 1845 señala Madoz que el Grao “...va poblándose de pocos años a esta parte de un modo sorprendente...cuenta el día unas 80 casas de mala fábrica y pocas comodidades, y 40 barracas, habitadas la mayor parte por pescadores que surten a los vecinos de Castellón de pescado fresco y abundante...”
Siguiendo a Vicente Ortells Chabrera, advertimos que “...En 1887 se duplicaba el caserío con respecto a 1850. Un total de 195 casas, repartidas a partes iguales entre las de una planta y dos, 22 barracas y algunos almacenes, con 779 personas. El Grau en 1900 ya registra una población de 1.316 habitantes de un total de 29.904 habitantes censados en la ciudad y término de Castelló”.
Según José Sánchez Adell “...al entrar en el siglo XX (concretamente en 1910), cuando la ciudad de Castellón tiene una población de 32.309 habitantes, la del Grao llega a la cifra de 1.816.”

A todo esto, en el Grao no había puerto. Unicamente algún embarcadero, tan frágil como provisional, construido para facilitar el embarque de mercancías, interrumpía la línea arenosa. Una grandiosa y viva playa de arena fina que discurría sin interrupción por delante de las viviendas de pescadores. Por el Norte, entre dunas enormes y algunos atrevidos pinos del cercano pinar, llegaba hasta perderse en los confines de la mirada. Y por el Sur, la playa del “Serrallo” (de la cual hoy sólo queda el recuerdo) que, por aquel entonces, se comunicaba exuberante y lozana con la playa de Almazora sin solución de continuidad.

No fue sino hasta el año 1891 cuando aquel ancestral Grao de Castellón conociera su primera gran transformación: el inicio de la construcción de un primigenio puerto.
Y este hecho lleva consigo una consolidación del embrionario asentamiento castellonense. Y no sólo esto, sino que algunos pescadores de la vecina Almassora vienen al Grao de Castellón con sus familias con la intención de quedarse aquí, a pescar al amparo del naciente puerto que se está construyendo. Esta, aunque de poco volumen podría considerarse como la primera de las inmigraciones del Grao.















viernes, 30 de mayo de 2008

Este blog estará de vacaciones los meses de junio, julio, agosto y septiembre. En octubre nos volvemos a ver con más historias y vivencias del Grao de Castellón. ¡Hasta entonces!

lunes, 5 de mayo de 2008


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":


LAS COMIDAS MARINERAS

Lo que viene a continuación hace referencia a las costumbres culinarias de pasadas décadas en la vida cotidiana de los pescadores del Grao de Castellón. Los años en que yo fui marinero. Seguramente, en otro litoral hubiera otras prácticas, otros hábitos distintos, pero yo me ceñiré a aquellas vivencias que tuvieron como testigo las aguas litorales de Castellón.
Hay que tener en cuenta que desde mediados los años treinta en que inicié mi carrera como marinero, hasta el año 1985 en que me jubilé, hubo cambios. Así, pasé de las teas y el carbón, al gas butano; del ventall para avivar el fuego, a la clavija de la cocina de gas. Pero lo esencial no cambiaba. No fue sino hasta bien entrada la década de los ochenta cuando decididamente, una de las facetas que más entrañablemente guardamos en la memoria los pescadores de mi época, el rito de las comidas, al frente de las cuales estaba el cocinero, empezó a caer en desuso hasta terminar por desaparecer.
Cuando yo empecé a ejercer el oficio de marinero, recién terminada la Guerra Civil, nada era igual a como es hoy.
Hoy en día, los marineros, amparados en los potentes motores y las magníficas embarcaciones de que disponen, plantean la jornada laboral de manera muy distinta a como se hacía tiempo atrás.
Los tripulantes de las barcas acuden a sus puestos de trabajo provistos de sus correspondientes vituallas. Traen la comida ya cocinada de casa. No faltan las funcionales e inevitables latas, símbolo de la modernidad; ni los “tetrabriks,” que guardan zumos de mil clases o leche, o agua, o vino. En cualquier caso, a bordo se dispone de una moderna cocina por si alguien quiere calentar su comida.
Como si de cualquier trabajador “de en tierra” se tratara, llegado el momento, el marinero se sienta en un rincón, y echa mano de su bien surtida bolsa o mochila, que cada uno trae consigo a bordo. Hoy se ha hecho innecesaria la figura del cocinero...


