La trilogía completa

domingo, 28 de septiembre de 2008

La inmigración en el Grao de Castellón

En este primer capítulo de la inmigración en el Grao de Castellón se habla de la naturaleza del Grao y de los inicios del Grao como entidad urbanística. En posteriores posts se irán añadiendo las distintas oleadas inmigratorias que han configurado el actual Grao de Castellón




Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón"

LA INMIGRACIÓN EN EL GRAO DE CASTELLON


Si tuviéramos que buscar un origen o un principio a lo que es hoy el Distrito Marítimo de Castellón tendríamos que situarnos a principios del siglo XIX, recién terminada la Guerra de la Independencia. Allí, en aquellos tiempos decimonónicos es cuando algo comienza a moverse y tomar forma en las fértiles orillas mediterráneas de Castellón.
No quiera esto entenderse como un principio en el sentido literal de la palabra, pues hay constancias históricas de asentamientos humanos desde muy pretéritas épocas.
Desde la Edad Media son continuas las referencias a un conjunto de barracas hechas con troncos del vecino pinar y rematadas con techo de senill que servían como almacén de aperos, y eventualmente como cobijo a los marineros castellonenses.

Pero el comienzo del Grao como entidad urbanística –como apuntábamos al inicio del presente capítulo -, tiene las raíces en unos no demasiado lejanos tiempos. Tiempos que discurrieron entre el cambio atroz que la modernidad impuso en las gentes y lugares, y la vocación marinera de unos hombres y mujeres que decidieron quedarse aquí, haciendo del Grao su casa, y a quienes el Grao de Castellón les ha ofrecido todo: su trabajo y su hogar. Pensemos que en un principio la única razón por la que algunos hombres y mujeres de Castellón decidieron instalarse en el Grao fue la pesca. La pesca como modo de vivir. El comercio llegó más tarde.
De siempre, el castellonense ha sabido de su “escalón” arenoso que había que salvar para llegar al mar, escalón al que se llegaba después de atravesar unos terrenos más bajos que el nivel del mar -los cenagosos y fértiles majales -, escalón que en valenciano es “graó” (de ahí, con el tiempo, las denominaciones de Grao, en castellano y Grau en valenciano).

Pero el “castellonero” era reacio a quedarse en aquella amplia barra arenosa en forma de escalón o, “graó”, que salvaguardaba al marjal de las acometidas del mar. La constante amenaza de la piratería - el último ataque de los cuales data del año 1800 -, hacía que les resultara más seguro a los pescadores de Castellón, efectuar sus pescas, y luego llegarse al plano y consistente centro de Castellón, donde vendía sus capturas y donde tenía su vivienda. A este respecto hemos de recordar que hoy aún perduran resquicios de aquellas épocas. La calle “Pescadores” de Castellón era una calle donde vivían los “castelloneros” que se dedicaban a ir al “escalón”, al “graó” y, desde allí, hacerse a la mar con toscas embarcaciones y primitivos artes de pesca.

Un censo de 1769, según José Sánchez Adell, contabiliza en Castellón 69 pescadores, que viven casi todos en la calle “Pescadores”.
Llegado el siglo diecinueve – de una vez por todas resuelto el problema de la piratería -, hay “castelloneros” que piensan en la posibilidad de permanecer en el “grau”; y levantan allí sus viviendas. Los primeros “graueros” acaban de poner pie en el “Graó de Castellón”. Y a éstos les siguen en pocos años, la totalidad de habitantes de Castellón dedicados a estos marineros menesteres.
En escaso tiempo, aquel escalón o cordón arenoso propio de las tierras valencianas, se va humanizando, se llena de barcas en las playas, de barracas; más tarde de sólidas casas. Parece ya un caserío marítimo.
Un nuevo concepto de pescador había visto la luz: el pescador “grauero”. Aquel que se hace sedentario en el escalón arenoso, en el “graó”. Que hace allí su vida, y que sólo regresa al centro urbano de Castellón en casos de necesidad.

Como dato orientativo citaremos a Javier Tomàs: “...en 1842 el Grao, con su torre defensiva, pertenece al barrio de Santo Tomás de la capital. En esta fecha tiene 55 habitantes, y poco después son ya 120 las barracas y casas habitadas por pescadores...”
En 1845 señala Madoz que el Grao “...va poblándose de pocos años a esta parte de un modo sorprendente...cuenta el día unas 80 casas de mala fábrica y pocas comodidades, y 40 barracas, habitadas la mayor parte por pescadores que surten a los vecinos de Castellón de pescado fresco y abundante...”
Siguiendo a Vicente Ortells Chabrera, advertimos que “...En 1887 se duplicaba el caserío con respecto a 1850. Un total de 195 casas, repartidas a partes iguales entre las de una planta y dos, 22 barracas y algunos almacenes, con 779 personas. El Grau en 1900 ya registra una población de 1.316 habitantes de un total de 29.904 habitantes censados en la ciudad y término de Castelló”.
Según José Sánchez Adell “...al entrar en el siglo XX (concretamente en 1910), cuando la ciudad de Castellón tiene una población de 32.309 habitantes, la del Grao llega a la cifra de 1.816.”

A todo esto, en el Grao no había puerto. Unicamente algún embarcadero, tan frágil como provisional, construido para facilitar el embarque de mercancías, interrumpía la línea arenosa. Una grandiosa y viva playa de arena fina que discurría sin interrupción por delante de las viviendas de pescadores. Por el Norte, entre dunas enormes y algunos atrevidos pinos del cercano pinar, llegaba hasta perderse en los confines de la mirada. Y por el Sur, la playa del “Serrallo” (de la cual hoy sólo queda el recuerdo) que, por aquel entonces, se comunicaba exuberante y lozana con la playa de Almazora sin solución de continuidad.

