La trilogía completa

martes, 26 de febrero de 2008

El puerto del Grao de Castellón

Cuando yo era pequeño, hace casi cincuenta años de esto, recuerdo que muchas veces, paseando por el puerto, al ver las continuas obras que en él había, le preguntaba a mi padre que cuándo se acabarían. Cuándo terminarían de arreglar el puerto. Y el me contestaba sin inmutarse, yo cuando era pequeño también le hacía esta misma pregunta a mi padre...
Y hoy, mi hija, también me hace la misma pregunta... y es que el puerto del Grao de Castellón no ha dejado de ampliarse nunca, por eso es bueno dejar un rincón a la nostalgia y pensar qué fue de aquel primigenio puerto que hoy ya es historia... Durante muchos años esta piedra con la placa
en honor a quien iniciara las obras del puerto
en el año 1893 José Serrano Lloveras estuvo
situada a la entrada del puerto mercante.


Año 2002, obras de ampliación del puerto


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":

El Grao de Castellón antes del puerto

Si miramos atrás en el tiempo, veremos que es ancestral en el Grao de Castellón el uso o costumbre de la pesca.
Existen referencias de ello ya en épocas prerrománicas. Hay también abundantes vestigios en el período de la dominación romana. En tiempos de la conquista árabe y, desde la Reconquista del Rei En Jaume, hasta el siglo XIX, son constantes las alusiones al ejercicio de la pesca por las gentes de Castellón que, se acercan al Grao a efectuar sus capturas. O sea, que podemos afirmar que en el Grao de Castellón se ha pescado “desde siempre”.
Nunca, fueran de la condición que fueran los habitantes de Castellón, resistieron la tentación de acercarse al graó para servirse de la mar.
Ya quedó dicho en otro capítulo que no es sino a principios del siglo XIX que el Grao comienza a ser lugar de residencia fija de los castellonenses que se dedican a la pesca.
Estos primeros castellonenses “graueros”, que ya se dedican exclusivamente al ejercicio de la pesca, montan sus barracas frente a la playa.
No hay puerto. Hay una generosa playa de fina arena que se prolonga larga y fértil hacia el Norte, hasta Benicàssim; y hacia el Sur, hasta alcanzar Almassora.
Todo es excesivo a los ojos del pescador castellonero que ha instalado su barraca frente al mar: inmenso mar que llega a perderse en el horizonte, donde no hay límites. Y el pescador, que se enfrenta a toda esta salvaje y virgen majestuosidad marina con el sólo concurso de un pequeño bote a remos. Esto proporciona al visitante un cuadro simple y conciso: barracas alineadas con la vista fija en el mar y, a escasos metros, unos botes varados sobre la arena.
Son las viviendas y las embarcaciones de los marineros del Grao.
Cada una de estas barcas de pesca pertenece a una familia. El padre es el patrón y sus hijos varones constituyen la tripulación.
Cuando se hacen a la mar, la barca es llevaba a fuerza de brazos hasta la orilla. Una vez allí, la barca siente sobre su oronda panza la libertad de las olas de la playa y, alegre y saltarina, cobra vida. Los marineros con gesto ágil suben a bordo y, cada uno a un remo, ponen rumbo hacia el caladero, que no está lejos de la costa.
Las modalidades de pesca que se utilizan son el palangrillo de menuda y el volantí.

