La trilogía completa

domingo, 14 de marzo de 2010

La guerra que vio un niño de 11 años (17a entrega)

Un misterioso perol es desenterrado por la lluvia


Ya casi hacía un mes que compartíamos vivienda con los soldados. La guerra, tras la toma de Castellón por las tropas de Franco, continuaba. Aquello no había sido más que un punto y seguido en la contienda. La vida seguía igual. El peso de los modos bélicos todavía marcaba el devenir de las gentes del Grao. No había aún indicios de que nada fuera a cambiar. La guerra proseguía su curso. El frente parecía que se había estancado en Nules. Nosotros, no obstante esas terribles circunstancias, teníamos la obligación de seguir viviendo. Aunque fuera con la secreta esperanza de que llegaría el momento en que todo aquel mal sueño de la guerra sólo habitaría en nuestro recuerdo.

Una tarde que estaba lloviendo a cántaros, mi primo Caragol y yo, mirábamos cómo unos soldados convertidos en herreros, se afanaban desafiando a la insistente lluvia, en enderezar unas piezas de hierro. Estaban en la barraca que había en el corral de nuestra propiedad que lindaba pared con pared con nuestra vivienda. Era éste un local que nos resultaba muy útil, tanto para acumular trastos, como para hospedaje de animales de arrastre (fundamentalmente el “aca” que llevaba el carro con el que mi tía Carmen y mi madre iban a vender pescado a Almazora y Burriana). La barraca que utilizaban los soldados como débil refugio ante las acometidas feroces del aguacero, fue morada de un aca que poco antes del inicio de la guerra se murió. Los soldados pues, cuando llegaron la encontraron vacía. Y allí, bajo el breve cobijo de la barraca, y el terroso suelo del patio, habían instalado una singular herrería de efectos bélicos.
Entre los metálicos y estridentes alaridos del hierro al ser golpeado, y el acompasado y rítmico sonido del agua al caer en forma de lluvia, mi primo y yo, observábamos ensimismados los efectos que producía en el suelo del corral aquella tromba de agua que no cesaba.
Las gotas de lluvia (que por momentos arreciaba con fuerza) arañaban la tierra del corral y descarnaban su superficie. Un brazo de agua marrón, fluía tempestuoso a través del corral empujado por la ligera pendiente en dirección a la calle. El suelo era ahora un barrizal donde las gotas chapoteaban alegremente.
En un rincón del corral, junto a la barraca, mi primo y yo advertimos algo raro. Un objeto de textura arcillosa y forma redondeada parecía asomar a flor de tierra. Daba la impresión de ser una cacerola. La lluvia, pertinaz y corrosiva, iba desentrañando a ojos vista el misterioso objeto. ¡Sí, se trataba de un perol! ¡un perol que alguien había enterrado en el patio! No supimos encontrar una respuesta lógica. ¿Quién de nosotros (porque aquel patio era nuestro) se había tomado la molestia de semejante trabajo? Sumidos en estas razones estábamos cuando alguien de los soldados que allí había se percató de ello. Inmediatamente dio aviso al resto. Todos dejaron lo que estaban haciendo y se aplicaron en hurgar bajo la lluvia, con más curiosidad que otra cosa, las fangosas tierras en pos de desenterrar aquel perol que emergía bajo la lluvia. De pronto, la alarma cundió entre los soldados. Algo habían descubierto que les había excitado sobremanera. Nosotros nos asustamos. ¿Y si era una bomba que estaba oculta tras la inofensiva apariencia de una cacerola de barro? Esta y otras asechanzas poblaron de temores nuestras mentes. Abandonamos el corral a toda prisa en busca de nuestros padres.
Cuando llegamos a casa, referimos a mi padre lo que acabábamos de ver. No nos dejó acabar de contarlo. Como movido por un resorte, se levantó de la silla a la vez que maldecía entre dientes:

-¡¡Els perols!! – Exclamó mi padre en un ahogado grito de desesperación.

Fueron sólo unos instantes los que permaneció mi padre de pie, inmóvil y, pensando con evidente urgencia, ante nuestra atónita mirada. De pronto, como una exhalación, mi padre corrió en busca de su hermano, mi tío Pepet.