No fue sino hasta el año 1891 cuando aquel ancestral Grao de Castellón conociera su primera gran transformación: el inicio de la construcción de un primigenio puerto.
Y este hecho lleva consigo una consolidación del embrionario asentamiento castellonense. Y no sólo esto, sino que algunos pescadores de la vecina Almassora vienen al Grao de Castellón con sus familias con la intención de quedarse aquí, a pescar al amparo del naciente puerto que se está construyendo. Esta, aunque de poco volumen podría considerarse como la primera de las inmigraciones del Grao.















viernes, 30 de mayo de 2008

Este blog estará de vacaciones los meses de junio, julio, agosto y septiembre. En octubre nos volvemos a ver con más historias y vivencias del Grao de Castellón. ¡Hasta entonces!

lunes, 5 de mayo de 2008


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":


LAS COMIDAS MARINERAS

Lo que viene a continuación hace referencia a las costumbres culinarias de pasadas décadas en la vida cotidiana de los pescadores del Grao de Castellón. Los años en que yo fui marinero. Seguramente, en otro litoral hubiera otras prácticas, otros hábitos distintos, pero yo me ceñiré a aquellas vivencias que tuvieron como testigo las aguas litorales de Castellón.
Hay que tener en cuenta que desde mediados los años treinta en que inicié mi carrera como marinero, hasta el año 1985 en que me jubilé, hubo cambios. Así, pasé de las teas y el carbón, al gas butano; del ventall para avivar el fuego, a la clavija de la cocina de gas. Pero lo esencial no cambiaba. No fue sino hasta bien entrada la década de los ochenta cuando decididamente, una de las facetas que más entrañablemente guardamos en la memoria los pescadores de mi época, el rito de las comidas, al frente de las cuales estaba el cocinero, empezó a caer en desuso hasta terminar por desaparecer.
Cuando yo empecé a ejercer el oficio de marinero, recién terminada la Guerra Civil, nada era igual a como es hoy.
Hoy en día, los marineros, amparados en los potentes motores y las magníficas embarcaciones de que disponen, plantean la jornada laboral de manera muy distinta a como se hacía tiempo atrás.
Los tripulantes de las barcas acuden a sus puestos de trabajo provistos de sus correspondientes vituallas. Traen la comida ya cocinada de casa. No faltan las funcionales e inevitables latas, símbolo de la modernidad; ni los “tetrabriks,” que guardan zumos de mil clases o leche, o agua, o vino. En cualquier caso, a bordo se dispone de una moderna cocina por si alguien quiere calentar su comida.
Como si de cualquier trabajador “de en tierra” se tratara, llegado el momento, el marinero se sienta en un rincón, y echa mano de su bien surtida bolsa o mochila, que cada uno trae consigo a bordo. Hoy se ha hecho innecesaria la figura del cocinero...


El cocinero

Echando la vista atrás, puedo ver aquellas barquichuelas repletas de marineros; pescadores de pies descalzos y rostros ennegrecidos por la carbonilla del renqueante motor; y en un rincón, muy aplicado en sus menesteres, un marinero, que cuchillo en ristre, da sus últimos retoques al guiso que pronto degustarán todos los allí presentes. Es el cocinero. Un principal personaje de a bordo, tan necesario como discutido.
Aunque es fundamental la figura del cocinero, el cargo no suponía ninguna compensación económica. Eso sí, se le dispensaba de ciertas labores; dispensa que era saldada sobradamente por las fecundas horas dedicadas a preparar el alimento a los marineros. Pero hay que decir que ésta es una ocupación de mucha responsabilidad, porque el cocinero es blanco de todas las exigencias de los marineros, que dicho sea de paso, se muestran implacablemente críticos con los guisos del cocinero. De ahí que, para un buen cocinero, ver a la marinería comiendo con avidez y fruición la comida que él ha preparado, supone quizá la mayor compensación a su buen hacer.
Para acceder a la condición de cocinero de una barca, no era preciso tener conocimiento de nada especial. ¡Qué marinero no es capaz de preparar un arrossejat o un suquet de morralla...? Absolutamente todos eran capaces. Era algo que conllevaba la profesión de pescador.
Por eso, cuando algún cocinero se “quedaba en tierra”, el patrón, así, sin más, se dirigía a cualquier marinero y le decía: “...ara seràs tu el cuiner...agarra les estrasses i...vinga...ja pots començar”
Les estrasses eran una especie de manoplas que protegían al cocinero de posibles quemaduras. Con ellas salvaguardaba sus manos, y podía sacar del fuego los cacharros con total seguridad y garantía. Les estrasses habían salido de algún trapo viejo, o un vela inservible y perdida que alguien encontró en un almacén. Así se confeccionaban dos manoplas de tela, de recia y resistente textura, que unidas mediante un mugriento cordel, se las colgaba el cocinero al cuello con el fin de tenerlas siempre a mano. Les estrasses eran el símbolo del cocinero.
Con cierta frecuencia pasaba que el nuevo cocinero no acertaba el gusto a los comensales. La crítica, como decía antes, inexorable, no aprobaba la calidad de los condimentos del nuevo responsable de la cocina. La insolencia de los marineros era contestada con un gesto brusco del cocinero, que quitándose con arrogancia les estrasses del cuello las arrojaba con furia sobre cubierta. Acababa de presentar su dimisión como cocinero. Que sea otro. Estaba visto que no era capaz de tener contenta a la exigente marinería. Si la dimisión era aceptada por el patrón, efectivamente, otro marinero, debería ponerse les estrasses.
Yo, fui uno de esos marineros que en alguna ocasión tuve que ponerme les estrasses.
Cuando el cocinero de nuestra barca se quedaba “en tierra”, era yo quien asumía esta responsabilidad en tanto se buscara otro. Por eso, tal vez por nostalgia, quizá por vanidad, quiero recordar aquellos platos marineros, genuinamente marineros, que se elaboraban en alta mar y, que hoy, se elaboran en los restaurantes..."