Ambas, son artes basadas en el uso del anzuelo.
El palangrillo consistía en una cuerda (la mare) que era de cáñamo, a la que se han atado unos hilos (cametes) confeccionados con pèl de cuc y pèl de cua de cavall, en cuyo extremo hay un anzuelo; la parte que está atada a la cuerda mare es de color negro ya que está hecha de cua de cavall, el resto hasta llegar al anzuelo, presenta un color semitransparente, es el pèl de cuc.
El volantí se reduce a un fruixa (un trozo de corcho en donde se han enrollado unas decenas de metros de hilo de pél de cuc) rematados por dos o tres anzuelos.
El cebo primordial en aquellos años es la gamba, la gamba de acequia.
Son los propios pescadores quienes se abastecen de estos pequeños crustáceos que habitan las numerosísimas acequias del marjal. Se sirven para ello de unos gamberos hecho a propósito por ellos mismos.
Si alguna vez sobraba gamba, no se tiraba, la freirían para la cena.
Desde un principio, los pescadores tuvieron cuidado de buscar para sus aparejos con anzuelo, hilos que cumplieran dos condiciones: que fueran fuertes y prudentemente vistosos, para que el pez aceptara el engaño con mayor claridad y eficacia.
Estos requisitos los cumplía plenamente el pèl de cuc. El pèl de cuc no es otra cosa que las tripas del gusano de seda que, artesanalmente tratadas, adquirían forma de hebra recia y fina. Justo lo que requería el pescador.
Debo advertir que la elaboración del pèl de cuc nunca fue propia del Grao de Castellón. Els pèldecuquers (los hombres que vendían el pèl de cuc) aparecían periódicamente por las calles del Grao y paseábanse con una gavilla de sedales de un par de metros cada trozo bajo el brazo, y al grito de “¡pel de cuc, pel de cuc!” (pronunciado así, con la “e” cerrada), nos advertía de su presencia.
Era gente castellanoparlante que, según se decía, llegaba desde Murcia. Ataviado con chaleco y sombrero de paja a la guisa labradora, recorría el Grao el pèldecuquer abasteciendo de pèl de cuc a los pescadores. Por otra parte, ésta era la única forma de conseguirlo.
Cuando el pescador efectuaba una compra -que se hacía a peso, por onzas-, se encontraba que había adquirido un montón de filamentos que ahora, con la paciencia propia del marinero en tierra que es muy diferente de la que demuestra cuando está en el mar; sentado en suelo, a la puerta de su casa, premiosa y diligentemente, se dedica a unir los hilos con certeros y concluyentes nudos, hasta lograr un uniforme sedal listo para echarse a la mar.
Esta industria, la del pèl de cuc, sufrió un definitivo declive en la primera mitad de los años sesenta, en pleno siglo XX, cuando el artificial nylon se hizo común entre las gentes del Grao.
El rall es otro de los artes que se usan en aquellos días. Es un modo de pesca “menor”. El fruto de su pesca no es sino anecdótico, y no da más que para, como se hace en la pesca con caña, alardear de pesquera, o, en los tiempos que nos ocupan, contribuir con unas cuantas perras gordas a mejorar la economía familiar.
El rall, como la pesca con caña, siempre, incluso hoy, ha sido una “pesca de afición”, o de recreo. Es decir, que siempre ha sido practicada por aquellos que, terminada su tarea, han tenido a bien coger el rall y probar fortuna.
Este arte consiste en una red circular de hasta 3 metros de diámetro, cuyo borde extremo va provisto de plomos, y de cuyo centro sale un cabo (una cuerda). Se utiliza por una sola persona que, agazapada en la orilla de la playa, con agua hasta las rodillas o, incluso hasta más allá de la cintura, y, en alto, el aparejo listo para ser lanzado, con lentos y cuidados movimientos, observa las claras aguas. Cuando avista algún ejemplar o un pequeño banco de peces que merezca la pena, lanza el rall. Entonces se dibuja en el aire un círculo sinuoso que cae en el agua dejando una estela circular. Hay unos momentos de sepulcral silencio. Y el rallaor, con pericia y suma delicadeza, tira hacia sí de la cuerda. El rall se va cerrando y copando a los infortunados peces. Esto debe hacerse con sentido y esmero, si no, la pesca resultaría infructuosa. Y este pequeño detalle es el que distingue a los buenos rallaors de los simplemente, aficionados.
Las lisas son la especie más capturada en el rall y, en alguna feliz ocasión, la lubinas.
El rall siempre ha tenido una confección artesanal.
En el Grao de antaño y, hasta finales de los años setenta, era entrañablemente habitual, la figura del “grauero”, o “grauera” , que se dedica a tejer redes en su domicilio.
En la calle, pacientemente sentado en una silla a la puerta de su casa, y enfrente otra silla vuelta del revés que le sirve para colocar la red, aquellos hombres y mujeres pasaban horas y horas conversando en silencio con aquel entramado ocre y filamentoso que constituían las redes. Una aguja de madera, un trozo de caña, o alguna pequeña madera rectangular, que constituye la medida, son su sencillo instrumental. Y de allí, poco a poco van dando forma a lo que luego será un rall, o un gambero, o una fila de peces (redes utilizadas para el trasmallo).
Hoy esto ha desaparecido. En el Grao de Castellón ya no hay personas sentadas en la puerta de su casa que se aplican en la confección de redes.
Hoy, el pescador, cuando necesita un arte, sea cual sea, no tiene más que hacer un pedido. Se busca en la guía telefónica una casa comercial que más o menos oferte lo que uno necesita y ya está. La persona que hay al otro lado del teléfono, de forma diligente y profesional tomará nota de cuanto se le pida. Puntualmente el pescador será servido en los términos acordados.
¡Que distinto la impersonal frialdad de ahora, a los modos de antes! ¡tan artesanales!... ¡tan humanos!
En el Grao de Castellón ha habido muy buenos rallaors. Los que pasarán a la historia “grauera” por su habilidad con el rall serán: Els germans Calicanto, Espoló, Nobiles, Blai, Curro, Torrent, El Rubio, El sinyo Malpollastre, Els Callaques, Tomàs El Vigilant y su hijos Tomàs y Guillermo.

