La trilogía completa

jueves, 3 de enero de 2008

Amanecer en "L'Illa"

Amanecer en L'Illa
La expresión "L'Illa" es como se conoce entre los marineros del Grao a las islas Columbretes. Este extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón" titulado "amanecer en L'Illa" forma parte del capítulo IV, capítulo titulado precisamente "L'Illa". Y dentro de este capítulo, el presente apartado forma parte de "Una fosca en L'Illa" que es un subcapítulo que narra las andanzas de aquellos pescadores de la postguerra cuando se iban a las Columbretes a pescar sardina durante toda una fosca (período en que la luna tiene poca o nula luminosidad en la noche).


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":


Amanecer en L'Illa


Durante la noche, a bordo, a falta de luz eléctrica, los marineros tenían que ingeniárselas con primitivos usos. El fuego contra la oscuridad. Como en los más recónditos tiempos del ser humano.
Para los espacios cubiertos se habilitaba o bien velas de cera, o también candiles de aceite.
Pero en cubierta esto resultaba insuficiente. Así es que, el marinero debía buscar otras soluciones. Una de ellas, la más eficaz, era la confección de antorchas. El pescador de aquellos tiempos era diestro en estos menesteres. Para ello, se cogía algodón del que se utilizaba para limpiar el motor y, convenientemente atado a un palo y, bien alimentado a base de petróleo, surgía un seco y luminoso haz de fuego. Lo cierto es que estos artilugios emitían tanta luz como humo. Y el marinero, que durante buena parte de la noche había estado expuesto a los efectos de dichos prodigios luminosos, cuando amanecía, y los tenues rayos del sol iluminaban la barca, la tez ya de por sí curtida y morena de los pescadores, se acentuaba con un tizne negro y pringoso que producía (por contraste) en aquellos hombres un fulgor extraño en sus dientes. Lo malo es que a bordo el jabón escaseaba, y el agua también, así que, sucios, ennegrecidos por el hollín de la antorcha de la pasada noche, aquellos hombres de espectral apariencia se disponían a iniciar un nuevo día.
Cuando el alba se apodera del mar, el marinero tiende a relajar su cuidado.
En tanto las espesas tinieblas son engullidas por la punzante luz del naciente sol, aclarando el horizonte y limpiando las aguas, el marinero, triunfante, suele poner su mirada en el mar. Sin ningún fin concreto. Sólo por placer. Incluso por desidia.
Ahora, sobre el leve oleaje del mar, todo parece que adquiere forma y sentido. Unas luces que durante la noche, silenciosas y misteriosas, han sido compañeras del marinero, se han transformado en la silueta de una embarcación pesquera.
Un pequeño islote ha emergido con la luz del día a escasos metros de la barca.
Decenas de embarcaciones aparecen por doquier, descubiertas por el indiscreto sol.
El silencioso ruido del mar ha dejado de oírse.
El negro murmullo marino es ahogado ahora por los estridentes y contumaces gritos de las gaviotas. Y por las voces, unas, cercanas y sonoras, y otras, confusas y lejanas, de marineros que, al grito luminoso del sol, acuden lentamente a cubierta.
Las barcas también parecen despertar del nocturno letargo. Igual que pesados animales sobre la mar, se revuelven lentamente, como desperezándose. A bordo, decenas de marineros van y vienen en un trasiego vertiginoso.
Más allá, el humo, y luego el ruido metálico del motor anunciaba que una barca se iba. Otras, quietas sobre las azulísimas aguas, permanecían fondeadas en el mismo lugar donde habían pasado la noche; cabeceando suavemente al ritmo que las frondosas olas marcaban.













1 comentario:

Antonio dijo...

Buena entrada para acompañar mi lectura de 'Relato de un náufrago'. Gracias por tu visita y comentario en mi blog. Alguna vez he pasado por aquí guiado por Ana Ovando y Gemma.
Un saludo.