-¡Pepet, Pepet!, - oímos que gritaba en tanto desaparecía pasillo a dentro – ¡els perols, que han trobat els perols!
Nos quedamos mudos. Sumidos en una atroz duda. Mi padre y mi tío (y esto no sé por qué, nos tranquilizó) estaban al corriente de aquellos misteriosos peroles (porque ahora parecía ser que no sólo se trataba de uno sino de varios peroles), pero seguíamos sin tener idea de qué escondían los dichosos peroles.
Bajo la lluvia, mi padre y mi tío salieron veloces a la calle. Se dirigieron presurosos a la casa de enfrente, a la casa del tio Avelino, ahora ocupada por un comandante. Un comandante con el que mi padre había mantenido alguna que otra conversación y que por ello confiaba en que escuchase sus perentorias razones que venía a plantearle.

Cuando la entrada en Castellón de las tropas de Franco parecía inminente, mi tío Pepet y mi padre, angustiados y temerosos por la suerte que pudieran correr sus ahorros, miraron la manera de poner su dinero a salvo de las inciertas contingencias que sobre el Grao se precipitaban. Después de hablarlo con sus esposas, dieron con una fórmula que les pareció infalible. Cogerían todas las monedas de plata y las introducirían en cacerolas. Luego las enterrarían en el patio. Así, ocultas en el subsuelo del corral, libres de cualquier expolio, aquellas monedas de plata, que por ser de tan noble metal, mantendrían su valor intacto, serían fácilmente canjeables por dinero de curso legal del nuevo régimen.
Todo esto explicó mi padre al comandante. Añadiendo, con grandes dosis de diplomacia, que en realidad, ese dinero habían querido preservarlo de rapiñas incontroladas con el fin de donarlo “al régimen del Generalísimo Franco”.
Yo no sé exactamente cómo hicieron mi padre y mi tío para influir de forma tan fulminante en el ánimo de aquel comandante. Lo cierto es que a los pocos minutos, el comandante y un reducido séquito de oficiales atravesaban la calle con ellos y entraban directamente en el corral. Nosotros dos, les seguimos. En el interior del corral, los soldados -que ya habían desenterrado hasta tres cacerolas de barro repletas de monedas de plata -, a las voces de un teniente dejaron todo y formaron allí bajo la lluvia en posición de firmes. El comandante mandó que se procediese a decomisar en nombre del Generalísimo Franco aquel hallazgo. Aquella pequeña fortuna en monedas de plata que nuestra familia había acumulado con su trabajo.
Ya nunca más volvimos a ver las monedas de plata. Ni nunca supimos el uso que se le dio. Lo que sí debo apuntar es que al poco tiempo recibimos una cierta cantidad (muy por debajo del precio real de las monedas que habían guardado en los peroles) pero de curso legal.

sábado, 9 de enero de 2010

La guerra que vio un niño de 11 años (16a entrega)

Dibujo de Antonio Trilles

Vida en retaguardia


Pasadas las primeras semanas de la llegada de las tropas franquistas a Castellón, la vida, evidentemente con otros signos, tendió a normalizarse.
Los que nos quedamos en el Grao, que no fuimos demasiados, poco a poco íbamos olvidando el agobiante bombardeo que las tropas de Franco efectuaron sobre Castellón (El ejército republicano, después de la toma de Castellón por las tropas franquistas, apenas llevó a cabo tres o cuatro incursiones aéreas con el fin de bombardear la ciudad).
A cambio, fuimos acostumbrándonos a la vida en retaguardia.
Y es que, el frente se estabilizó entre Burriana y Nules.
Desde el Grao se oían los lamentos de las armas que desgarraban el aire lleno de azahar de la plana castellonense.
Todos los almacenes del Grao estaban ocupados por compañías de soldados. Soldados que se relevaban con regularidad para surtir de efectivos en buenas condiciones, el cercano frente de batalla.
Cuando llegaban del frente los batallones, los niños asistíamos a su paso con cierta curiosidad infantil. Nos llamaban la atención aquellos hombres rotos por el cansancio y el miedo; abundantemente pertrechados todavía, con sus pertinentes armas de combate: correaje, cartuchera repleta de balas, fusil al hombro y, lo que más poderosamente nos conmovía, las bombas de mano que rodeaban la cintura de aquellos hombres que, con caminar exhausto venían al Grao a reposar y recuperar fuerzas.
Al lado de nuestra casa (a estas horas aún compartida con los militares), instalaron un peculiar hospital. Un hospital para la caballería.
Allí traían caballos, y sobre todo, mulos. Maltrechos y heridos.
Los veterinarios los acogían con mimo, casi como si de personas se tratara.
Con diligencia y profesionalidad atendían a aquellos animales heridos por la metralla enemiga.
Recuerdo que, para fortalecerlos en su convalecencia, se les administraban a los aún débiles équidos, suculentas rebanadas de pan mojadas en abundante vino tinto que parecían tener resultados ciertamente contundentes en aquellas bestezuelas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años. "El Motril"


Trabajos en el muelle de costa.