Con tan elementales argumentos se hacían a la mar cada día los “graueros” del primer tercio del siglo XIX.
Cuando a mediodía volvían a la playa con el producto de la pesca, la desembarcaban, y la mujer del pescador y sus hijas eran las que se encargaban de venderla en el propio Grao.
Con la cesta a la cadera, llena con toda una amalgama de peces costaneros, iba pregonando a viva voz por las calles de la vila:

- ...Peix fresc! ... esparrallons...donzelles...bogues...mabres...!

Los vecinos del Grao conocían bien aquella cantinela, y en cuanto la oían salían a la compra de pescado fresco. Allí, frente a la puerta de la casa del comprador, tenía lugar la mercantil operación. Un puñado de peces, recién pescados, a cambio de medio real. El precio no variaba nunca.
Y así, casi una a una, las vendedoras, iban recorriendo las viviendas del Grao, hasta que se agotaban las existencias.
A veces, si la embarcación había llegado tarde, podía darse el caso de que ya otras barcas habían surtido de pescado a la totalidad de los habitantes “graueros”. No quedaba más remedio que buscar otros mercados. Y esto es lo que se hacía. El más cercano era Castellón. Sin ningún problema, sin prisa, y con apenas un asomo de resignación en sus rostros, aquellas mujeres, cargadas con cestas repletas de pescado recién capturado, a pie, emprendían rumbo a Castellón por el “Camino Viejo del Mar”. Problema resuelto. Gasto adicional, ninguno.
(en próximos posts continuaremos con esta historia del puerto del Grao de Castellón)

lunes, 28 de enero de 2008

Cae la noche sobre "L'Illa"

El "Mascarat" desde el faro de "L'Illa"
Dentro del capítulo IV del libro "Memorias del Grao de Castellón" está "una fosca en l'IIla" que cuenta los avatares de los grupos de esforzados marineros que se pasaban toda la fosca en esos insulares pasajes. De aquellos momentos he querido rescatar éste: Cae la noche sobre "L'Illa"


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón"


"Tras la comida, el marinero gustaba de dedicarse al relajante ejercicio de la siesta. El cuerpo lo agradecía, pues si aquella pasada noche había sido fructífera, los trabajos se habían prolongado hasta bien entrada la mañana.

A media tarde, después de la siesta solía llegar la enviada.

Ya estábamos otra vez todos. Dispuestos a pasar otra noche de pesca.

En tanto llegara la noche, en estas horas vagas y yermas, el tedio se apodera de la vida del marinero.

Nada que hacer. Tranquilidad exasperante sobre cubierta.

Cada cual combatía estos momentos a su manera. Los había que se dedicaban a la lectura de aquellas novelitas tan afamadas entonces del prolífico autor Lafuente Estefanía, o a las aventuras de El Coyote de José Mallorquí. Había quien se dedicaba a construir barquitas con algunas maderas que había encontrado en ele puerto y que se había traído consigo; otros jugaban a las cartas; había quienes se entregaban a gratificantes y apasionadas charlas... otros, sencillamente, dejaban pasar el tiempo...