domingo, 13 de abril de 2008

Aparecen los primeros motores marinos en el Grao de Castellón

Siguiendo la evolución del Pósito de pescadores que se inicia en "la Barraca", un hecho fundamental en la historia de la pesca tienen lugar: la aparición de los motores marinos. Veamos cómo se trata este tema en el presente extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":





Aparecen los primeros motores marinos en el Grao de Castellón

La Barraca se consolida en esta primera década del siglo XX como lugar fijo de compra y venta de pescado.
Hay ya unas normas y estatutos que hablan de la importancia de la institución naciente.
Se ha creado, impulsado por el aumento del volumen de capturas, la figura de un personaje, el apuntaor. Es este un empleado de La Barraca que tiene la misión, como su nombre indica, de apuntar la cantidad de pescado que ha adquirido determinado comprador y anotar el precio convenido, pues aunque el precio no solía variar a lo largo de la temporada, ya empezaban a dejarse sentir ciertas fluctuaciones de mercado que en los años siguientes se harían patentes.
El primer apuntaor que hubo en el Grao fue Manolo El Cabut. Cuyo verdadero nombre era Manuel Ibáñez.
Era Manuel Ibáñez persona locuaz, y elocuentes eran sus razones y argumentos. Tanto, que pronto se le conoció entre las gentes del Grao por el apelativo de Manolo el parlaor.
La llegada de los años veinte, trajo al Grao un hito revolucionario: en el año 1925 se instala el primer motor marino.
Sin duda alguna, es este un paso determinante y definitivo para la pesca.
Todo, a partir de ahora, cobra una nueva dimensión. Por supuesto, los primeros en notarlo son los marineros.
En los días de navegación a vela, las calmas, tan temidas por su ineficacia pesquera, ya que entonces no se podía correr bou, eran no obstante, largamente aprovechadas. Y no siempre mal avenidas, por cierto, entre la marinería. El marinero, en estas premiosas y vanas horas que debe pasar sobre las quietas aguas en tanto volviera el viento, dejaba pasar el tiempo complacientemente, sin cuidado alguno, relajado contemplando el mar; echarse una siesta. Los había que se aplicaban en labores artesanales...lo cierto es que sobre cubierta, también reinaba la calma.
El motor vino a trastocar todo eso.
Ya no importaba el viento. Las barcas tenían la fuerza motriz asegurada. En otras palabras, no había a bordo momento de calma.
Tras un bol, otro. Hasta llenar la barca de pescado. Y entonces, a tierra. A vender el pescado.
Aquello era un invento extraordinario. ¡El viento artificial!. Por primera vez en la milenaria Historia de la Humanidad, el hombre ya no depende del viento para surcar con premura y solvencia los mares.
Ya no eran necesarias las parejas de bou. La fuerza del motor hacía posible que con una sola barca, convenientemente habilitadas unas portes en la boca del bou, era esto suficiente para que el bou abriera sus fauces en toda su magnitud.
Los armadores se frotaban las manos. Los duros de plata correrían a partir de ahora entre las familias “graueras”. ¡Aquello era un invento fabuloso!
La codicia que todo pescador lleva dentro, afloró en ellos en todo su esplendor. Pescaban sin parar. El viento lo tenían asegurado.
Como sea que no había horarios establecidos, las barcas podían llegar a puerto en cualquier momento del día; por eso hubo que contratar a alguien que se encargara de avisar a las compradoras del Grao de que había pescado en la Barraca.
Un jovenzuelo de trece o catorce años, Pepito, era el que se dedicaba a estos menesteres. Para ello disponía de una trompeta de latón que hacía sonar ronca y disonante un par de veces y, luego, a viva voz anunciaba:
-Peix a la Barraca!
...Y así, día tras día. Con exceso, sin medida. Despreciando al cansancio. Ebrios de trinufo.
Pepito el de la Barraca, que así era como se le conocía por aquel entonces a ese jovenzuelo que avisaba de la llegada de pescado, como más adelante veremos, fue posteriormente conocido en el Grao por el apelativo de Pepito el Subastaor .
A bordo, la vida cambió radicalmente.
Se acabaron para siempre los plácidos momentos de calma con que la Naturaleza obsequiaba al marinero de vez en cuando.
Las redes eran arrojadas al mar indefectiblemente cada dos horas, que era lo que duraba un bol. O dicho de otro modo, mientras se estaba arrastrando este par de horas los fondos marinos, había ocasión para reponer fuerzas de la mejor manera que se podía. Y ésta consistía principalmente en echarse a dormir.
En el descanso de los marineros había un rítmico martilleo del motor que les recordaba que las redes estaban faenando, y que pronto debían estar prestos a xorrar.
Los pescadores, con el fin de alargar lo más posible ese rato, en cuanto se calava, desaparecían de cubierta y acudían a sus catres. Pero mientras esto ocurría, el cocinero, escrupuloso con sus obligaciones, no dejaba de preparar los guisos. Comidas perfectamente establecidas, con su ancestral horario que ni la llegada de los motores había trastocado.
Así, era norma, a parte del almuerzo, la comida y la cena, preparar allá a las tres o las cuatro de la mañana, un suquet de morralla.
Este uso, en aquellos momentos, en verdad, resultaba fuera de lugar, pero en estos primeros años, el cocinero, ajeno a los nuevos tiempos, y fiel a la ancestral costumbre culinaria, seguía preparando a los exhaustos marineros su pertinente ración matinal de suquet de morralla.
Cuando el suquet ya humeaba en la oscuridad de la noche, y en vista de que la cubierta permanecía desierta, sin que nadie acudiera a la suculenta llamada del oloroso caldo, el cocinero, con cierta ironía, se asomaba por la escotilla del sollado donde dormían los desfallecidos pescadores, y preguntaba:

-...Que no en voleu de suc?

Furioso y rotundo silencio en el sollado. Sólo algún ronquido que más que ronquido parecía una queja, indicaba la osadía del cocinero.
Preferían una y mil veces dormir... que más falta les hacía.
Pero poco después era otra la voz que se introducía punzante y definitiva en la negra estancia donde dormían glotonamente los pescadores. Ahora era la llamada del patrón:
-Ieeeeeeeeeeee......a xorarrrrrrrr!

No existía escapatoria posible. Las redes ya debían estar repletas de pescado. Era hora de recoger las redes.
Unos hombres macilentos, tambaleantes, surgían lentamente por la escotilla, con el estómago vacío, y la boca llena de maldiciones dirigidas al inventor de aquel inclemente artilugio marino que les había robado los momentos de calma.

La Barraca se llenaba todos los días de pescado. Esto hizo que el precio del pescado, que hasta entonces prácticamente no sufría variación en toda la temporada, ahora se viera sujeto a fluctuaciones diarias. Era necesario revisar el sistema de venta del pescado. Se había de buscar otro, más ecuánime y más en razón de la demanda y la oferta.
La solución se halló en subastar el pescado. Quien más pagaba, se llevaba el producto de la pesca allí expuesto. Así de fácil. Todos estuvieron de acuerdo y a partir de entonces la subasta fue el modo de comprar el pescado en el Grao.
Tan sólo habían pasado un par de años desde que se introdujeran los motores marinos. Manolo el parlaor no podía hacer frente él sólo a la doble labor de subastar y apuntar el montante de lo comprado. Había que buscarle un ayudante. No tardaron en encontrar uno. Se trataba de Pepito el de la Barraca, cuyo verdadero nombre era Francisco Pastor, aquel muchacho que hasta ahora se dedicaba a anunciar la llegada de pescado a la Barraca.
Cada vez eran más voluminosas las capturas. La Barraca, se hizo insuficiente para subastar semejante cantidad de pescado.
Se habilitaron dos barracas más.
Una pertenecía al tio Xamussa, padre del célebre Xamussa, a quien “graueros” de varias generaciones mantienen en el recuerdo como seguro abastecedor de cacau, tramús, aigua de cebà... que despachaba hasta la década de los ochenta en su bien surtida paraeta.
Su barraca la conocíamos por el nombre de La fira. Posiblemente fuera debido a que disponía de más potente luz que las otras dos.
La tercera barraca era la de Batiste el de la nevera.
Las tres barracas se encontraban en el carrer de davant. Subastar en una u otra barraca era totalmente libre.

domingo, 16 de marzo de 2008

La barraca

Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón"




Empieza la construcción del puerto

Las obras de construcción del puerto del Grao de Castellón se iniciaron el 16 de marzo de 1891. Esta obra responde a una necesidad. Y es que, a lo largo del siglo XIX, los pescadores del Grao han ido avanzando en sus técnicas pesqueras. Ya la vela latina, lacia y elegante, adorna las barcas que hay sobre la arena. La pesca de arrastre ha empezado a tomar consistencia en el Grao. Las parejas de barcas de bou animan el paisaje playero. En verdad hace falta un puerto. Ahora no se trata tan sólo de aquellas primigenias barcas a remos que practican las artes del palangrillo de menuda y el volantí. En el Grao se ha afianzado la pesca del bou. Y esto requiere que el Grao disponga de un recinto pesquero con totales garantías.

El puerto, desde aquellos tiempos decimonónicos, nunca ha dejado de crecer.
Las obras del puerto, desde que un día, hace más de cien años, iniciaran su andadura, nunca han permanecido estancadas; siempre han tenido motivo de adecuar sus estructuras a las necesidades vigentes; y éstas, continuamente, desde aquel lejano día en que se pusiera la primera piedra, con la Panderola como testigo, han conseguido una y otra vez, desbordar las construcciones portuarias, con nuevas exigencias: desde una ampliación del puerto, lo cual ha constituido una constante en la historia del puerto, hasta la novedosa problemática que sólo se verá cumplida en el próximo milenio, de los nuevos accesos al puerto.


La Barraca

Era una hermosa y tranquila tarde de otoño de fines del siglo XIX.
Por poniente, las rojas nubes, manchadas por un sol agonizante, anuncian el declinar del día.
El mar, sereno y calmoso, casi no da señales de vida. Las olas, en la arena, a penas se dibujan, mortecinas y sin fuerza, en la misma orilla de la playa.