El cocinero

Echando la vista atrás, puedo ver aquellas barquichuelas repletas de marineros; pescadores de pies descalzos y rostros ennegrecidos por la carbonilla del renqueante motor; y en un rincón, muy aplicado en sus menesteres, un marinero, que cuchillo en ristre, da sus últimos retoques al guiso que pronto degustarán todos los allí presentes. Es el cocinero. Un principal personaje de a bordo, tan necesario como discutido.
Aunque es fundamental la figura del cocinero, el cargo no suponía ninguna compensación económica. Eso sí, se le dispensaba de ciertas labores; dispensa que era saldada sobradamente por las fecundas horas dedicadas a preparar el alimento a los marineros. Pero hay que decir que ésta es una ocupación de mucha responsabilidad, porque el cocinero es blanco de todas las exigencias de los marineros, que dicho sea de paso, se muestran implacablemente críticos con los guisos del cocinero. De ahí que, para un buen cocinero, ver a la marinería comiendo con avidez y fruición la comida que él ha preparado, supone quizá la mayor compensación a su buen hacer.
Para acceder a la condición de cocinero de una barca, no era preciso tener conocimiento de nada especial. ¡Qué marinero no es capaz de preparar un arrossejat o un suquet de morralla...? Absolutamente todos eran capaces. Era algo que conllevaba la profesión de pescador.
Por eso, cuando algún cocinero se “quedaba en tierra”, el patrón, así, sin más, se dirigía a cualquier marinero y le decía: “...ara seràs tu el cuiner...agarra les estrasses i...vinga...ja pots començar”
Les estrasses eran una especie de manoplas que protegían al cocinero de posibles quemaduras. Con ellas salvaguardaba sus manos, y podía sacar del fuego los cacharros con total seguridad y garantía. Les estrasses habían salido de algún trapo viejo, o un vela inservible y perdida que alguien encontró en un almacén. Así se confeccionaban dos manoplas de tela, de recia y resistente textura, que unidas mediante un mugriento cordel, se las colgaba el cocinero al cuello con el fin de tenerlas siempre a mano. Les estrasses eran el símbolo del cocinero.
Con cierta frecuencia pasaba que el nuevo cocinero no acertaba el gusto a los comensales. La crítica, como decía antes, inexorable, no aprobaba la calidad de los condimentos del nuevo responsable de la cocina. La insolencia de los marineros era contestada con un gesto brusco del cocinero, que quitándose con arrogancia les estrasses del cuello las arrojaba con furia sobre cubierta. Acababa de presentar su dimisión como cocinero. Que sea otro. Estaba visto que no era capaz de tener contenta a la exigente marinería. Si la dimisión era aceptada por el patrón, efectivamente, otro marinero, debería ponerse les estrasses.
Yo, fui uno de esos marineros que en alguna ocasión tuve que ponerme les estrasses.
Cuando el cocinero de nuestra barca se quedaba “en tierra”, era yo quien asumía esta responsabilidad en tanto se buscara otro. Por eso, tal vez por nostalgia, quizá por vanidad, quiero recordar aquellos platos marineros, genuinamente marineros, que se elaboraban en alta mar y, que hoy, se elaboran en los restaurantes..."

domingo, 13 de abril de 2008

Aparecen los primeros motores marinos en el Grao de Castellón

Siguiendo la evolución del Pósito de pescadores que se inicia en "la Barraca", un hecho fundamental en la historia de la pesca tienen lugar: la aparición de los motores marinos. Veamos cómo se trata este tema en el presente extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":