Y el tiempo, implacable, poco a poco iba comiéndose el día. Lánguidamente, pero con atroz decisión, la noche nacía de entre las luces diurnas. El sol se arrinconaba engullido por las montañas hasta desaparecer, no sin antes lanzar un estallido fugaz de mortecina luz rojiza que manchaba el cielo vespertino. El mar, en estas horas crepusculares aún conservará un refulgente color dorado. Es un fulgor efímero sobre las aguas del mar que las olas mecen cansinamente y que va cambiando y perdiendo consistencia a ojos vista.

La luz se hace penumbra.

Las gaviotas vuelven a estas horas a sus peñascos favoritos. Y desde allí, arropadas por las primeras luces de la noche, imperiosas, dominadoras, lanzan claro y fuerte su grito nocturno: "aguá, agua, aguá..."

Y el marinero, que ya percibía la llegada de la noche, oyendo aquel inquietante y lapidario alarido de las gaviotas, sin saber por qué, se estremecía y, como guiado por un extraño poder, se recogía a sus aposentos nocturnos, a la espera de que se le avisase en medio de la noche que había sardinas a la vista. La jornada se había terminado.

jueves, 3 de enero de 2008

Amanecer en "L'Illa"

Amanecer en L'Illa
La expresión "L'Illa" es como se conoce entre los marineros del Grao a las islas Columbretes. Este extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón" titulado "amanecer en L'Illa" forma parte del capítulo IV, capítulo titulado precisamente "L'Illa". Y dentro de este capítulo, el presente apartado forma parte de "Una fosca en L'Illa" que es un subcapítulo que narra las andanzas de aquellos pescadores de la postguerra cuando se iban a las Columbretes a pescar sardina durante toda una fosca (período en que la luna tiene poca o nula luminosidad en la noche).


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":


Amanecer en L'Illa


Durante la noche, a bordo, a falta de luz eléctrica, los marineros tenían que ingeniárselas con primitivos usos. El fuego contra la oscuridad. Como en los más recónditos tiempos del ser humano.
Para los espacios cubiertos se habilitaba o bien velas de cera, o también candiles de aceite.
Pero en cubierta esto resultaba insuficiente. Así es que, el marinero debía buscar otras soluciones. Una de ellas, la más eficaz, era la confección de antorchas. El pescador de aquellos tiempos era diestro en estos menesteres. Para ello, se cogía algodón del que se utilizaba para limpiar el motor y, convenientemente atado a un palo y, bien alimentado a base de petróleo, surgía un seco y luminoso haz de fuego. Lo cierto es que estos artilugios emitían tanta luz como humo. Y el marinero, que durante buena parte de la noche había estado expuesto a los efectos de dichos prodigios luminosos, cuando amanecía, y los tenues rayos del sol iluminaban la barca, la tez ya de por sí curtida y morena de los pescadores, se acentuaba con un tizne negro y pringoso que producía (por contraste) en aquellos hombres un fulgor extraño en sus dientes. Lo malo es que a bordo el jabón escaseaba, y el agua también, así que, sucios, ennegrecidos por el hollín de la antorcha de la pasada noche, aquellos hombres de espectral apariencia se disponían a iniciar un nuevo día.
Cuando el alba se apodera del mar, el marinero tiende a relajar su cuidado.
En tanto las espesas tinieblas son engullidas por la punzante luz del naciente sol, aclarando el horizonte y limpiando las aguas, el marinero, triunfante, suele poner su mirada en el mar. Sin ningún fin concreto. Sólo por placer. Incluso por desidia.
Ahora, sobre el leve oleaje del mar, todo parece que adquiere forma y sentido. Unas luces que durante la noche, silenciosas y misteriosas, han sido compañeras del marinero, se han transformado en la silueta de una embarcación pesquera.
Un pequeño islote ha emergido con la luz del día a escasos metros de la barca.
Decenas de embarcaciones aparecen por doquier, descubiertas por el indiscreto sol.
El silencioso ruido del mar ha dejado de oírse.
El negro murmullo marino es ahogado ahora por los estridentes y contumaces gritos de las gaviotas. Y por las voces, unas, cercanas y sonoras, y otras, confusas y lejanas, de marineros que, al grito luminoso del sol, acuden lentamente a cubierta.
Las barcas también parecen despertar del nocturno letargo. Igual que pesados animales sobre la mar, se revuelven lentamente, como desperezándose. A bordo, decenas de marineros van y vienen en un trasiego vertiginoso.
Más allá, el humo, y luego el ruido metálico del motor anunciaba que una barca se iba. Otras, quietas sobre las azulísimas aguas, permanecían fondeadas en el mismo lugar donde habían pasado la noche; cabeceando suavemente al ritmo que las frondosas olas marcaban.