Los primeros días tras la toma de Castellón fueron vertiginosos. Los acontecimientos se precipitaban con furiosa rapidez. Nada era igual. Todo era nuevo. Los soldados, las maneras, los enemigos...ahora todo era al revés. Lo que antes se perseguía hasta la muerte, ahora se tenía por bueno; y aquellos que antes se presentaban como ejecutores y forjadores de un nuevo orden, ahora pasaban por criminales.
Esto supuso que, todo aquel que de una forma más o menos explícita contribuyó con el derrotado régimen, fuera perseguido hasta la muerte. Por eso, muchos, casi todos, huyeron hacia el Sur con el ejército republicano.

El paso del frente dejó en el Grao su inevitable signo. Decenas de cadáveres, algunos ya con evidentes signos de descomposición, aparecían por donde uno menos se lo esperaba.
Por eso se dio la orden de que había que ir a enterrar cadáveres.
Mi tío Pepet y mi padre, por supuesto, también fueron conminados a realizar dicha labor. Una tarea que ciertamente les repugnaba.
Fue el comandante que vivía con nosotros, quien atendiendo a las súplicas de mi padre y mi tío, logró liberarlos de dicho cometido.
Había en el centro del puerto un pailebote semihundido. Se trataba del “Motril”. El ejército republicano, en su huida, había efectuado algunos bombardeos. Una bomba alcanzó al “Motril”, y ahora permanecía atrapado en medio del puerto. Era necesario serrar las gruesas cadenas del pailebote para facilitar su rescate. A ello fueron destinados mi tío y mi padre.
A primera hora de la mañana debían acudir al puerto. Allí se pondrían bajo las órdenes de un “camisa vieja” (falangista que ya lo era antes de la Guerra).
Cuando llegaron al sitio convenido, vieron un grupito de tres o cuatro vecinos del Grao. También ellos habían sido requeridos para serrar las cadenas del “Motril”. Un pequeño bote de remos les llevaría hasta el buque siniestrado.
Ya se disponían a embarcar, cuando mi padre advirtió que en aquel grupo ¡había un “miliciano”!, mejor dicho, un “exmiliciano”. ¡Pero qué hacía aquel hombre allí! ¿Por qué no había huido con los otros?
Estuvieron serrando las cadenas hasta la hora de comer. Al toque de trompeta pararon el trabajo.
Bogaron lentamente hacia la riba.
Allí, en el rellano de la riba, había dos guardias civiles. Parecía que les estaban esperando. Verdes guardias civiles, con su negro tricornio, cartuchera bien alimentada de municiones, fusil “mauser” en bandolera.

-Eixos guàrdies civils vénen a per mi – dijo en un hilo de voz aquel “exmiliciano” que insensatamente no quiso huir como lo habían hecho sus compañeros.

Cuando llegaron a escasos metros del muelle, uno de los guardias civiles preguntó por aquel “exmiliciano”. Que si estaba en aquel bote, que inmediatamente se diera preso.
Aquellas palabras sonaron como tiros de fusil.
Sí, efectivamente allí estaba el que ellos buscaban. Le prendieron. Nosotros nos fuimos a casa a comer.
Después de la comida, aquel “exmiliciano” ya no volvió. Alguien nos dijo que lo habían fusilado.

domingo, 4 de octubre de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años. "Un moro reza en els llavaors"


Un moro reza en “els llavaors”

Veníamos mi madre y yo de una alquería cerca del “pontet”. Habíamos ido a “baratar” pescado por verdura; y ya de regreso a casa, al pasar frente als llavaors, advertimos la presencia de dos moros. Uno permanecía de pie. Su chilaba, pletórica y arrogante, al viento. El fusil, firme sobre el hombro. Seria y grave su morena tez. El otro estaba arrodillado. La cabeza inclinada hasta casi alcanzar el suelo. Parecía efectuar unas rituales abluciones. Levantaba un tanto la cabeza y volvía a encogerla junto al suelo con parsimonioso ritmo. Sin duda alguna estaba rezando.
Nos paramos a escasos metros de ellos. Permanecimos unos instantes observando aquella extraña escena y, cuando ya empezaba a sentirme incómodo por la inquietante presencia de aquellos dos soldados magrebíes, mi madre, ante mi estupor, me dijo:

-Vaig a preguntar-li a vore que estan fent...