-La mar està com una bassa d’oli!

Alguien, sobre la arena de la playa, lo ha dicho sin esperar respuesta. La ambigüedad del tono, hace que no se sepa si hay reproche o serena placidez, en aquellas palabras.
Sobre la playa del Grao hay varios grupos de mujeres que forman corrillos. Miran una y otra vez mar adentro. Aquella persistente calma chicha estaba retrasando más de lo previsto la llegada de las parejas de bou.
Se conversa animosamente. Desenfadadamente. A gritos. Con exageradas y teatrales gesticulaciones de brazos y cuerpo, cual si estuvieran interpretando un personaje dramático. Pero simplemente están hablando de sus cosas.
Era ya evidente un cierto aire de cansancio en las mujeres, que esperaban en la playa la llegada de las barcas de arrastre, cuando unas velas aparecieron por encima de la escollera de levante, que era lo único que había del puerto que entonces empezaba a construirse.

-Ja estan ací! ja estan ací!

Las parejas de bou, efectivamente, comienzan a arribar al Grao.
Inmediatamente, todo el mundo en la playa, se moviliza. Deben preparase para los trabajos de compra del pescado.
Cuando las pequeñas embarcaciones veleras llegan cerca de la orilla de la playa, arrían la vela y echan el ancla. Las barcas quedan quietas; aferradas a las aguas marinas. Sólo las olas son capaces de alterar con su incansable vaivén el reposo del breve buque pesquero.
Ahora desde una de las barcas los marineros lanzan un diminuto bote de remos al agua.
Enseguida, un puñado de marineros, saltan por la borda de la barca y, con agua a la cintura, van desembarcando el pescado que, dispuesto en sufridos cestones de oscuro mimbre, es colocado en la barquichuela.
A golpe de remo llegan los pescadores hasta la orilla de la playa.
Esta operación se repetía tantas veces como hacía falta. Si la pesca había sido pobre, bien pudiera bastar un solo viaje. En cambio, en días fructíferos, la pequeña lancha efectuaba varias veces el recorrido de la playa a la barca y viceversa.
Una vez en tierra, en pescado es depositado sobre la mojada arena, a la vista de los compradores.
Decenas de ávidos ojos escrutaban la nobleza de lo allí expuesto.
No había más que mirar las expresiones faciales del aquellas mujeres, expertas en la materia, para colegir si se trataba de especímenes de buena, mediocre, o mala calidad.
Si el resultado de la indagación era positivo, se dibujaba en la compradora una cara de satisfacción, prietos los labios, media sonrisa, y ojos entornados bajo unas fruncidas cejas que denotaban manifiesta codicia. Ahora, una vez hallado lo que buscaban, no se apartaban de aquel puñado de peces frescos que parecían su botín, por temor a que viniese otra y se hiciera con la magnífica mercancía que ella había descubierto.
El griterío que se formaba en la playa llegaba a adquirir regulares proporciones.
Los marineros voceaban entre ellos, prestos a las maniobras de desembarque del pescado. Y las compradoras, a voz en grito, iban intercambiando pareceres con sus colegas.
Allí en la misma playa tenían lugar las operaciones de compra del pescado. A la intemperie. Totalmente expuestos a las contingencias climatológicas. Con luz solar, si el curso de la jornada lo hacía posible, o con la penumbrosa iluminación de la luz de la Luna, o en el peor de los casos, alumbrados con la tambaleante y tenebrosa luz de los candiles de aceite vegetal.
Las compradoras disponían de material al uso para efectuar con seriedad y solvencia el pesaje de las capturas.
Consistía éste en una balanza formada por un palo que se clavaba en la arena y, perpendicular a dicho bastón se insertaba otro, horizontal, asido mediante un perno pasado y engrasado con sebo de cordero; en cada uno de sus extremos colgaban un cubo metálico. Las pesas eran unas gruesas piedras de un indeterminado peso. Pero se tenía por cierto que la más voluminosa pesaba una arroba, la mediana, media arroba y, la piedra más pequeña un cuarterón.
El pago del pescado tenía lugar al día siguiente. Esto conllevaba que a bordo, alguien estuviera al cuidado de las operaciones de venta del pescado que acababan de efectuarse. En otras palabras, un marinero tenía que llevar la contabilidad. No, por cierto, pensando en una posible inspección de Hacienda, sino para que al día siguiente, no hubiera duda a la hora de cobrar el montante del pescado. Evidentemente, la compradora hacía lo propio.
Estos movimientos mercantilistas eran puntualmente anotados por los pescadores en un libreta pestilente y mugrienta, pero recia y eficaz, que era celosamente guardada en algún rincón de a bordo.
En dicho libro de registro se anotaba cuidadosamente cada operación.
Si se trataba de una arroba, el marinero lo hacía constar en el libro de contabilidad mediante una raya vertical; si era media arroba lo que se había vendido, quedaba testificado en la libreta con una raya horizontal, y si era un cuarterón, se dibujaba una cruz en la libreta. Claro y conciso. Simple y eficaz.
Estos signos, que vistos en su conjunto semejaban una escritura oriental, eran comúnmente aceptados por todos.
El precio del pescado era fijo; no solía variar en toda la temporada. Las fluctuaciones económicas del mercado aún estaban por venir.
A medida que se cerraban las operaciones de compra del pescado, el griterío se volvía murmullo; murmullo que iba diluyéndose a la par que la oscuridad de la noche crecía. Al trasluz de la noche, se veían unas grises y silenciosas figuras de mujeres, todas ellas cargadas de cestones repletos de pescado que marchaban camino de su casa. Mañana, antes de alborear el día, debían estar preparadas para ir a vender el pescado a Castellón, Almassora, Villarreal, Burriana...
Los marineros, por su parte, preparaban todo para salir a pescar al día siguiente...si el tiempo no lo impedía.
Después, sobre la arena de la playa, la soledad y el silencio nocturno, lo envolvía todo.
Un día de pesca acababa...
Las obras del puerto, con la llegada del nuevo siglo, avanzan a buen ritmo.
Cuando se inició la construcción de la escollera, los armadores recibieron el aviso de que en la playa molestaban; que allí no podían seguir efectuando las labores de venta del pescado, que se buscasen otro sitio donde no molestaran.
De siempre, que los marineros sabían de una vetusta barraca que parecía abandonada. Aquella barraca, cercana a la playa, pero al margen de las obras del naciente puerto, podría servir para las funciones de venta del pescado. No sería mala idea alquilarla. Su propietario resultó ser un señor de Castellón. No hubo problema en que la alquilara. La adecentaron entre todos los marineros. Se compraron los útiles necesarios para pesar el pescado: un par de balanzas nuevas, de hierro, con dos cubos de cinc. Las pesas siguieron siendo las mismas piedras de indeterminado peso. La vistieron de cal. Le pusieron un nuevo y flamante techo de senill... Parecía otra...
El cambio había sido positivo. Ahora empezaban a darse cuenta.
Se acabó el pesar el pescado a la intemperie.
Ya no se hacía tan penosa la espera de las parejas de bou al resguardo del techo de la rejuvenecida barraca.
A cambio, ahora, había unos gastos comunes que pagar.
Estos gastos, puesto que a todos afectaban, era de ley que se pagaran entre todos. No hubo dudas al respecto. Entre todos lo pagarían.
A parte del alquiler y del instrumental antes mencionado, se tuvo que unir otro concepto: la limpieza de la barraca. Se contrató para ello a una “grauera”, Lloïsa la Passec.
Los armadores sintieron la necesidad de unirse para hacer frente a la común labor de llevar a cabo aquello que acababa de nacer.
Al amparo del frágil cobijo de una vieja barraca y respirando y sintiendo el fresco y húmedo aire mediterráneo, aquellos hombres y mujeres de principios del siglo XX acababan de constituir lo que luego se llamó Pósito de Pescadores.