miércoles, 5 de diciembre de 2007

Oriegen de la palabra "Grao"

Día de calma en la playa del Serrallo
Tal vez sean muchos los "graueros" que en alguna ocasión hayan pensado sobre el origen del vocablo "Grao". Por eso me gustaría aportar la teoría -que como todas las teorías están sujetas a revisiones y debates- pero que, tanto a mi padre como a mí nos pareció tan acertada que la incluímos en el libro Memorias del Grao de Castellón. Leedla y ya me contaréis.

EXTRACTOS DEL LIBRO "MEMORIAS DEL GRAO DE CASTELLÓN"

"De siempre, el castellonense ha sabido de su "escalón" arenoso que había que salvar para llegar al mar, escalón al que se llegaba después de atravesar unos terrenos más bajos que el nivel del mar -los cenagosos y fértiles majales -, escalón que en valenciano es "graó" (de ahí, con el tiempo, las denominaciones de Grao, en castellano y Grau en valenciano)."

"Pero el "castellonero" era reacio a quedarse en aquella amplia barra arenosa en forma de escalón o, "graó", que salvaguardaba al marjal de las acometidas del mar. La constante amenaza de la piratería - el último ataque de los cuales data del año 1800 -, hacía que les resultara más seguro a los pescadores de Castellón, efectuar sus pescas, y luego llegarse al plano y consistente centro de Castellón, donde vendía sus capturas y donde tenía su vivienda. A este respecto hemos de recordar que hoy aún perduran resquicios de aquellas épocas. La calle "Pescadores" de Castellón era una calle donde vivían los "castelloneros" que se dedicaban a ir al "escalón", al "graó" y, desde allí, hacerse a la mar con toscas embarcaciones y primitivos artes de pesca."

"Llegado el siglo diecinueve – de una vez por todas resuelto el problema de la piratería -, hay "castelloneros" que piensan en la posibilidad de permanecer en el "grau"; y levantan allí sus viviendas. Los primeros "graueros" acaban de poner pie en el "Graó de Castellón". Y a éstos les siguen en pocos años, la totalidad de habitantes de Castellón dedicados a estos marineros menesteres.
En escaso tiempo, aquel escalón o cordón arenoso propio de las tierras valencianas, se va humanizando, se llena de barracas, más tarde de sólidas casas, de gente, de barcas en las playas. Parece ya un caserío marítimo.
Un nuevo concepto de pescador había visto la luz: el pescador "grauero". Aquel que se hace sedentario en el escalón arenoso, en el graó. Que hace allí su vida y que sólo regresa al centro urbano de Castellón en casos de necesidad."

"El Grao de Castellón y el puerto de Castellón casi son la misma cosa. Van tan ligadas que a veces hasta se confunde, y se piensa que la palabra "Grao" no es sino eso: "puerto". De ahí "Grao de Castellón" que sería igual que decir "puerto de Castellón"; pero esto no es del todo correcto. Más bien, es una inexactitud. Ya quedó dicho en otro capítulo que la palabra "grao" procede de la voz valenciana "graó" que significa en castellano "escalón", y no puerto.
Este escalón, al que los habitantes de estas tierras hacen referencia desde remotos tiempos era, y es, una barra arenosa más o menos amplia que corre paralela a la costa, con algunas intermitencias, desde el sur del Ebro hasta la provincia de Murcia, y, que ha originado marjales y albuferas al desbordar la fuerza del mar dicho escalón arenoso. La Marjaleria de Castellón es un ejemplo de ello.