No me pareció aquello lo más prudente, pero mi madre estaba resuelta a entablar conversación con ellos. Yo, un tanto aturdido, le seguí.

-Paisa, paisa...- dijo dirigiéndose al que permanecía de pie.

El moro que estaba arrodillado, cuando nos vio, se nos quedó mirando. Los ojos rojos, su cara inundada en lágrimas. Y sin esperar a que le preguntáramos, nos dijo con voz entrecortada:

-Mi primo, morir aquí... – decía esto señalando el suelo sobre el que estaba orando.

Comprendimos que allí, en aquel lugar donde, efectivamente, aún estaba la tierra fresca, aquellos dos moros acababan de dar sepultura a un ser humano.
El magrebí prosiguió su lamento:

-Mi primo morir aquí – repitió – y ahora... nacer allí – dijo señalando un lugar indeterminado en el cielo.

Después de unos segundos de ensimismamiento mirando al infinito azul del cielo, el consternado moro volvió a sus abluciones, dando así por terminada la conversación.
Nosotros, un tanto contagiados por la aflicción de aquel hombre, seguimos nuestro camino.
Todavía hoy, los huesos de aquel infortunado soldado magrebí permanecen enterrados frente a los que un día fue els llavaors.

viernes, 28 de agosto de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (13ª entrega)





Nuestra casa la encontramos “ocupada”

Cuando llegamos a nuestra casa, observamos que estaba ocupada por un grupo de oficiales, con sus asistentes y sus cocineros. En total pudiera haber allí, en nuestra casa, unos treinta militares.
Nos presentamos. Por fortuna aceptaron nuestra condición de dueños. Pero claro, estábamos en guerra...y lo fundamental en estos casos es la cosa militar, y aquella vivienda estaba ofreciendo un gran servicio militar. Pero, como he dicho antes, fueron benévolos con nosotros y, consintieron alojarnos en nuestra propia casa.
La habitación de mi tío Pepet y mi tía Carmen, que era la mejor orientada, acogía ahora las dependencias de un comandante. En el cuarto de mis padres se acomodó un oficial. Las otras habitaciones estaban asimismo destinadas al resto de los militares.
No nos impidieron instalarnos allí. Podíamos tranquilamente cohabitar con ellos.
Lo malo era que no quedaban habitaciones libres. Bueno, dormiríamos en el suelo. No pusimos pegas a ello.
En el corral nos hicieron un hueco para que pudiéramos cocinar. Para ello utilizábamos nuestros propios cacharros de cocina. Los mismos que nos llevamos a la alquería.
Y así, de esta peculiar manera, pasamos los meses inmediatos a la entrada de los “nacionales” en Castellón.
Mi padre, que siempre tuvo una especial facilidad para entablar comunicación con la gente, hizo que congeniáramos con algunos de los militares allí establecidos.
Especial trato y amistad tuvimos con el cocinero. Se trataba de un jovenzuelo ameno y vivaracho. Nos contaba aquel soldado gallego que, en su Galicia natal, se dedicaba a las labores del campo, y que aquí se había convertido en un cocinero. “Cuando llegue a mi tierra no me acordaré de plantar un nabo...” “...el día que me digan que se ha acabado la guerra no me lo creeré...” nos decía con un fuerte acento gallego.

miércoles, 15 de julio de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (12ª entrega)