Aquella primitiva unión, fue el germen de lo que hoy es quizá la entidad pesquera más sólida y entrañable del Grao, y que es considerada por todo marinero grauero como una segunda casa: La Cofradía de Pescadores “San Pedro” del Grao De Castellón, o El Póssit...o La Barraca.

martes, 26 de febrero de 2008

El puerto del Grao de Castellón

Cuando yo era pequeño, hace casi cincuenta años de esto, recuerdo que muchas veces, paseando por el puerto, al ver las continuas obras que en él había, le preguntaba a mi padre que cuándo se acabarían. Cuándo terminarían de arreglar el puerto. Y el me contestaba sin inmutarse, yo cuando era pequeño también le hacía esta misma pregunta a mi padre...
Y hoy, mi hija, también me hace la misma pregunta... y es que el puerto del Grao de Castellón no ha dejado de ampliarse nunca, por eso es bueno dejar un rincón a la nostalgia y pensar qué fue de aquel primigenio puerto que hoy ya es historia... Durante muchos años esta piedra con la placa
en honor a quien iniciara las obras del puerto
en el año 1893 José Serrano Lloveras estuvo
situada a la entrada del puerto mercante.


Año 2002, obras de ampliación del puerto


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":

El Grao de Castellón antes del puerto

Si miramos atrás en el tiempo, veremos que es ancestral en el Grao de Castellón el uso o costumbre de la pesca.
Existen referencias de ello ya en épocas prerrománicas. Hay también abundantes vestigios en el período de la dominación romana. En tiempos de la conquista árabe y, desde la Reconquista del Rei En Jaume, hasta el siglo XIX, son constantes las alusiones al ejercicio de la pesca por las gentes de Castellón que, se acercan al Grao a efectuar sus capturas. O sea, que podemos afirmar que en el Grao de Castellón se ha pescado “desde siempre”.
Nunca, fueran de la condición que fueran los habitantes de Castellón, resistieron la tentación de acercarse al graó para servirse de la mar.
Ya quedó dicho en otro capítulo que no es sino a principios del siglo XIX que el Grao comienza a ser lugar de residencia fija de los castellonenses que se dedican a la pesca.
Estos primeros castellonenses “graueros”, que ya se dedican exclusivamente al ejercicio de la pesca, montan sus barracas frente a la playa.
No hay puerto. Hay una generosa playa de fina arena que se prolonga larga y fértil hacia el Norte, hasta Benicàssim; y hacia el Sur, hasta alcanzar Almassora.
Todo es excesivo a los ojos del pescador castellonero que ha instalado su barraca frente al mar: inmenso mar que llega a perderse en el horizonte, donde no hay límites. Y el pescador, que se enfrenta a toda esta salvaje y virgen majestuosidad marina con el sólo concurso de un pequeño bote a remos. Esto proporciona al visitante un cuadro simple y conciso: barracas alineadas con la vista fija en el mar y, a escasos metros, unos botes varados sobre la arena.
Son las viviendas y las embarcaciones de los marineros del Grao.
Cada una de estas barcas de pesca pertenece a una familia. El padre es el patrón y sus hijos varones constituyen la tripulación.
Cuando se hacen a la mar, la barca es llevaba a fuerza de brazos hasta la orilla. Una vez allí, la barca siente sobre su oronda panza la libertad de las olas de la playa y, alegre y saltarina, cobra vida. Los marineros con gesto ágil suben a bordo y, cada uno a un remo, ponen rumbo hacia el caladero, que no está lejos de la costa.
Las modalidades de pesca que se utilizan son el palangrillo de menuda y el volantí.