Algunos de estos escalones, con el paso del tiempo se han humanizado. Y el asentamiento de personas en dicho escalón, fundamentalmente por causa de la pesca y más tarde por el comercio, ha dado lugar a entes urbanísticos. Por supuesto, en un principio no se contaba con puerto alguno. Las operaciones de pesca y comercio se llevaban a cabo en la arena de la playa.
Esta peculiar génesis de los "graos", tan valenciana, y que en modo alguno hay que confundir con "puertos", hace que podamos afirmar que "graos" sólo hay en la zona costera del levante español, en la franja antes mencionada. Y puertos...los hay en mil y un lugares del mundo donde haya mar."























miércoles, 21 de noviembre de 2007

Fotos del Grao












Aquí tenéis algunas fotos del Grao. La de arriba nos muestra los almacenes que se construyeran allà a inicios de los años 70 para los armadores, abajo hay una imagen del puerto pesquero donde una barca de "bou" nos enseña su popa a propósito para subir las redes. En cuanto a las fotos de abajo, A la derecha vemos como unas máquinas están acabando con lo que fue décadas atrás el varadero. Y a la izquierda tenemos una sucesión de "bots de llum" (botes que se utilizan para dar luz enmedio de la noche. Estos botes se usan en la pesca del cerco. El hecho de verlos en el "dique seco" no es otro que en esta época, estamos en enero, estaban en veda y se aprovecha para pintarlos y limpiarlos.











prueba de fotos


lunes, 28 de mayo de 2007

A falta de pan... buenas son piedras



Dentro del capítulo IV del libro "Memorias del Grao de Castellón" se incluye el apartado que tiene como título el encabezamiento de este post. Pudiera parecer un dislate, pero si se lee el capítulo, el verdadero disparate era el hambre que los españoles de la postguerra llegaron a pasar. Y como sea que la necesidad aguza el ingenio, ahí va una buena muestra:


Extracto del libro "Memorias del Grao de Castellón":