De vuelta al Grao

Todavía quisimos permanecer un día más en la alquería, aún teníamos cierto reparo en volver al Grao. Creímos prudente esperar a que se estabilizase la nueva situación.
Pero aquello estaba claro. Debíamos ir al Grao. Ya todo había pasado. Y eso hicimos.
Según íbamos acercándonos al centro urbano nos percatábamos de que estábamos viviendo un profundo cambio.
Los caminos no sólo aparecían llenos de soldados con distinto uniforme al que estábamos ya acostumbrados, sino que pululaban unos extrañísimos personajes - que después supe que eran moros -, vestidos de chilaba, que para nosotros eran algo tan novedoso como exótico.
Pasábamos junto a ellos, nos miraban, y no decían nada. Ellos iban a lo suyo.
Y nosotros a lo nuestro, de regreso a nuestra casa. A nuestro Grao.
Cuando llegamos, me dio un vuelco el corazón. Pero...¿Qué había pasado allí? Parecía como si un huracán hubiera asolado las calles del Grao.
Las casas, una por una, fueron saqueadas.
Las cerraduras, forzadas; las puertas, abiertas; su interior, vacío. Todo cuanto en ellas había, se amontonaba ahora junto a la puerta: mesas, sillas, camas, sábanas, ropas, papeles, documentos, fotografías... todo descansaba allí en perfecto desorden. Tan fuera de su sitio. En plena calle. A merced de quien pudiera pasar.
Delante de la escuela que había en la calle Sebastián Elcano, que ya a estas horas quedó convertida en un hospital, vi multitud de libros, libretas, paquetes de tiza...
No pude resistir la tentación de acercarme a ver. Encontré un libro de problemas que llamó mi atención. Y lo cogí. Y aún lo conservo como una reliquia.
Frente a una ferretería, había desparramadas por el suelo gran cantidad de herramientas. Yo me hice con un hacha y dos barrenas.
Recuerdo que en aquella época era costumbre colgar sobre el lecho marital una gran fotografía de los novios. El retrato, en blanco y negro, estaba enmarcado con un marco serio y sobrio, sin ningún alarde. El, de traje; exquisitamente ataviado, quizás como jamás volvió a vestirse; ella, tocada de blanco; su largo y fino velo cayendo a un lado. Blanquísimo el vestido. Sonrisas de estudio de fotógrafo. Irreales. Sempiterna juventud que presidía el devenir de aquel matrimonio todos los días de su vida.
También estos retratos aparecían tirados por cualquier lado.
Hubo gente que, reconociendo en la fotografía a algún familiar suyo o alguien conocido, quiso guardarla. Si algún día volviera al Grao, se la daría.
Nosotros recogimos una. Era de una mujer, vecina nuestra, que era viuda. Cuando regresó al Grao, terminada la Guerra, se la devolvimos a su dueña. Entre grandes lagrimones besaba una y otra vez aquella fotografía, en la que aparecía ella y, su difunto marido. Tal vez aquello fuera lo único que pudo recuperar de su casa.

Después, según nos dijeron los soldados, supimos que aquellos desaguisados eran obra de los moros, que buscaban oro y joyas.
Entre los despojos de las viviendas “graueras” había un tremendo trasiego de máquinas de guerra: camiones, caballerías, soldados llenos de armas, moros con su chilaba y su fusil... Y es que el frente, en un principio, quedó situado cerca de Castellón, en las inmediaciones de la vecina ciudad de Burriana. Por lo tanto, el Grao vino a constituirse en algo así como una base de retaguardia.
El pinar, nuestro pinar, quedó tomado por soldados, que lo utilizaban como campamento. También los magrebíes se instalaron allí, pero aparte.


martes, 5 de mayo de 2009

La guerra que vio un niño de 11 años (11ª entrega)

Dibujo de Antonio Trilles

Las tropas de Franco toman Castellón

Era la noche del trece al catorce de junio de 1938.
Algo parecía que se movía en el ambiente. Idas y venidas apresuradas por el estrecho pasillo del refugio. Noticias contradictorias. Nadie se atrevía a dormir. Algo estaba ocurriendo. De pronto, se oyó una lapidaria voz que inundó todo el refugio:

-Ja estan ací! Ja estan ací els “nacionals”!

Sería difícil, o imposible, saber si aquello fue dicho con alegría o con tristeza. Fueron palabras inocuas, asépticas, muertas, sin vida. Y así fueron recibidas por todo el personal que llenábamos el refugio.
Minutos después aparecieron por la boca del refugio unos soldados. Eran soldados de Franco.
Nos tranquilizaron. Dijeron que nada temiéramos. Que recogiéramos nuestras pertenencias y que regresáramos a nuestras casas.
A ello nos disponíamos, cuando un soldado rezagado de aquella avanzadilla, al llegar a nuestra altura, se acercó a nosotros y, ante el asombro y estupor de todos, sacó una bomba de mano de su cartuchera y, blandiéndola, se disponía a tirarla allí, justo a la entrada del refugio. Aquello habría supuesto una masacre tan estúpida como segura.
Fue otra vez La Pitarga quien tomó la voz cantante; quien hizo desistir de tan absurdo empeño a aquel anónimo soldado:

-¡No, por favor, no tire esa bomba! ¡Ahí abajo sólo hay “viejesitos” y criaturas!