Ambas, son artes basadas en el uso del anzuelo.
El palangrillo consistía en una cuerda (la mare) que era de cáñamo, a la que se han atado unos hilos (cametes) confeccionados con pèl de cuc y pèl de cua de cavall, en cuyo extremo hay un anzuelo; la parte que está atada a la cuerda mare es de color negro ya que está hecha de cua de cavall, el resto hasta llegar al anzuelo, presenta un color semitransparente, es el pèl de cuc.
El volantí se reduce a un fruixa (un trozo de corcho en donde se han enrollado unas decenas de metros de hilo de pél de cuc) rematados por dos o tres anzuelos.
El cebo primordial en aquellos años es la gamba, la gamba de acequia.
Son los propios pescadores quienes se abastecen de estos pequeños crustáceos que habitan las numerosísimas acequias del marjal. Se sirven para ello de unos gamberos hecho a propósito por ellos mismos.
Si alguna vez sobraba gamba, no se tiraba, la freirían para la cena.
Desde un principio, los pescadores tuvieron cuidado de buscar para sus aparejos con anzuelo, hilos que cumplieran dos condiciones: que fueran fuertes y prudentemente vistosos, para que el pez aceptara el engaño con mayor claridad y eficacia.
Estos requisitos los cumplía plenamente el pèl de cuc. El pèl de cuc no es otra cosa que las tripas del gusano de seda que, artesanalmente tratadas, adquirían forma de hebra recia y fina. Justo lo que requería el pescador.
Debo advertir que la elaboración del pèl de cuc nunca fue propia del Grao de Castellón. Els pèldecuquers (los hombres que vendían el pèl de cuc) aparecían periódicamente por las calles del Grao y paseábanse con una gavilla de sedales de un par de metros cada trozo bajo el brazo, y al grito de “¡pel de cuc, pel de cuc!” (pronunciado así, con la “e” cerrada), nos advertía de su presencia.
Era gente castellanoparlante que, según se decía, llegaba desde Murcia. Ataviado con chaleco y sombrero de paja a la guisa labradora, recorría el Grao el pèldecuquer abasteciendo de pèl de cuc a los pescadores. Por otra parte, ésta era la única forma de conseguirlo.
Cuando el pescador efectuaba una compra -que se hacía a peso, por onzas-, se encontraba que había adquirido un montón de filamentos que ahora, con la paciencia propia del marinero en tierra que es muy diferente de la que demuestra cuando está en el mar; sentado en suelo, a la puerta de su casa, premiosa y diligentemente, se dedica a unir los hilos con certeros y concluyentes nudos, hasta lograr un uniforme sedal listo para echarse a la mar.
Esta industria, la del pèl de cuc, sufrió un definitivo declive en la primera mitad de los años sesenta, en pleno siglo XX, cuando el artificial nylon se hizo común entre las gentes del Grao.
El rall es otro de los artes que se usan en aquellos días. Es un modo de pesca “menor”. El fruto de su pesca no es sino anecdótico, y no da más que para, como se hace en la pesca con caña, alardear de pesquera, o, en los tiempos que nos ocupan, contribuir con unas cuantas perras gordas a mejorar la economía familiar.
El rall, como la pesca con caña, siempre, incluso hoy, ha sido una “pesca de afición”, o de recreo. Es decir, que siempre ha sido practicada por aquellos que, terminada su tarea, han tenido a bien coger el rall y probar fortuna.
Este arte consiste en una red circular de hasta 3 metros de diámetro, cuyo borde extremo va provisto de plomos, y de cuyo centro sale un cabo (una cuerda). Se utiliza por una sola persona que, agazapada en la orilla de la playa, con agua hasta las rodillas o, incluso hasta más allá de la cintura, y, en alto, el aparejo listo para ser lanzado, con lentos y cuidados movimientos, observa las claras aguas. Cuando avista algún ejemplar o un pequeño banco de peces que merezca la pena, lanza el rall. Entonces se dibuja en el aire un círculo sinuoso que cae en el agua dejando una estela circular. Hay unos momentos de sepulcral silencio. Y el rallaor, con pericia y suma delicadeza, tira hacia sí de la cuerda. El rall se va cerrando y copando a los infortunados peces. Esto debe hacerse con sentido y esmero, si no, la pesca resultaría infructuosa. Y este pequeño detalle es el que distingue a los buenos rallaors de los simplemente, aficionados.
Las lisas son la especie más capturada en el rall y, en alguna feliz ocasión, la lubinas.
El rall siempre ha tenido una confección artesanal.
En el Grao de antaño y, hasta finales de los años setenta, era entrañablemente habitual, la figura del “grauero”, o “grauera” , que se dedica a tejer redes en su domicilio.
En la calle, pacientemente sentado en una silla a la puerta de su casa, y enfrente otra silla vuelta del revés que le sirve para colocar la red, aquellos hombres y mujeres pasaban horas y horas conversando en silencio con aquel entramado ocre y filamentoso que constituían las redes. Una aguja de madera, un trozo de caña, o alguna pequeña madera rectangular, que constituye la medida, son su sencillo instrumental. Y de allí, poco a poco van dando forma a lo que luego será un rall, o un gambero, o una fila de peces (redes utilizadas para el trasmallo).
Hoy esto ha desaparecido. En el Grao de Castellón ya no hay personas sentadas en la puerta de su casa que se aplican en la confección de redes.
Hoy, el pescador, cuando necesita un arte, sea cual sea, no tiene más que hacer un pedido. Se busca en la guía telefónica una casa comercial que más o menos oferte lo que uno necesita y ya está. La persona que hay al otro lado del teléfono, de forma diligente y profesional tomará nota de cuanto se le pida. Puntualmente el pescador será servido en los términos acordados.
¡Que distinto la impersonal frialdad de ahora, a los modos de antes! ¡tan artesanales!... ¡tan humanos!
En el Grao de Castellón ha habido muy buenos rallaors. Los que pasarán a la historia “grauera” por su habilidad con el rall serán: Els germans Calicanto, Espoló, Nobiles, Blai, Curro, Torrent, El Rubio, El sinyo Malpollastre, Els Callaques, Tomàs El Vigilant y su hijos Tomàs y Guillermo.