A falta de pan...buenas son piedras

La primera barca en la que estuve enrolado fue El Cebollino.
Recién terminada la Guerra, mi primo Caragol, que entonces contaba trece años, y yo, con los quince cumplidos, fuimos embarcados para ya nunca más abandonar el oficio de marineros.
Eran días de luchar contra los primeros mareos. De retos por ver quién vencía antes al tenaz e incansable vaivén de las olas.
-...Primer m’acostumbraré a estar marejat...que a no marejar-me!
... Así decía mi primo Miguel, Miguel Caragol. El bueno de Caragol no abandonaba su inteligente sentido del humor ni aun si éste era a su propia costa. Así fue mi inseparable primo hasta un frío día del año 1970 en que se marchó para siempre.
En aquellos años, los marineros frecuentemente pasaban semanas enteras en las islas Columbretes.
Los tripulantes más jóvenes, en las horas de obligado ocio, gustábamos de acercarnos hasta el desolado saliente marino que constituye L’Illa Grossa. Anclada la barca cerca del minúsculo puerto de desembarque (Puerto Tofiño), aparejábamos un bote a remos y alcanzábamos el desembarcadero. Unas rocas labradas en forma de escalera nos permitían acceder al interior de la isla.
Cuando hollábamos el áspero paisaje isleño, el griterío de las numerosísimas aves que habían hecho suyo aquel territorio, parecía acrecentarse. Elevándose sobre nuestras cabezas nos miraban con impertinencia. Tremendamente molestas de que alguien penetrara en aquellos parajes que eran su casa. Nosotros, indiferentes a los punzantes quejidos de las aves, íbamos a lo nuestro. Aquella isla montaraz, severamente adornada por escuetas formaciones vegetales, casi desnuda, se nos ofrecía limpia y atractivamente salvaje. Escudriñar las piedras era un arriesgado, pero divertido ejercicio. Bajo cada roca, un escorpión. Pequeño, amarillo, aguijón al aire desafiante. Y nosotros, ebrios de peligro, disfrutábamos realizando aventurados e inconscientes juegos con aquel ponzoñoso animalillo.
Pasábamos junto a la casa del farero (en aquellos años el farero era el recordado Bonachera). Visitábamos la abandonada caserna, situada cerca del cementerio. Un pequeño cementerio con cuatro tumbas. Heladas, frías de tanta soledad; tétricas; vencidas por el abandono; comidas por las malas hierbas. ¿Quiénes serían aquellos desafortunados seres humanos, anónimos moradores de L’Illa que no tuvieron inconveniente en morir lejos de tierra firme, rodeados de mar? Siempre que pasábamos por el cementerio, aunque sólo fuera por un instante y casi inconscientemente, oscuras historias poblaban nuestras mentes...
Un día, ya de vuelta, camino del bote que nos esperaba atracado en Puerto Tofiño, acertamos a ver otro bote de similares características al nuestro, amarrado en el embarcadero.
Dos jovenzuelos, junto a la embarcación, cuerpo en tierra, parecían extraer piedras del agua. Las examinaban, y unas las devolvían al mar y otras eran depositadas en una cesta.
Cuando llegamos a su altura vimos que se trataba de dos chicuelos de nuestra misma edad.
Nos quedamos mirándoles con curiosidad. Sin decir palabra.
Metían el brazo en el agua; hurgaban un poco, y enseguida, sacaban una piedra.
Nosotros dos observábamos la escena. Fue mi primo Caragol quien acertó a preguntar:
-Què esteu fent?
Con toda la naturalidad del mundo, y sin dejar por un momento de remover el agua en busca de piedras, nos dijo uno de ellos:
-Estem agarrant pedres per al dinar. Es que ens hem quedat sense res per a menjar...i encara estem a mitjan fosca...
Nuestra perplejidad fue tan significativa como nuestro silencio.
-Però...que mai no heu menjat arròs en pedres...?
Como sea que el silencio seguía siendo nuestra respuesta, prosiguió el joven buscador de piedras:
-...Ah...! ...que sou de Castelló...!
Entonces hicieron un alto en su laboriosa tarea, se incorporaron, y complacidos, explicaron lo que estaban haciendo:
-...Clar, és que els de Castelló si vos quedeu sense menjar a mitjan fosca, aneu cap a casa i en porteu més. Nosaltres, però, que som de Vinaròs, això no ho podem fer...i aleshores, hem de fer alguna cosa quan ja no ens queda menjar...
Yo no puede evitar una ingenua pregunta:
-...Però que vos mengeu les pedres...?
Unas risas fueron la respuesta. Luego continuó:
- No em digueu que mai no heu menjat "arròs amb pedres"...?
Sin esperar respuesta, prosiguió:
-...Doncs, mireu...aquestes pedres, si les fiqueu juntes amb l’arròs i deixeu bollir una estona...tindreu un bon caldo. Té un gust millor del que us penseu...
Ahora fue mi primo el que interrumpió el discurso de aquel raro gastrónomo:
-...i per què algunes pedres les tireu? que no són totes les pedres iguals?
-...que va!. Les pedres no són totes iguals!. Mireu – ahora nos enseñaba el interior de la panera donde guardaban las suculentas piedras seleccionadas. – Aquestes són les millors. Han de tindre un poquet de caragolillo. També són apetitoses quan tenen algues, encara que no totes les algues fan el mateix gust. Les que tenen millor gust són aquestes de color verd. I també és important el tamany. Quan més xicotetes més sabroses.
Cuando llegamos a bordo del Cebollino, referimos con atropellada emoción todo lo que habíamos visto.
No habíamos hecho ningún descubrimiento.
-Jo també he hagut de menjar-ne algunes voltes – Nos contaba con paternal benevolencia un viejo marinero que complacientemente nos había estado escuchando.
Después supimos que entre los forasteros era práctica habitual. No así entre los castelloneros, ya que la proximidad de la costa grauera solventaba en buena medida los problemas de abastecimiento.
Llevados por la impetuosa curiosidad infantil, quisimos probar aquel "arròs amb pedres".
Consintió mi tío Pepet en ello, y ante el asombro del cocinero mandó que hiciera para todos un arròs en pedres.
Debo advertir a todos aquellos que no estén al corriente, que constituye un sabroso manjar tan rudo condimento, que le confiere al arroz un gusto muy especial a mar. Aunque, por supuesto, no supera en modo alguno al caldo de pescado.