Aparecen los primeros motores marinos en el Grao de Castellón

La Barraca se consolida en esta primera década del siglo XX como lugar fijo de compra y venta de pescado.
Hay ya unas normas y estatutos que hablan de la importancia de la institución naciente.
Se ha creado, impulsado por el aumento del volumen de capturas, la figura de un personaje, el apuntaor. Es este un empleado de La Barraca que tiene la misión, como su nombre indica, de apuntar la cantidad de pescado que ha adquirido determinado comprador y anotar el precio convenido, pues aunque el precio no solía variar a lo largo de la temporada, ya empezaban a dejarse sentir ciertas fluctuaciones de mercado que en los años siguientes se harían patentes.
El primer apuntaor que hubo en el Grao fue Manolo El Cabut. Cuyo verdadero nombre era Manuel Ibáñez.
Era Manuel Ibáñez persona locuaz, y elocuentes eran sus razones y argumentos. Tanto, que pronto se le conoció entre las gentes del Grao por el apelativo de Manolo el parlaor.
La llegada de los años veinte, trajo al Grao un hito revolucionario: en el año 1925 se instala el primer motor marino.
Sin duda alguna, es este un paso determinante y definitivo para la pesca.
Todo, a partir de ahora, cobra una nueva dimensión. Por supuesto, los primeros en notarlo son los marineros.
En los días de navegación a vela, las calmas, tan temidas por su ineficacia pesquera, ya que entonces no se podía correr bou, eran no obstante, largamente aprovechadas. Y no siempre mal avenidas, por cierto, entre la marinería. El marinero, en estas premiosas y vanas horas que debe pasar sobre las quietas aguas en tanto volviera el viento, dejaba pasar el tiempo complacientemente, sin cuidado alguno, relajado contemplando el mar; echarse una siesta. Los había que se aplicaban en labores artesanales...lo cierto es que sobre cubierta, también reinaba la calma.
El motor vino a trastocar todo eso.
Ya no importaba el viento. Las barcas tenían la fuerza motriz asegurada. En otras palabras, no había a bordo momento de calma.
Tras un bol, otro. Hasta llenar la barca de pescado. Y entonces, a tierra. A vender el pescado.
Aquello era un invento extraordinario. ¡El viento artificial!. Por primera vez en la milenaria Historia de la Humanidad, el hombre ya no depende del viento para surcar con premura y solvencia los mares.
Ya no eran necesarias las parejas de bou. La fuerza del motor hacía posible que con una sola barca, convenientemente habilitadas unas portes en la boca del bou, era esto suficiente para que el bou abriera sus fauces en toda su magnitud.
Los armadores se frotaban las manos. Los duros de plata correrían a partir de ahora entre las familias “graueras”. ¡Aquello era un invento fabuloso!
La codicia que todo pescador lleva dentro, afloró en ellos en todo su esplendor. Pescaban sin parar. El viento lo tenían asegurado.
Como sea que no había horarios establecidos, las barcas podían llegar a puerto en cualquier momento del día; por eso hubo que contratar a alguien que se encargara de avisar a las compradoras del Grao de que había pescado en la Barraca.
Un jovenzuelo de trece o catorce años, Pepito, era el que se dedicaba a estos menesteres. Para ello disponía de una trompeta de latón que hacía sonar ronca y disonante un par de veces y, luego, a viva voz anunciaba:
-Peix a la Barraca!
...Y así, día tras día. Con exceso, sin medida. Despreciando al cansancio. Ebrios de trinufo.
Pepito el de la Barraca, que así era como se le conocía por aquel entonces a ese jovenzuelo que avisaba de la llegada de pescado, como más adelante veremos, fue posteriormente conocido en el Grao por el apelativo de Pepito el Subastaor .
A bordo, la vida cambió radicalmente.
Se acabaron para siempre los plácidos momentos de calma con que la Naturaleza obsequiaba al marinero de vez en cuando.
Las redes eran arrojadas al mar indefectiblemente cada dos horas, que era lo que duraba un bol. O dicho de otro modo, mientras se estaba arrastrando este par de horas los fondos marinos, había ocasión para reponer fuerzas de la mejor manera que se podía. Y ésta consistía principalmente en echarse a dormir.
En el descanso de los marineros había un rítmico martilleo del motor que les recordaba que las redes estaban faenando, y que pronto debían estar prestos a xorrar.
Los pescadores, con el fin de alargar lo más posible ese rato, en cuanto se calava, desaparecían de cubierta y acudían a sus catres. Pero mientras esto ocurría, el cocinero, escrupuloso con sus obligaciones, no dejaba de preparar los guisos. Comidas perfectamente establecidas, con su ancestral horario que ni la llegada de los motores había trastocado.
Así, era norma, a parte del almuerzo, la comida y la cena, preparar allá a las tres o las cuatro de la mañana, un suquet de morralla.
Este uso, en aquellos momentos, en verdad, resultaba fuera de lugar, pero en estos primeros años, el cocinero, ajeno a los nuevos tiempos, y fiel a la ancestral costumbre culinaria, seguía preparando a los exhaustos marineros su pertinente ración matinal de suquet de morralla.
Cuando el suquet ya humeaba en la oscuridad de la noche, y en vista de que la cubierta permanecía desierta, sin que nadie acudiera a la suculenta llamada del oloroso caldo, el cocinero, con cierta ironía, se asomaba por la escotilla del sollado donde dormían los desfallecidos pescadores, y preguntaba:

-...Que no en voleu de suc?

Furioso y rotundo silencio en el sollado. Sólo algún ronquido que más que ronquido parecía una queja, indicaba la osadía del cocinero.
Preferían una y mil veces dormir... que más falta les hacía.
Pero poco después era otra la voz que se introducía punzante y definitiva en la negra estancia donde dormían glotonamente los pescadores. Ahora era la llamada del patrón:
-Ieeeeeeeeeeee......a xorarrrrrrrr!

No existía escapatoria posible. Las redes ya debían estar repletas de pescado. Era hora de recoger las redes.
Unos hombres macilentos, tambaleantes, surgían lentamente por la escotilla, con el estómago vacío, y la boca llena de maldiciones dirigidas al inventor de aquel inclemente artilugio marino que les había robado los momentos de calma.

La Barraca se llenaba todos los días de pescado. Esto hizo que el precio del pescado, que hasta entonces prácticamente no sufría variación en toda la temporada, ahora se viera sujeto a fluctuaciones diarias. Era necesario revisar el sistema de venta del pescado. Se había de buscar otro, más ecuánime y más en razón de la demanda y la oferta.
La solución se halló en subastar el pescado. Quien más pagaba, se llevaba el producto de la pesca allí expuesto. Así de fácil. Todos estuvieron de acuerdo y a partir de entonces la subasta fue el modo de comprar el pescado en el Grao.
Tan sólo habían pasado un par de años desde que se introdujeran los motores marinos. Manolo el parlaor no podía hacer frente él sólo a la doble labor de subastar y apuntar el montante de lo comprado. Había que buscarle un ayudante. No tardaron en encontrar uno. Se trataba de Pepito el de la Barraca, cuyo verdadero nombre era Francisco Pastor, aquel muchacho que hasta ahora se dedicaba a anunciar la llegada de pescado a la Barraca.
Cada vez eran más voluminosas las capturas. La Barraca, se hizo insuficiente para subastar semejante cantidad de pescado.
Se habilitaron dos barracas más.
Una pertenecía al tio Xamussa, padre del célebre Xamussa, a quien “graueros” de varias generaciones mantienen en el recuerdo como seguro abastecedor de cacau, tramús, aigua de cebà... que despachaba hasta la década de los ochenta en su bien surtida paraeta.
Su barraca la conocíamos por el nombre de La fira. Posiblemente fuera debido a que disponía de más potente luz que las otras dos.
La tercera barraca era la de Batiste el de la nevera.
Las tres barracas se encontraban en el carrer de davant. Subastar en una u otra barraca era totalmente libre.