El soldado aquel vaciló. Miró a un sitio, miró a otro, y en un rápido gesto volvió a enfundarse el mortífero artefacto en su cartuchera al tiempo que con la mirada buscaba a sus compañeros que andaban un tanto más adelantados que él, ya casi al final de la calle Gobernador ,y sin más, reprendió la marcha con paso acelerado.



A la alquería...al reencuentro de los nuestros

Repuestos del terrible susto, emprendimos camino hacia la alquería; Al encuentro de mi padre, mi tío Pepet y El Roig que se habían quedado allí. ¿Qué habría sido de ellos?
Todas las familias del Grao que había en el refugio nos dispusimos a regresar al Grao, así nos lo habían ordenado aquellos contundentes soldados.
Formamos un grupo de unas veinticinco o treinta personas.
El Camí Fondo nos conduciría al Grao.
Nosotros, antes de ir al Grao, pasaríamos por la alquería. Allí pensábamos encontrarnos con el resto de nuestra familia.
Estando a mitad de camino, vimos volar un solitario avión a baja altura. Nos quedamos todos mirándolo. Se trataba de un avión que hasta hacía unas pocas horas era “de los nuestros” ¿Qué hacía aquel artilugio volante por allí? ¡Pero no les habían vencido! ¿Por qué no se había ido con todos los demás?
Alguien dijo que aquel avión era ahora nuestro enemigo. ¡Y estaba en lo cierto!. Y que por lo tanto, desconfiáramos de él.
Efectivamente, dicho esto, efectuó unas extrañas y sospechosas maniobras que no dieron ya motivo para la duda. ¡Aquel avión iba a por nosotros, sus enemigos! Quiso la ventura que delante de nosotros, a escasamente cincuenta metros de donde nos hallábamos, alguien avistara un refugio “particular”, era una defensa que en una alquería, se había construido su propietario con el fin de guardar a su familia, que a aquellas horas, Dios sabe donde estaría. Lo vimos libre y, en escasos segundos, todos fuimos a meternos allí dentro. ¡Otra vez a un refugio! ¿Pero cuando tenía que acabarse aquello?
La prudencia hizo que esperásemos hasta un cuarto de hora allí dentro. Nadie oyó nada. A fe que aquel era un buen refugio.
Ya no podía estar el avión tras quince minutos de espera, deambulando por aquellos aires. Seguro que ya habría emprendido otro rumbo. Era ya momento de salir. Y cautelosamente, fuimos emergiendo a la luz de la huerta castellonense, libres del agobio de aquel despistado aviador, cada uno de los precipitadamente refugiados en aquel breve, pero eficaz refugio casero.
Instintivamente lanzamos nuestras miradas arriba, a la búsqueda del avión, y nuestro ánimo se fortaleció al ver el cielo limpio de intrusos mortales.
Pero, algo raro había en el ambiente. Un olor letal que nos era terriblemente familiar invadía la limpia atmósfera del marjal.
Un estremecimiento brusco se apoderó de cuantos allí estábamos cuando advertimos, a escasos cien metros, una mortífera y espesa columna de humo.
Aquel avión, en efecto, ya no estaba, pero no se había ido de vacío ¡nos había bombardeado! ¡Sólo el providencial refugio nos libró, una vez más, de una muerte segura!
Sí, aquel misil, porque fue un único misil el que lanzó, fue tan mortalmente preciso, que vino a caer justo donde estábamos nosotros.
Cuando salimos, vimos unos naranjos arrancados de cuajo; y un cráter de unos diez metros de diámetro formado por tierra roja, fértil, sana, viva, que bordeaba un agujero que se sumía oscuro e incierto unos metros más abajo. De su fondo aún brotaba humo. Y aún podían sentirse nítidamente las punzantes emanaciones de la nefasta pólvora.
Cogimos nuestros enseres, y emprendimos camino hasta la alquería.
Por fin llegamos. Mi padre, mi tío y mi primo, estaban allí, esperándonos, y corrían a abrazarnos. Sería del todo imposible expresar con palabras la alegría que sentimos al vernos todos juntos otra vez.