Con tan elementales argumentos se hacían a la mar cada día los “graueros” del primer tercio del siglo XIX.
Cuando a mediodía volvían a la playa con el producto de la pesca, la desembarcaban, y la mujer del pescador y sus hijas eran las que se encargaban de venderla en el propio Grao.
Con la cesta a la cadera, llena con toda una amalgama de peces costaneros, iba pregonando a viva voz por las calles de la vila:

- ...Peix fresc! ... esparrallons...donzelles...bogues...mabres...!

Los vecinos del Grao conocían bien aquella cantinela, y en cuanto la oían salían a la compra de pescado fresco. Allí, frente a la puerta de la casa del comprador, tenía lugar la mercantil operación. Un puñado de peces, recién pescados, a cambio de medio real. El precio no variaba nunca.
Y así, casi una a una, las vendedoras, iban recorriendo las viviendas del Grao, hasta que se agotaban las existencias.
A veces, si la embarcación había llegado tarde, podía darse el caso de que ya otras barcas habían surtido de pescado a la totalidad de los habitantes “graueros”. No quedaba más remedio que buscar otros mercados. Y esto es lo que se hacía. El más cercano era Castellón. Sin ningún problema, sin prisa, y con apenas un asomo de resignación en sus rostros, aquellas mujeres, cargadas con cestas repletas de pescado recién capturado, a pie, emprendían rumbo a Castellón por el “Camino Viejo del Mar”. Problema resuelto. Gasto adicional, ninguno.
(en próximos posts continuaremos con esta historia del puerto del Grao de Castellón)

lunes, 28 de enero de 2008

Cae la noche sobre "L'Illa"

El "Mascarat" desde el faro de "L'Illa"
Dentro del capítulo IV del libro "Memorias del Grao de Castellón" está "una fosca en l'IIla" que cuenta los avatares de los grupos de esforzados marineros que se pasaban toda la fosca en esos insulares pasajes. De aquellos momentos he querido rescatar éste: Cae la noche sobre "L'Illa"


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón"


"Tras la comida, el marinero gustaba de dedicarse al relajante ejercicio de la siesta. El cuerpo lo agradecía, pues si aquella pasada noche había sido fructífera, los trabajos se habían prolongado hasta bien entrada la mañana.

A media tarde, después de la siesta solía llegar la enviada.

Ya estábamos otra vez todos. Dispuestos a pasar otra noche de pesca.

En tanto llegara la noche, en estas horas vagas y yermas, el tedio se apodera de la vida del marinero.

Nada que hacer. Tranquilidad exasperante sobre cubierta.

Cada cual combatía estos momentos a su manera. Los había que se dedicaban a la lectura de aquellas novelitas tan afamadas entonces del prolífico autor Lafuente Estefanía, o a las aventuras de El Coyote de José Mallorquí. Había quien se dedicaba a construir barquitas con algunas maderas que había encontrado en ele puerto y que se había traído consigo; otros jugaban a las cartas; había quienes se entregaban a gratificantes y apasionadas charlas... otros, sencillamente, dejaban pasar el tiempo...

Y el tiempo, implacable, poco a poco iba comiéndose el día. Lánguidamente, pero con atroz decisión, la noche nacía de entre las luces diurnas. El sol se arrinconaba engullido por las montañas hasta desaparecer, no sin antes lanzar un estallido fugaz de mortecina luz rojiza que manchaba el cielo vespertino. El mar, en estas horas crepusculares aún conservará un refulgente color dorado. Es un fulgor efímero sobre las aguas del mar que las olas mecen cansinamente y que va cambiando y perdiendo consistencia a ojos vista.

La luz se hace penumbra.

Las gaviotas vuelven a estas horas a sus peñascos favoritos. Y desde allí, arropadas por las primeras luces de la noche, imperiosas, dominadoras, lanzan claro y fuerte su grito nocturno: "aguá, agua, aguá..."

Y el marinero, que ya percibía la llegada de la noche, oyendo aquel inquietante y lapidario alarido de las gaviotas, sin saber por qué, se estremecía y, como guiado por un extraño poder, se recogía a sus aposentos nocturnos, a la espera de que se le avisase en medio de la noche que había sardinas a la vista. La jornada se había terminado.